A veces, los humanos giramos alrededor de un simple objeto. Y en ese giro, interminable o no, configuramos toda una vida. Este es mi caso, amigos. Pues que el tocadiscos que ilustra el presente pensamiento, un Philips de caja que mi recordado padre adquirió en los 50, marcó definitivamente –ahora lo puedo asegurar de manera rotunda- el vagabundear del que os escribe.
Todo comenzó siendo yo un “chinorri”. No tendría más de cinco años y ya estaba Jesulito sentado ante aquel aparato extraño que reproducía canciones según iba colocando las placas que a mi progenitor le gustaban. Ni que decir tiene que aquellas tardes se convertían en un rito absoluto y en las que ni siquiera me importaban los juegos y las andanzas de mis amigos. Tan absorto estaba en el maremágnum de artistas que se iban adentrando, poco a poco, en mi corazón de niño no sonriente.
Recuerdo a la perfección que el 45 RPM que más gastaba era el que contenía “Mi Buenos Aires querido”, de Carlos Gardel. Y es que “el morocho” era el rey musical de aquel caserón de patio de tierra. Me pregunto en el presente qué extraños lazos unían a mi familia con Argentina. No lo sé. Lo único que entiendo es que el tango acumulaba tal poder de seducción que ya podían esperar su turno en el platillo giratorio, Gloria Lasso y Luis Mariano, José Luis y su guitarra, Libertad Lamarque o Bob Azzam y su orquesta, entre otros.
Un reproductor de melodías, un Philips de caja, que traigo hoy a la memoria para reivindicar parte de la infancia que me tocó vivir. Por muy buenos o malos que fueran los tiempos en que transcurrió. A manera personal, he de deciros que un servidor quisiera volver a ella; aunque para merendar se me tuviera que dar de nuevo un trozo de pan con una sola onza de chocolate térreo. Porque no saben ustedes, mis queridos lectores, lo feliz que fue este infante de rostro serio manipulando un “artefacto” sonoro y mágico como el que les muestro y al que pusieron de nombre, “el tocadiscos”.





