Sólo siete días. Siete eternos días y el azahar romperá abriendo todos los sentidos. Siete interminables días que quebrarán al asomarse a la ventana el Domingo de Ramos y descubrir el limpio cielo de la muy heroica, muy noble, muy leal, invicta y mariana ciudad de Sevilla, donde los cárdenos atardeceres se ven salpicados de vencejos que dibujan caminos sin ida ni vuelta.
Sevilla rebosa calles inundadas de fe, de sones en la lejanía, de luz, de rezos hechos saeta desde los balcones, de lágrimas, de los sabores que nos traen a la memoria a aquellos que ya se fueron, de olores, del buen andar, de esperanza, de silencios, de lágrimas, de momentos, de Dios, que, según cuentan, vive en San Lorenzo.
Ciento sesenta y siete horas para que, en la enhiesta vigía del imperecedero paso del tiempo, cuya cintura asían y ansían los rayos del mismo sol, volteen las veinticuatro campanas de la que es audaz con la lanza. Trece con nombres de Santos Varones, nueve con nombres de Santas Mujeres y dos con el nombre de la Santa Cruz y Todos Los Santos.
Mil cuatrocientos cuarenta minutos para que la rampa más querida recoja la alegría y el correteo de los niños, las lágrimas de los cirios, las plantas de aquellos que mecen a Dios bajo sus pies y los nervios del niño que pedirá la primera venia en la Campana; por San Julián, aquella que dijo entre unos matorrales Catalanes, que era de Sevilla, patrona y bienhechora, acompañará a su Hijo en la Buena Muerte; en San Juan de la Palma la Amargura se hará Silencio y el Amor, mientras abre su pecho para saciar a sus hijos, será acunado por la estrechez de Cuna.
Y ya ha comenzado a desvanecerse el tiempo…
Pero, ¿cómo pensar en el mismo cuando una espesa niebla incensiaria inunda la Campana, atravesada por la luz que penetra como un largo brazo por Alfonso XII y, entonces, la brisa juguetona lo disuelve levemente para poder atisbar la dulce cara de la muerte en su traslado al sepulcro, cuya sangre es recogida por una rosa? ¿cómo hacerlo mientras en el museo la Expiración no puede ver Las Aguas?
¿Existirá acaso el tiempo cuando por el barrio de la “Calzá” presenten a Dios al pueblo y el pueblo recuerde los versos del ya eterno pregonero, mientras los jardines con nombre de pintor esperan una Candelaria de luz? ¿Acaso existirá cuando la lonja de la Universidad se sienta acariciada en su fachada, una vez más, por la silueta tenebrosa y temblorosa, por reflejos de hachones, de la Buena Muerte ya de recogida? ¿Habrá tiempo cuando el Cristo de Las Misericordias deje de ver las campanas de Santa Cruz?
No habrá horas cuando dos barrios toreros desplieguen sus capotes a la tarde del miércoles Santo, dando lances de Salud y Refugio o paseando a la madre más niña en cuyo regazo inerte descansa la Misericordia.
Ni tan siquiera habrá segundos de espera cuando el sonido de las bisagras anuncie el Descendimiento de la muerte, enmudeciendo incluso a los rosarios que acarician los varales del palio de la antigua plaza de los Carros, convirtiendo las blondas de las mantillas en un verdadero Valle de lágrimas.
Y entonces, se romperá la madrugada. En un arco centenario una Sentencia y la pena y la alegría de una Esperanza; por San Antonio Abad, Sine Labe Concepta, donde una saeta a la Cruz de guía hará que desaparezca el silencio del Silencio de la Madre y Maestra; en la Magdalena Presentación y un Calvario donde el Gólgota es racheo de esparto; en Triana una Esperanza como brújula y como guía, donde Rafael y el Calamar abren el paso a las Tres Caídas; por el Valle Salud y Angustias derramando en cada revirá olor a canela y clavo a las órdenes de su ya eterno capataz; y por San Lorenzo el Mayor Dolor y Traspaso, el Gran Poder de Dios hecho hombre.
¿Cómo saber que este tiempo es este tiempo cuando por Toneleros un misterio en Sus Tres Necesidades obra el milagro de una salida imposible? ¿cómo atisbarlo cuando en la otra orilla se unen el puente, el sol, el cielo, el río y el último estertor, el último aliento de La Expiración? ¿cómo sospecharlo, tan siquiera, cuando por Bustos Tavera se anuncia el paisaje tenebrista a través de la campana de un muñidor que abre paso a una Mortaja?
¿Sabemos si es verdad que se acaba el tiempo cuando la muerte vence a la muerte y abre paso a la más terrible de las soledades invadiendo las almas de desconsuelo, tristeza y desasosiego? ¿O quizás sea la Aurora la Resurrección de un nuevo comienzo?
En tan sólo una semana las puertas de la Gloria se abrirán de nuevo a Sevilla, y no habrá días, ni minutos, ni segundos…
Las túnicas planchadas, los templos derramados, los sentimientos abiertos, la inquietud desbocada… comienza la Semana Santa, sin lugar a dudas, el tiempo en el que el mismo tiempo se para.





