BOCA PRESTADA
Perdonen que me ponga serio y hasta un punto cultureta citando al recientemente fallecido sociólogo Zygmunt Bauman, una de las mentes contemporáneas que mejor ha definido la revolución social que fue el siglo XX. Bauman creó el término “modernidad líquida” como el instante histórico en el que, a las instituciones sólidas que marcaron nuestras certezas, han sucedido la incertidumbre, la eventualidad, la urgencia y el individualismo. Vamos, que en estos tiempos que nos han tocado en suerte lo que manda es el momento y, por tanto, la banalidad y lo superfluo; todo aquello que pueda, gracias a la tecnología, elevarse a la categoría de inmediato. Una foto o una secuencia recogida en video y transportada a esa masa amorfa y nubosa que gravita sobre nosotros conocida como redes sociales alcanza en décimas de segundo y con la fugacidad de una chispa la denominación de noticia. Para que esto suceda ha debido darse la popularización a niveles proletarios de toda suerte de cachivaches tecnológicos con capacidad de interconectarnos instantáneamente como si de un cordón umbilical se tratase. Ante la falta de criterio de los portadores de dichos objetos, todos quedamos expuestos, al mínimo despiste, a los cinco minutos de gloria efímera de los que hablara Warhol. Si usted anda confiado en el más estricto círculo íntimo de una celebración o evento restringido y accede en virtud de esa confianza a hacer cualquier gansada, el tonto de la camarita le cazará y subirá en segundos su torpeza a ese éter mundial llamado Facebook, Twitter, Instagram o rayos encendidos que son las citadas redes sociales. Todos hemos recibido en nuestros teléfonos el momento de un torero serio y poco dado al figurando, toreando o bailando en un salón ajeno a su cacería por el tonto de la camarita. ¿Quién no recuerda a aquellos amigos que cantaban una rumba invitando a Puigdemont a pasar una temporada a la sombra, creyendo que lo hacían en medio de la total discreción de una fiesta privada? Craso error. A aquella charpa le costó un disgusto en forma de público escarnio, como si fueran una especie de banda criminal. Hasta al serio Mariano Rajoy hemos visto bailar por Raphael (con ese gracejo que tienen los nacidos en la alegre Santiago de Compostela) en una boda familiar. Y lo hemos podido ver en nuestros mismísimos teléfonos. Como a ese niño que en el día de su primera comunión recibía una virgen María como regalo y nos dejaba en su rostro alucinado por la sorpresa miles de impresiones a todos los que no lo conocemos de nada en absoluto. Siempre el tonto de la camarita en guardia. ¿Y aquellos otros, que retransmiten el paso de las cofradías de Semana Santa en una suerte de Antoñito Procesiones 2.0, como un monólogo imprudente que nadie ha pedido ni tiene el menor interés? Un periodismo amateur que no es más que -en la mayoría de los casos- un chismorreo encubierto, egocéntrico y tecnificado. Porque si antes a un tarado disfrutaba con una tiza o un látigo, ahora con un móvil con cámara, tiene mas peligro que un mono armado con una navaja barbera. Y si no que se lo pregunten a esa pareja de romeros en el Rocío que dieron suelta a sus ardores en un aparcamiento, con la naturalidad de una amistad que viniera de atrás y a los que el tonto de la camarita ha sentenciado para siempre a una lapidación social tan injusta como definitiva. Volviendo a Bauman y a su teoría de la modernidad líquida, abrocho este artículo con otra de sus clarividentes sentencias: “La vida social ya se ha transformado en una vida electrónica o cibervida.” No se hable más y tengan cuidado ahí afuera con los tontos de la camarita que a todos nos tienen el aguardo preparado.





