…patrimonios inmateriales de las humanidades, que me ha quedado la cosa como el estribillo de la chirigota aquella de hippies de Juan Carlos Aragón cuando remataban con lo de “… y menos trabajo y más Carnaval”.
Ayer 16 de noviembre se celebró el Día Internacional del Flamenco, pues se cumplieron catorce años de que la UNESCO reconociera al flamenco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La noticia llegó con grandes esperanzas que, una a una, se han ido quedando en el camino. Hubo cante y baile en la calle Santa Teresa y muchos vendieron que sería la panacea para la cultura, y el negocio, del flamenco. Durante estos catorce años hemos comprobado, y tanto que lo hemos comprobado, que el flamenco sigue en la misma situación, que antes: una afición avejentada —aunque yo soy optimista con la juventud y creo que terminarán por inclinarse por esta música que tan bien define nuestra cultura—, el asociacionismo peñístico trabajando con los mismos pocos medios que antes y una administración figurativa y figurona como mecenas —mala cosa— pero centrada en salir en la foto más que en trabajar en serio en pro de nuestro arte—pero noticia aún—. En definitiva, que todo sigue igual, pizca más o menos, que antes de que el flamenco fuera reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, como el “sistema de adivinación ifá” en Nigeria, la “danza de las tijeras” en Perú o como el “fileteado” argentino, por ejemplo.
Al final, si echamos números y hacemos cuentas claras, llegamos a la triste conclusión de que para este viaje no hacían falta alforjas tan rimbombantes y quizás hubiera que haberse centrado en el flamenco detoalavía. Ya sé que suena a historias del abuelete. Pero cada vez estoy más convencido.
Ayer salí a pasear y me topé con la ciudad y sus cosas del flamenco. Y esto sí que es un patrimonio cultural de gran categoría, señores de la UNESCO. Qué pocas ciudades hay en el mundo donde la música se pueda tocar, oler, sentir y palpar en cada esquina. Que Triana es la mano que mece la cuna —porque la cuna es Cádiz, nos pongamos como nos pongamos—. Aquí huele a soleá alfarera, a fiesta en la Cava de los Gitanos, a corral de vecinos, a fragua de los Cagancho, a cante de Frasco El Colorao, a voz afillá de El Fillo, a las cosas del Planeta, a la calle Pureza donde murió Demófilo, a la Taberna de Berrinche a del Vélez y a la de Segundo, al bar Ballesteros y a Las Golondrinas, que allí “aprendieron los moros el baile por bulerías”, que cantaba el Pali desde su silla de la calle Aduana.
Es cruzar el puente y darte de bruces con la mano crispada de Antonio Mairena, que por allí ponían el café cantante de El Burrero —que a la orilla del río se trasladaba en los meses de verano—, donde Lorenzo Colomer, el padre de La Rubia Colomer, mató de una mala puñalá al Canario.
El Baratillo en tarde de toros; el “Arenal de Sevilla, Torre del Oro”; la Avenida: la calle de las Sierpes —con locales de variedades y Silverio Franconetti paseando su porte flamenco—; la Campana con el bar Pinto —donde La Niña de los Peines peinaba recuerdos desde un velador de madera— y con el tabanco de Paco el Barbero; Amor de Dios, donde José de la Tomasa se arrancó por saetas ante el busto de su tío abuelo Manuel Torre—; Trajano, donde Realito tenía su academia de baile; y la Alameda… con las columnas que lucieron un lazo negro cuando lo de José en Talavera; con el recuerdo de Las Siete Puertas y el quejío jondo y de bronce de Caracol, que nació algo más adelante, en la calle Lumbreras; con el toque de Eduardo de la Malena; con el alma errante de Manuel Torre, que se despidió de este negro mundo en la calle Amapola, sin un duro ni para poder enterrarse.
Y esto es sólo un paseo que me he querido dar por una Sevilla flamenca que echamos diariamente en el olvido. Hasta pegas y faltas le ponen la Peña Flamenca Torres Macarena para sus recitales porque dicen que hacen ruido —bendito ruido—.
Por eso, menos Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y más acordarnos de la ciudad flamenca que se nos cae a pedazos. Vamos a empezar la casa por los cimientos que sino, pasa lo que pasa y luego… todos miramos para otro lado, “para despistar”, que decía Silvio.





