Estoy prácticamente convencido de que todas las personas que vayan a leer este artículo tienen algún familiar o conocido que padezca un tipo de intolerancia, sobre todo a la lactosa y al gluten, y no pocos que se hayan hecho algún análisis cuyo resultado haya sido el rechazo a otro tipo de alimentos (frutos secos, mariscos, etc.)
Con solo comer, respirar y tocar, recibimos miles de sustancias químicas cada día que nos llegan desde los envases, la ropa, los muebles, los productos de limpieza, con efectos nocivos para nuestra salud, formando toda una lista de enfermedades (cáncer, diabetes, infertilidad, obesidad, hipotiroidismo, endometriosis, reducción en número y movilidad de esperma, alergias, malformaciones genitourinarias, etc.) que no para de crecer y ante la que nos sentimos indefensos.
Les confieso que hasta leer un artículo de Fernando Goitia que trataba sobre el particular, desconocía qué era el bisfenol A (o BPA), una peligrosa sustancia química utilizada en todo tipo de productos de consumo y envases alimentarios que ya está presente en nuestro organismo y en concentraciones más elevadas en los niños, incluso bebés, contaminados durante el embarazo o el período de lactancia: los niños nacen hoy envenenados.
La propia Organización de las Naciones Unidas la coloca como una de las tres grandes crisis que afronta hoy la Humanidad: la climática, la pérdida de biodiversidad y la contaminación química producida por productos como los glifosatos, ‘químicos eternos’ de extremada persistencia que quedan alojados en nuestros tejidos.
Los siento por los hipocondríacos que lean estas líneas, pero al parecer estamos hablando de miles de sustancias que se hallan en el revestimiento de las cajas de comida rápida y envío a domicilio, en la de palomitas que comemos en el cine, en los utensilios de cocina antiadherentes, en ropa, alfombras, colchones o muebles para evitar que ardan con facilidad; en jabones, champús, desodorantes, dentífricos, perfumes y maquillaje…
Es cierto que hay una legislación europea que regula los componentes alimenticios, pero esta normativa choca con la falta de transparencia de los gigantes industriales: miles de entradas no proporcionan detalles sobre componentes individuales y otras tantas son de productos cuya identidad es “información comercial confidencial”. Los detalles brillan por su ausencia en la mayoría de los casos.
Sabiendo esto y siendo conscientes del daño que se viene produciendo, ¿por qué las autoridades no actúan en consecuencia? La respuesta puede estar en la fuerza que ejerce el lobby de la industria alimentaria, que se estima por encima del de la energética, la financiera o las telecos. Sin ir más lejos, Eurostat ha publicado que el sector en Europa ingresó 872.000 millones de euros, 335.000 millones más que una década atrás, y prueba de su poder es que tiene paralizada desde 2019 la reforma del reglamento que rige el mercado europeo sobre Registro, Evaluación, Autorización y Restricción de Sustancias Químicas.
Resulta llamativo que entre los expertos que deciden sobre el riesgo de una sustancia, haya personas de la propia industria ( ); que se les dé prioridad a los informes de las propias empresas antes que a estudios independientes; que no se tenga en cuenta el efecto ‘cóctel’ (combinación de sustancias); que no se hagan análisis por segmentos de edades ni por sexos, y que el plazo para aceptar o rechazar una nueva sustancia química sea de sólo dos semanas, ¡y cada año se producen unas 2.000 nuevas sustancias!
A las mujeres que aún continúen leyendo este artículo, quizás no les sorprenda saber que salen perjudicadas en mayor medida que los hombres de todas estas sustancias, por la complejidad de su sistema endocrino, su mayor producción de estrógenos, su papel reproductivo y su mayor masa de tejido adiposo, que es donde se fijan estas sustancias. Se han detectado perfluorados (PFAS), los temidos ‘químicos eternos’ en la placenta, en la leche materna y en niños, cuyo sistema hormonal queda contaminado para siempre, causando alteraciones hormonales en adolescentes, lo que afectará a su desarrollo y capacidad reproductiva.
Hay profesionales, y no digamos ciudadanos de a pie, que asocian ‘legal’ a ‘seguro’, pero a veces lo que es legal hoy, a la larga se convierte en ilegal: la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria ha tardado años en reconocer que la dosis de 4 microgramos de BPA, al que me refería al comienzo del artículo, y que daba por buena, era un disparate, y en abril de 2023 la redujo a 0,2 nanogramos.
Consciente de que individualmente poco podemos hacer ante tamaño gigante industrial, me conformo con que tras reflexionar sobre este artículo, al menos tomemos conciencia de lo que está haciendo la industria alimentaria con nosotros, de la permisividad de las autoridades que nos representan, de como los medios de comunicación no tratan con la debida importancia esta cuestión, y que compartamos nuestra inquietud en nuestro entorno, a ver si poco a poco y entre todos, logramos revertir la situación.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
En efecto, no es mucho lo que podemos hacer ante los gigantes , haría falta un cambio de mentalidad para el uso y consumo de estos productos. Pero es que alternativas tampoco hay muchas. Un producto de cualquier tipo, que sea de calidad, natural o «ecológico » tiene un p.v.p. muy superior a los «normales» y también un coste de producción superior. Además, en nuestro modo de vida apresurado, faltos de tiempo para todo, es más fácil acudir a una gran superficie donde tienes a mano todo lo que te hace falta, que ir a las tiendas de barrio, o a los mercados de abastos a buscar alimentos naturales o de más calidad. Por ejemplo, en las plazas de abastos la calidad de alimentos es muy superior, pero tienen la gran barrera de sólo abrir por la mañana. Aunque nada de esto nos salvaría del envenenamiento, ya que, como dices, la pócima infernal está presente en cualquier bolsa o paquete. Pero no sólo en alimentos, perfumes, objetos, etc. En el coche, en los revestimientos de edificios, por todas partes hay química y por todas partes estamos expuestos. Sólo podemos luchar, como bien dices, haciéndolo saber, a los demás, que no permanezcamos absortos en el Netflix mientras hacen con nosotros lo que quieren. Al menos, intentarlo
Excelente artículo que nos alerta de los peligros de la contaminación en general , siendo devastadora para nuestra salud la comida procesada que junto con los pesticidas que recubren nuestras verduras y frutas conforman los efectos denominados disruptores endocrinos . Concienciar y alertar a nuestra población es una noble tarea que te engrandece Alberto .
Toca que los lectores sigan profundizando en el tema !!!
Un cordial saludo