
(A Manolo Fernández Luna, compañero y amigo)
Morir en agosto es como marcharse sin poder despedirse. Manolo nos dejó el día de Santa Rosa de Lima, con muchos amigos y compañeros lejos de Sevilla, pero, aun así, con una Eucaristía corpore insepulto donde no se cabía en la capilla del tanatorio. Han transcurrido dos semanas, y aún me cuesta pensar que no te voy a encontrar por los pasillos de la Facultad de Económicas con esa sonrisa de acogida con la que iniciabas todas las conversaciones, con bonhomía, comprensión y escucha activa . Te fuiste pronto como los elegidos (el más joven de nuestra promoción del 78, aquella que comenzó la carrera en enero del 74 por el desatino de un ministro despistado, y la primea que terminó en el entonces nuevo edificio de Ramón y Cajal), como lo hizo en febrero pasado nuestro amigo y compañero Paco Yoldi, en tu caso pasando del sueño reparador a la Vida eterna.
Quien no vive para servir, no sirve para vivir, decía Santa Teresa de Calcuta, y toda tu existencia, toda, fue una entrega sin medida a los demás, ya fueran amigos, compañeros o alumnos, esos que ya no podrán disfrutar de tu docencia en Economía en los grados de ADE, Económicas, Turismo, FICO o Relaciones Laborales. Impartir clases que no te correspondían y que sustituías con agrado; contestar a correos el mismo día a consultas y dudas de alumnos, sobre todo los de primer curso, por los que sentías un especial afecto, al verlos aún descolocados y novatos.
Otros en tu lugar, hubieran sacado pecho presumiendo de currículum: auditor financiero, experto inmobiliario, colaborador con el diario «El Economista», doctor en Ciencias Económicas y Empresariales…, pero nunca se te vio hacer ostentación de ello ni engolaste la voz para dar una opinión ante un auditorio atento a tu exposición. No lo necesitabas. Tu doctorado sobre los Pactos de la Moncloa y el papel de tu admirado Enrique Fuentes Quintana en ellos, fue un trabajo impagable que queda para la posteridad.
No había una sola vez que no dejaras de ofrecerte «para lo que necesitaran» a tus conocidos, marcaste el camino de muchos egresados de la Facultad, con tus consejos y tantos Trabajos de Fin de Grado dirigidos, hasta el punto de haber decidido posponer tu jubilación hasta cumplir los 70 años, edad que no llegarás a disfrutar. No tenías por qué hacerlo, pero eras feliz, y se te notaba, entregando tu tiempo y tus conocimientos a los demás.
Si había algo que contagiabas a todo el que se acercaba a ti era tu afán de aprender, de satisfacer esas ganas de conocer e implementar lo nuevo, aquello que echa para atrás a muchos de nuestra edad: las novedades del mundo digital aplicadas a la docencia y a la investigación. Te apuntabas a todos los cursos de Inteligencia artificial, estabas a la última de todas las publicaciones de tu materia… Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro, me llegaste a decir un día.
El Opus Dei te tuvo como a uno de sus fieles más prominentes en Sevilla, pero gana un intercesor en el Cielo, porque he conocido muy pocos, como tú, que hayan manifestado todos los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y templanza. Al llegar la Cuaresma, como prototipo de sevillano cofrade, ya hablabas de tu papeleta de sitio del Jueves Santo y se te veía gozar con las vísperas.
Que Nuestro Padre Jesús de la Pasión y la Virgen de la Merced, a Quienes acompañabas haciendo estación de penitencia, te acojan en el seno del Padre, y puedas interceder desde la Gloria por los que aquí quedamos. Descansa en Paz.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






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Descansa en Paz, querido Manolo.