A veces pienso que hay ciudades por las que nos sentimos atraídos o que son ellas las que nos atraen, y que a lo largo de la vida visitamos más de una vez por distintos motivos. En mi caso, he sentido una especial atracción por París: fue el destino del viaje de fin de carrera, de la Jornada Mundial de la Juventud de 1997, de Eurodisney cuando mis hijos eran pequeños, también he ido por motivos de trabajos, y últimamente por encontrarse allí una hija de Erasmus, … y como en toda gran ciudad, siempre hay algo que nos queda por descubrir. Así, al preguntar por el origen del nombre de la plaza del Trocadero, término español que significa “lugar donde las embarcaciones pueden acercarse a tierra con el fin de desembarcar” me contaron que era en memoria de una batalla que tuvo lugar en España (¿?)
Les hablo de la plaza situada junto al cementerio de Passy, en la que confluyen seis grandes avenidas, famosa porque acoge en su lado sur una gran explanada situada entre dos edificios y que cuenta con una de las mejores vistas a la torre Eiffel. Lo primero que pensé es que sería una batalla de las que tuvo lugar en la guerra de la Independencia, pero no era así; entonces me interesé por este episodio bélico acaecido en mi país y que desconocía.
El hecho se remonta al 31 de agosto de 1823, fin del Trienio liberal. Fernando VII, el “rey felón”, había faltado a su palabra de asumir la Constitución de 1812 (no hagan comparaciones con la actualidad que me da la risa) y estaba retenido en Cádiz. En 1820 había tenido lugar la revolución acaecida en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) a raíz de la sublevación del constitucionalista Rafael de Riego al frente de tropas destinadas a aplacar las rebeliones hispanoamericanas.
El monarca español hizo un llamamiento internacional al Congreso de Verona, que se encontraba reunido en el territorio de Italia controlado por Austria en octubre de 1822. Los ministros de las distintas monarquías europeas se alarmaron ante la captura de Fernando VII por los revolucionarios liberales opuestos al absolutismo, pues amenazaba la estabilidad del resto de los regímenes absolutistas de Europa, coaligados en la Santa Alianza, creada para prevenir movimientos de ese tipo, y por ello Francia envió a un contingente de 90.000 soldados (los cien mil hijos de San Luis, liderados por el duque de Angoulême) a liberarlo.
Después de atravesar toda España (sólo opusieron seria resistencia San Sebastián y Pamplona), las tropas francesas llegaron a Cádiz, y asediaron la isla donde estaba el fuerte del Trocadero (Puerto Real) que controlaba el acceso a aquélla. En la referida fecha del 31 de agosto de 1823, los franceses lanzaron un ataque sorpresa con bayonetas, atacando desde la costa, aprovechando la marea baja y tomando el fuerte. Hubo 141 bajas francesas, entre 400 y 500 españolas, y más de 1.000 prisioneros. El ataque fue tan súbito y la desproporción tan grande, que no hubo siquiera opción de escapar.
Imaginen un puñado de españoles, en su mayoría jóvenes idealistas, pertrechados de ideas liberales pero sin más armamento que unos pocos cañones, arcabuces y armas blancas, derramando su sangre por una España libre del absolutismo que les ahogaba, donde ahora se clavan sombrillas, nos frotamos la espalda con crema protectora y nos entretenemos con pasar de fase juegos en el móvil, entre baño y baño, sabiendo que, mientras tanto, muchos españoles saludaban a las tropas invasoras al grito de “¡Vivan las cadenas!” (¿les suena?).
El duque se decidió a bombardear el castillo de Sancti-Petri e intentar un desembarco en la punta del Boquerón, para continuar a pie hasta Cádiz. El día 20 de septiembre se abrió fuego contra el fuerte que se rindió de inmediato, y el día 23 el chambelán de Fernando VII, el duque de Valmediana se reunió con el duque para comunicarle que el rey estaba libre y que se reuniría con él donde establecieran. Fernando embarcó en una barcaza que lo llevó de Cádiz a El Puerto de Santa María donde se reunió con el duque (Pérez Galdós lo narra con detalle en uno de sus Episodios Nacionales). La Ciudad de Cádiz se rendiría finalmente el 3 de octubre.
De esta escaramuza, pues el término batalla creo que le viene grande, los franceses lanzaron la propaganda de una gesta heroica, hicieron construir una plaza en uno de los lugares más emblemáticos de París, para olvidar con ello la vergüenza que les provocó la derrota de diez años atrás en las mismas latitudes.
La gesta épica de aquellos compatriotas deja en pañales la de los americanos en el fuerte de “El Álamo”, pero claro, de aquella nos acordamos por el cine, y de ésta ni la saben nuestros estudiantes ni venía en nuestros libros de Historia.
No hubo piedad para los vencidos. Aquella derrota dio lugar a la década ominosa, donde el monarca firmó más de 30.000 sentencias de muerte, con fusilamientos masivos (vean y contemplen el cuadro “Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros” en la playa de San Andrés de Málaga de Antonio Gisbert, como muestra).
En algo hemos avanzado: ahora no se fusila (muerte física), pero se cancela a los discrepantes con lo políticamente correcto (muerte civil). Esta Historia se escribió en un lugar que es sitio de vacaciones para muchos, con letras de sangre y fuego, donde se habría de decidir el futuro inmediato de la monarquía española y los valores de la Constitución, y eso es algo que no debemos olvidar, porque como afirma Cervantes en El Quijote, “La Historia es émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir” .
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Me encantado esta historia que afecta al Castillo de Santi Petri, termino de Chiclana de la Frontera; un lugar fantástico, recientemente restaurado al que se puede ir, con embarcación, a tomarte unas cervecitas con una puesta de sol impresionante.
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