He tenido ocasión de escuchar a incondicionales trumpistas en España loar las virtudes del magnate neoyorquino que a día de hoy ocupa el Despacho Oval, como un valiente y tenaz defensor del derecho a la vida frente al aberrante crimen del aborto, bajo la afirmación de que ha conseguido un logro histórico en esta materia, pero, ¿hasta qué punto obedece estrictamente a la realidad?
Es cierto que bajo la presidencia de Trump se ha conseguido la derogación de la sentencia de Roe vs. Wade, que reconocía el aborto como un derecho constitucional en todo el país, por lo que su reversión ha permitido que los estados puedan legislar en materia de aborto, algo que ha supuesto que la mitad de los mismos, que son republicanos, prohíban por completo una práctica que supone segar la vida de los niños no nacidos en el vientre de sus madres.
Este logro, por mucho que haya culminado en la etapa de gobierno de Trump, que, ciertamente, ha contribuido al mismo, no es exclusivo de él, sino que se ha gestado décadas atrás, habiendo sido imposible sin la contribución de otros presidentes republicanos, que partieron de un escenario mucho más difícil ante la hegemonía cultural de la izquierda.
Fue Reagan el primero que hizo de la oposición al aborto un pilar clave del Partido Republicano, llevando a cabo una lucha mucho más activa que Trump, de hecho, llegó a escribir un libro en defensa de la vida.
La contribución que ha hecho Trump al respecto ha sido nombrar tres jueces conservadores en el Tribunal Supremo que han permitido revocar las tesis abortistas, lo que ha hecho posible que se decantase la balanza en favor de una mayoría que defiende la vida. No obstante, se ha encontrado con un escenario más propicio, sobre el que Reagan sentó en las bases, ya que cuando Trump llegó a la Casa Blanca se encontró un órgano judicial muy divido, con una situación de empate, por lo que un solo juez más de signo conservador desbloqueaba la situación. Por el contrario, Reagan se encontró que la izquierda era mayoritaria, nombrando a cuatro jueces, dos de los cuales, desafortunadamente, pese a su adscripción conservadora, se alinearon con el aborto.
En línea con lo anterior, Bush padre nombró también jueces de esa tendencia y Bush hijo ha sido un nexo de unión entre los avances de Reagan y los de Trump en la materia, nombrando a dos jueces.
Reagan también estableció una prohibición de financiar a las ONGs que promovieran abortos en el extranjero, que una vez en el gobierno, Trump recuperó después de que Obama la hubiese derogado, del mismo modo que trató de impulsar una enmienda constitucional que permitiese acabar con el aborto en todo el país, y su sucesor, Bush padre, además de mantener las políticas de Reagan en la materia, vetó las leyes que expandían los fondos federales que financiar el aborto, aunque no fue tan contundente ni activo como Reagan, ya que a diferencia de él, no impulsó la enmienda constitucional que hubiese puesto definitivamente fin al aborto.
Bush hijo también consiguió avances significativos, ya que estableció por vez primera la prohibición federal del aborto por nacimiento parcial, vetó la investigación con células madre embrionarias y reinstauró la prohibición para financiar a aquellas ONGs que promoviesen abortos en el extranjero después de que Clinton la derogase.
Cabe agradecer la contribución decisiva de Trump, que ha permitido que en la primera potencia mundial el aborto deje de ser considerado un derecho, un paso ineludible para la reversión de esta siniestra práctica en Occidente, y que supone un espaldarazo para que los verdaderos conservadores puedan hacer lo propio en sus naciones. No obstante, no es ni mucho menos un logro exclusivo del actual presidente de Estados Unidos, sino compartido con tres de sus predecesores republicanos.
Trump es un oportunista que ha abrazado con la fe del converso la defensa de la vida para atraer el voto conservador y religioso, ya que, en realidad no cree ni siquiera que el aborto sea un mal, y no hay que retrotraerse décadas en el tiempo, habida cuenta de sus muchos cambalaches políticos al registrarse sucesivamente como demócrata y republicano según el contexto, sino a la campaña que le hizo ganar la nominación republicana. Aquellos que ahora lo pretenden erigir en todo un referente, al nivel de lo que fue Reagan, no recordarán (pues la memoria política es tan episódica) que mientras Ted Cruz abogaba por retirar la financiación a la multinacional abortista Planned Parenthood por practicar abortos ilegales, con prácticas tan sangrantes como arrancar el corazón al nasciturus estando aún con vida, era Trump quien defendía que había que dar cierta financiación a esta empresa que, además, ha sufragado las campañas del Partido Demócrata de Obama y Hillary Clinton. Por dicho motivo, en aquel momento, el empresario populista fue visto como el candidato de Planned Parenthood en las filas republicanas.
El mismo Trump que ahora se muestra atinadamente combativo contra la ideología de género, cuando era responsable de la organización del concurso Miss Universo, permitió que participasen transexuales en el mismo, es decir, personas de sexo biológico no femenino, lo que ha permitido que en España ganase una persona transexual en 2018.
Cabe detenerse en los avances que se han producido frente al aborto en los principales países europeos de nuestro entorno:
- En Francia, después de que el socialista Mitterrand estableciera la financiación del aborto por la Seguridad Social, el conservador Chirac aumentó los plazos legales para abortar de 10 a 12 semanas, Sarkozy no hizo nada frente al aborto, el socialista Hollande amplió los supuestos al suprimir como requisito que se diera una situación de “angustia de la madre” y el centrista Macron ha sido el primero en recoger en la Constitución el aborto como un derecho.
