Transcurrido un mes del comienzo de la agresión de Israel y EEUU a Irán, se ha llegado a una situación de punto muerto en la que no han ganado los atacantes, pese el impresionante despliegue de fuerza aeronaval y los considerables daños infligidos a Irán, que, pese a ello, no solo ha resistido, sino que ha contraatacado. Según la profesora Therese Petterson, Irán ha construido su estrategia militar en torno a la idea de absorber los golpes y responder a ellos el tiempo suficiente para desgastar la voluntad política del atacante. El objetivo declarado de los agresores era provocar un cambio de régimen en Irán, pero, sin un plan debidamente elaborado que contemplara una salida adecuada, sin recurso a las fuerzas terrestres y sin cooperación desde el interior del país, la operación estaba abocada al fracaso, porque solo con campañas aéreas y ataques con misiles se puede derrotar militarmente a un país, tanto más cuanto tiene 90 millones de habitantes y unas potentes fuerzas armadas regulares -Guardia Revolucionaria y Ejército- y paramilitares -milicias de “basiji”-.
Los objetivos de los atacantes no eran del todo coincidentes, pues, si los de Israel estaban claros, los de EEUU no tanto. Israel lucha por su supervivencia ante un enemigo ancestral, que pretende borrarlo del mapa, bien directamente o a través de sus “proxies”- Hizbollah en Líbano, Hamas en Palestina, los Hutíes en Yemen y las milicias chiitas en Irak-. Los protagonistas de la película son Israel e Irán, y EEUU es el artista invitado, film en el que Donald Trump hace un cameo de sí mismo con la esperanza de ganar un Oscar. Como no tiene objetivos propios, ha hecho suyos los de Israel. Según el profesor John Marsheimer, EEUU lo respalda incluso cuando el apoyo va en contra de sus propios intereses. No solo lo protege cuando es agredido, sino también cuando es él el que agrede a un tercero. Como ha reconocido el secretario de Estado Marco Rubio, sabían que se produciría una acción de Israel que provocaría ataques contra las fuerzas estadounidenses y que, si no intervenían preventivamente, sufrirían más bajas. No se trataba, por tanto, de una guerra de necesidad, sino de elección, cuyos objetivos eran los de Israel y no los de EEUU, pero que requería el poder militar de éste para poder alcanzarlos. Los Estados del Golfo Arábigo-Pérsico han sido las principales víctimas colaterales del conflicto.
Según ha señalado Morisse Burekba en CIDOB, la operación “Furia épica” esta siendo para los norteamericanos una guerra sin objetivos claros y sin un plan para el día después, y las explicaciones de Trump están plenas de contradicciones: a) Impedir que Irán consiguiera armas nucleares: Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania habían establecido en 2015 un Plan de Acción Integral Conjunto con Irán, por el que su Gobierno se comprometía a utilizar la energía nuclear solo para fines civiles y a disminuir sus reservas de uranio enriquecido, bajo la supervisión de la Agencia Internacional de Energía Atómica, pero Trump denunció en 2018 el Acuerdo y lo privó de sus benéficos efectos, por lo que no cabe afirmar que pretenda privarle de armas nucleares cuando boicoteó un Acuerdo que permitía lograr ese objetivo; b) Acabar con la capacidad misilística de Irán: No hay ninguna norma de Derecho Internacional que imponga a un Estado la limitación de su armamento, sobre todo si tienen carácter defensivo; c) Provocar la caída del Gobierno iraní, pero su régimen era un peligro para Israel, pero no para EEUU; d) Intervenir de forma cautelar para impedir un ataque inminente contra EEUU, mas no existe norma alguna que permita realizar este tipo de ataques sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU y, además, los Servicios de Inteligencia estadounidenses estimaban que no existía tal peligro.
Los intereses de EEUU y de Israel no coinciden al 100%, pues, mientras que éste persigue la destruir el régimen de los ayatolas o debilitarlo al máximo, y no le preocupan las consecuencias desestabilizadoras que se produzcan en el Golfo y la posible crisis energética y financiera que provocaría el cierre del estrecho de Ormuz, a aquél si le inquietaban, por lo que prefería apretar pero sin ahogar. Benjamin Netanyahu pretendía a la par aprovechar la ocasión para afianzar su mesiánico Plan del Gran Israel, mediante la anexión de toda Palestina y de los territorios circundantes de Líbano y de Siria, y establecerse como la potencia hegemónica en la región, pero los asesores de Trump le advirtieron de los peligros de todo tipo que se producirían si Israel lograba esos objetivos mediante la guerra contra Irán.