- En el Reino Unido, Thatcher redujo el plazo para abortar de 28 a 24 semanas, Blair permitió que las clínicas privadas practicasen abortos financiados por el Sistema Nacional de Salud, el conservador Cameron no hizo nada contra el aborto y sus sucesores, del mismo signo político, fueron aún más lejos en favor de la práctica abortista, ya que Theresa May la financió en Irlanda del Norte (el único territorio británico en la que era ilegal) y Boris Johnson la legalizó allí.
- En Italia, Berlusconi se limitó a reforzar la objeción de conciencia de los médicos y Meloni, desafortunadamente, no ha hecho, por ahora, nada en la materia.
- En Alemania, Merkel se limitó a garantizar la objeción de conciencia, sin mover un dedo para reducir las cifras de aborto ni ayudar a las mujeres embarazadas sin recursos para que tuviesen una alternativa distinta a la de acabar con la vida de su hijo, lo cual no deja de ser hipócrita presentándose bajo las siglas de una formación que lleva en su nombre la palabra “Cristiana”.
¿Y en España? Cuando Aznar llegó al gobierno no modificó la Ley del Aborto de Felipe González, algo que a nadie debería haber sorprendido, porque ya en 1989, en la oposición, decía que no la derogaría, del mismo modo que Fraga también lo dijo en la campaña de 1986, señalando que sólo haría lo propio con la ley educativa del PSOE, ya que los complejos de la derecha vienen de muy atrás.
El PP nos hablaba del consenso social, argumentación falaz donde las haya, pues, ¿qué consenso hay en una ley que dictó el PSOE y AP recurrió ante el Tribunal Constitucional? En este sentido, Álvarez del Manzano fue honesto e hizo autocrítica en nombre de su partido al afirmar que el PP de Aznar actuó movido por las encuestas, que decían que el 51 % de la población apoyaba el aborto.
Lo preocupante no es que en el gobierno no hiciesen nada contra el aborto, sino que fuesen incluso más abortistas que los socialistas, ya que fue precisamente un gobierno de Aznar el que legalizó la píldora abortiva RU-486 y la experimentación con embriones, aumentando durante su etapa las cifras de aborto en un 80 %, con un saldo total de 511.469 entre 1996-2004.
Peor aún es que el presidente de la democracia que más haya hecho contra el aborto sea Rajoy, que se limitó a impedir que las menores entre 16-18 años pudiesen abortar sin consentimiento paterno, algo sin apenas aplicación práctica, ya que, en caso de discrepancias entre los padres, es el juez el que decide, habiendo abortos por parte de menores en esa franja de edad por decisión judicial.
Rajoy destaca, sobre todo, al igual que en otras muchas materias, por su omisión y cobardía, ya que, de un compromiso electoral de un total de tres líneas, sólo cumplió las cinco últimas palabras, que decían literalmente “así como de las menores”, y pese a tener mayoría absoluta mantuvo una ley que, dictada por Zapatero, elevaba el aborto a la categoría de derecho, una ley de aborto libre en las primeras 14 semanas de gestación. De nuevo, apelaron al consenso para mantener una ley que no lo tuvo y que ni siquiera iba en el programa electoral del PSOE.
Ahora Fejjóo nos dice que el aborto es un derecho, pero no un derecho fundamental, pues el PP siempre ha sido la versión moderada y descafeinada del PSOE. No es el partido de la derecha sino, en todo caso, el ala derecha del PSOE, de igual modo que el mismo partido que en su día prometió ilegalizar a Bildu por su condición de brazo político de ETA, después de incumplir sus promesas pese a tener mayoría absoluta, ahora con Feijóo nos dicen que se limitarán a no pactar con los filoterroristas, algo que no debería extrañar viniendo del partido que por boca de Borja Sémper dijo que “el futuro de Euskadi se construye con Bildu”.
¿Han hecho algo los actuales barones del PP contra el aborto en sus respectivas comunidades autónomas? ¿Lo ha hecho Moreno en Andalucía? ¿Y Mañueco en Castilla y León? ¿Y el propio Feijóo cuando presidió Galicia? Absolutamente nada.
Esta pasividad del PP es homologable a la que Trump presenta en su segundo mandato, ya que, teniendo la oportunidad de acabar completamente con el aborto por medio de una enmienda constitucional, se niega alegando que debe ser una “decisión de los estados”. Lincoln no reconocería el partido de Trump, pues supone decir, en línea con lo que afirmaban los demócratas en el siglo XIX, que la esclavitud debía ser un derecho estatal, ante lo que el primer presidente republicano dictó la Declaración de la Emancipación, que la abolió a nivel federal. Tampoco Reagan, ya que, por primera vez en cuatro décadas, el Partido Republicano no ha recogido el aborto en su programa electoral.
Los republicanos de Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump, ya no van a hacer nada más contra el aborto, conformándose con que se siga practicando en la mitad del país. A los conservadores y cristianos coherentes les queda el consuelo de que, si gobernasen los demócratas, no habría aborto en medio país sino en todo el país, convirtiéndose el Partido Republicano en lo mismo que es el PP en España: el mal menor, un mal que cada vez será menos malo.