Aspectos militares
Según el coronel Carlos de Antonio Alcázar, la ejecución de la operación contra Irán representa un punto de inflexión con implicaciones estructurales que van más allá del ámbito estrictamente militar. El despliegue aeronaval de EEUU ha sido excepcional y las fuerzas israelitas han operado en plena sincronización con las estadounidenses, lo que obedecía a una intensa y prolongada preparación, que no fue fruto de la improvisación, sino de una “ejecución anticipada”. La labor preparatoria ha sido ejemplar, pero el problema ha radicado en que las prisas de Israel forzaron a EEUU a una intervención apresurada que no estaba suficientemente madura, por lo que no ha bastado el factor sorpresa. Irán no solo se está defendiendo bien, sino que ha reaccionado atacando instalaciones militares y civiles, infraestructuras petroleras y ciudades en los Estados del Golfo que cuentan con bases de EEUU, lo que suponía una combinación de disuasión, señalización política y compensación por la debilidad militar convencional. Emulando a Sansón con su destrucción del templo filisteo de Dagón, ha extendido el conflicto en un impulso suicida, no solo a sus vecinos del Golfo, sino también a Chipre (miembro de la UE), a Turquía (miembro de la OTAN) y a Azerbayán, para aumentar los costes políticos y militares, crear incertidumbre estratégica y reforzar la narrativa interna del régimen, en una guerra de “saturación regional”, que ha producido el efecto contrario de consolidar una alianza amplia contra él. Su objetivo no es derrotar militarmente a EEUU e Israel, sino resistir para impedirles una victoria rápida y aumentar los costes militares, políticos y económicos.
Los agresores se las prometían muy felices pensando que su descomunal ofensiva militar descosería las defensas iraníes y haría capitular al abominable régimen de los ayatolas, con la colaboración de la oposición interna, pero sus esperanzas no se han materializado y, tras un mes de descomunales ataques, Irán resiste y contraataca. Han tratado de matar moscas a cañonazos, pero se han encontrado con un avispero que ha replicado eficazmente con unos misiles supersónicos de largo alcance, que han llegado hasta la isla de Diego García -situada a 3.800 kms- y unos drones “low cost”, que tienen que ser desactivados con interceptores de coste millonario. La cuestión es cuánto tiempo se podrá mantener esta orgía armamentística, pues los arsenales se reducen a una velocidad supersónica y no pueden ser renovados al ritmo deseado por razones técnicas y económicas. Israel ha gastado ya el 80% de sus reservas de armamento de alto nivel y no dispone de suficientes de soldados, al no bastar los reservistas para atender durante mucho tiempo a tantos frentes abiertos.
Pablo Suanzes ha descrito acertadamente en “El Mundo” la situación. Nadie habla de guerra total, pero todos actúan como si fuera inevitable. Mientras Washington envía más tropas a la región, Israel reconoce que su modelo militar empieza a mostrar grietas. Irán responde con una movilización masiva que incluye medidas extremas. Las tres potencias implicadas están ajustando sus estructuras militares a un escenario más largo, amplio y costoso. EEUU refuerza su presencia sobre el terreno, mientras su liderazgo duda entre negociar o ampliar su implicación militar, atrapado entre la presencia estratégica y el coste político de una intervención directa. Israel se enfrenta al desgaste acumulado de una guerra sostenida, con sus mandos alertando de la falta de efectivos y de los límites de un modelo basado en tecnología, inteligencia y reservistas. En Irán, el régimen combina propaganda, movilización y control interno, para preparar a la sociedad ante una posible invasión, ampliando el reclutamiento y reforzando sus estructuras de seguridad. La guerra ha entrado en una fase que se mide en capacidad de sostener el desgaste y de absorber el impacto a largo plazo.
Ante el punto muerto al que se ha llegado, sobre todo a raíz del cierre del estrecho de Ormuz y del pretendido bloqueo del de Bab-el-Mandeb por los hutíes, el alto mando estadounidense se resiste al empleo de fuerzas terrestres en una invasión que podría resultar desastrosa y se plantea otras alternativas. Actualmente cuenta con unas 50.000 unidades en la región y está enviando importantes contingentes de fuerzas especializadas -marines, paracaidistas, fuerzas de respuesta inmediata, “Navy-seals”-, y buques de asalto anfibio como el “Trípoli” el “New Orleans” o el “Boxer”. La portavoz de Trump, Karoline Lewitt, ha declarado que el Pentágono ha ofrecido varias opciones de intervención en Irán, pero el presidente no ha adoptado aún una decisión. El problema radica en que el comandante en jefe del Ejército norteamericano es una persona irresponsable e impredecible, que toma sus decisiones más con las vísceras que con el cerebro. Aunque no se descarte la presencia de botas sobre el terreno, la primera alternativas contemplada ha sido la de escoltar a los petroleros con unidades navales para permitirles cruzar el estrecho de Ormuz. Las siguientes han sido ocupar la isla de Jark- desde la que se exporta el 90% del crudo iraní- o las islas de Queshm o Larak, que controlan el acceso al estrecho. Otra opción muy sería una operación de las fuerzas especiales para tratar de recuperar los 450 kgs de uranio enriquecido que se encuentran escondidos en las instalaciones de Isfahan, Natanz y/o Fordo.
Trump se inclinó por el envío de buques de guerra para escoltar a los petroleros y pidió la colaboración de los “aliados” de la OTAN, pero éstos le dieron calabazas, alegando el enorme riesgo que la operación suponía y afirmado -a través de la Alta Comisaria de la UE para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas- que esa no era la guerra de Europa. Trump se ha indignado y calificado a los renuentes de cobardes, insolidarios y desagradecidos. Ante esta negativa, advirtió a sus aun socios que “tendrán que aprender a luchar por sí mismos, porque EEUU ya no estará a su lado para ayudarlos, como ellos no han estado con EEUU”. Como ha observado Juan Antonio Castro, EEUU está en mitad del vado; si sigue avanzando, provocará una crisis económica mundial y, si retrocede, perderá credibilidad e Israel se encontrará en peor situación.
Aspectos políticos
EEUU ha atacado a Irán sin haber elaborado un Plan político adecuado, y se encuentra ahora en una situación bastante comprometida. A nivel interno, la guerra es impopular incluso entre los más acérrimos seguidores de Trump de la plataforma MAGA, como ha puesto de manifiesto con su dimisión el director del Contraterrorismo, Joe Kent, quien ha afirmado que ningún informe de inteligencia indicaba que Irán estuviera produciendo armas nucleares, ni había pruebas de que presentara una amenaza inminente para el país, pero Israel -y el lobby judío norteamericano- habían forzado la intervención de EEUU- al informarle de que atacaría a Irán, lo que ponía en riesgo los intereses estadounidenses en la región. Para la diputada republicana
Reagan Box, aunque los ayatolas fueran atroces, cada vez que el Gobierno estadounidense intentaba un cambio de régimen en Oriente Próximo, lo que conseguía era desestabilizarlo, como ha ocurrido en el caso de Irán.
EEUU se encuentra con la alternativa de seguir con la guerra hasta la victoria final, pues -como ha manifestado el secretario de Guerra, Pete Hegseth- “no pararemos hasta que el enemigo esté totalmente derrotado y consigamos todos nuestros objetivos”,
o seguir la vía diplomática y buscar una solución negociada, “buena para todos”, porque puede ganar batallas merced a su aplastante superioridad militar, pero no parece que pueda ganar la guerra. Trump juega con sus balandronadas este doble juego, lanzando un ultimátum -que vencerá el próximo 6 de abril-, conforme al cual si Irán no permite el libre tránsito por el estrecho de Ormuz y no se sienta en la mesa de negociaciones para concertar un Acuerdo, EEUU utilizará una violencia sin precedentes para destruir por completo todas sus centrales eléctricas, sus pozos petrolíferos y la isla de Jark. Según Stephen Collsson en “CNN Mundo”, EEUU e Irán necesitan que la guerra termine cuanto antes, pero ninguno de ellos puede ceder y, “si ninguno de los dos ofrece una salida al otro, podría conducirlos a ellos y al mundo hacia la catástrofe”.
Según Luis Felipe Fernández de la Peña -que fue embajador en Teherán entre 2020 y 2022-, hay que recurrir a la vía diplomática, aunque sea difícil encontrar un entendimiento, porque no hay voluntad política. EEUU necesita ganar para no perder, mientras que Irán ganará si no pierde. Trump ha caído en la trampa de la escalada asimétrica en una guerra que podía haber evitado, si no hubiera denunciado el Acuerdo de 2018 o aceptado la fórmula negociada por el mediador de Omán, Badr al-Busaidi, en febrero de 2026, cuando afirmó que el Acuerdo estaba al alcance de la mano, pero Trump reculó por la presión de Netanyahu y se lanzó a la aventura. Habría algo de esperanza si se consiguiera que se iniciaran negociaciones con una delegación de EEUU presidida por J.D.Vance, que es el menos belicista de sus dirigentes -de los actuales negociadores, Steve Witkoff es pro-sionista y el yerno de Trump, Jared Kushner, judío-.
Trump ha repetido que EEUU ha ganado la guerra y que Irán está loco por negociar. A través de Pakistán, ha presentado un Plan de Paz de 15 puntos, que es una carta a los Reyes Magos de Medio Oriente: Uso de la energía nuclear solo para fines civiles, renuncia al armamento nuclear y desmantelamiento de las instalaciones nucleares de Isfahan, Fordo y Natanz, entrega a la AIEA del uranio enriquecido, reducción del programa de misiles, supresión de la ayuda técnica a los movimientos terroristas y libertad de tránsito por el estrecho de Ormuz. Irán ha presentado una contrapropuesta que exige el reconocimiento de su soberanía sobre el estrecho, garantía de que no se producirán nuevos ataques, indemnización por daños, cierre de las bases estadounidenses en el Golfo, y finalización del hostigamiento a sus aliados en la región. Las exigencias de unos y otros son incompatibles y difíciles de compaginar.
Uno de los problemas a decidir es quién iba a ser el interlocutor iraní tras la campaña israelita de eliminación de sus dirigentes. Preguntado Trump por con quién iba a negociar, respondió que no sería el supuesto líder supremo, Motjaba Jamenei, porque ni siquiera se sabe si está vivo. Son muchos los que apuntan al presidente del Parlamento, Mohamed Qalibaf, antiguo jefe de la Fuerza Aérea de la Guardia Republicana y alcalde de Teherán, un dirigente duro pero pragmático, con la ayuda de los “moderados” Massus Pezeshkian, presidente de la República, y Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores. Aunque la máxima autoridad religiosa y política sea el líder supremo, Irán no es una autocracia personalista, sino una oligarquía teocrática. Es como una hydra mitológica, que, si se le cortas una cabeza, surgen otras siete más radicales. Sigue la estrategia del “mosaico” con una gran descentralización y capacidad de actuación de las distintas secciones de la Guardia Revolucionaria, que ostenta de hecho el poder político y económico, y el máximo poder decisorio. Pezeshkian ha comunicado al presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, la voluntad de Irán de acabar con el conflicto, siempre que se le ofrezcan garantías concretas de que no se repetirá otra agresión, y tiene razones para pedirlas porque -como ha recordado Araghchi- en dos ocasiones en las que estaban negociando, EEUU e Israel los atacaron.
Aspectos económicos
La guerra de Irán no es solo un fenómeno militar y político, sino también económico. Para expandir sus consecuencias, las autoridades iraníes le han dado una proyección regional, al extender sus ataques a todos los países del Golfo aliados de EEUU -incluidas sus explotaciones petrolíferas y gasistas- y, otra global, al bloquear el tránsito de petroleros por el estrecho de Ormuz -por donde circula el 20% del crudo mundial-, provocando un notable incremento del precio de los productos energéticos y una crisis de suministros y financiera, por lo que es fundamental que se desbloquee el tráfico por el estrecho. Se trataba de un objetivo primordial de EEUU, aunque Trump se congratulaba de ese incremento al beneficiarse por ser uno de los principales productores y haberse adueñado de los yacimientos venezolanos, e incluso ha expresado su deseo de apoderarse del petróleo iraní. Además -en su disparatada actuación- ha beneficiado al propio Irán y a su admirado colega Putin, al levantarles las sanciones a la venta del petróleo por parte de los dos países.
Trump ha renunciado a la escolta militar de petroleros ante la falta de apoyo de sus aliados de la OTAN y analizado la posibilidad de reabrir el tránsito por el estrecho mediante la ocupación de la isla de Jark o de las islas de Qeshm y Loral, donde Irán ha establecido un control para el pago de peajes. El Gobierno iraní ha comunicado a la Organización Marítima Internacional que el estrecho de Ormuz solo está cerrado a la navegación de los buques de países hostiles a Irán. Especial deferencia se tiene con los petroleros destinados a China -que importa el 37.7% del petróleo procedente del Golfo- e India -14.7%-, y permite el paso de petroleros con distintos pabellones, mediante el pago de hasta $2.000.000 abonados en yuanes, con lo que está haciendo un negocio impresionante, pues exporta más y a mayor precio.
Las autoridades militares tendrían que preparar con sumo cuidado su eventual intervención para ocupar y controlar las islas del estrecho, pues dada su angostura, la proximidad de la navegación a las costas iraníes -las opuestas han sido minadas-, el carácter escarpado de la costa, la existencia de cuevas y refugios, y la operatividad de las embarcaciones ligeras y los drones, hacen que las operaciones sean sumamente arriesgadas. Ocupar las islas no sería excesivamente difícil, pero mantener la ocupación sin la presencia de unidades terrestres que den cobertura a las fuerzas especiales ocupantes resulta más problemático y podría terminar siendo catastrófica para EEUU.
Ante la dificultad de la ocupación, el presidente podría pasar -según la humorística formulación de Francisco Pascual- del TACO –“Trump Always Chickens Out”- al NACHO –“Not Actually Choosing a Hormuz Offensive”-. Del “Trump Siempre se Escaquea” al “No Elegir Finalmente una Ofensiva en Ormuz”. Los bloqueos de Ormuz y de Bab-el-Mandeb van a suponer un encarecimiento considerable de los precios del gas y del petróleo y una subida de la inflación, que llegará en la UE al 4.4% y en España podría alcanzar el 5.9%. Los intereses de los bonos ya han subido al 5% en Gran Bretaña, 4.9% en EEUU, 4% en Italia, 3.7% en España y 3% en Alemania. Como además el crecimiento económico se está reduciendo, la economía mundial está abocada a la estanflación, si se mantiene por mucho tiempo los bloqueos al tráfico.
En esta coyuntura, Trump parece determinado a salir del avispero en que se ha metido, temeroso de que el descenso de su popularidad presagie una derrota republicana en las elecciones parlamentarias de noviembre. A pesar de sus amenazas, afirma ahora que la guerra terminará en dos o tres semanas, por lo que parece que ordenará el cese de los ataques y permitirá que el Gobierno iraní controle Ormuz. Habrá que ver que decisión toma el 6 de abril, cuando vencerá el plazo de su último ultimátum.
Me han dado que pensar las palabras de Shash Thaoor, antiguo asesor del ex- secretario general de la ONU, Boutros-Ghali: No es solo Irán u Oriente Medio, sino todo: La economía global, la paz mundial y el futuro de millones de niños. Todo ello convertido en cenizas porque dos viejos amargados no soportan la idea de hacer mutis por el foro. Nadie los para: ni los medios de comunicación, la ONU, ni la Comunidad Internacional. Ningún dirigente mundial tiene el valor de plantarse y decir” !Basta!”. Vemos como dos amantes de la guerra arrastran a la humanidad hacia el precipicio y el mundo simplemente lo contempla. Se toman notas, se hacen análisis y se publican artículos, mientras las bombas caen y los niños mueren. Si dos viejos -uno desde un búnker y otro enviando twits desde un campo de golf- pueden llevar al planeta al borde de la destrucción ¿Qué significa todo esto? La ONU, inútil; el Derecho Internacional, una broma; los derechos humanos, un recuerdo; la cooperación mundial, muerta. Hemos permitido colocar el futuro de la Humanidad en las manos de dos viejos narcisistas desesperados, que morirán dentro de una década, mientras los demás sufriremos las consecuencias. Netanyahu quiere un cambio de régimen, cuando apenas sabe cómo cambiar su pañal sin consultar con Washington. Trump quiere debilitar Irán, cuando es incapaz de reducir su propia ansia de atención. Estamos al borde de la III Guerra Mundial, porque nadie tiene el valor de pararles los pies. Mientras la Humanidad no se despierte y nadie sea capaz de decir “!Ya está bien!, pagaremos el precio de sus desesperadas rabietas. La Historia recordará estos momentos con vergüenza. No estamos condenados por Irán, por los misiles o por el precio del petróleo, sino porque consentimos que se vayan de rositas. ¡Vergüenza para ellos, vergüenza para nosotros, vergüenza para todos los que contemplan en silencio esta locura!
Hay algunos que siguen el lema lampedusiano de que todo cambie para que todo siga siendo igual y, para semejante viaje, no se necesitan alforjas. No obstante, ¡“Vigencita de Lourdes, que me quede como estoy! Prefiero concluir con las amonestaciones del Papa León XIV: “No se puede utilizar a Dios para justificar la guerra […] Depongan las armas. Recuerden que somos hermanos”.





