Y yo que creía que era mi recordado padre el que solamente lo tenía. Pero ahora me doy cuenta de que no. De que poseo otro sillón y que en ese otro sillón me hundo, también a pensar. El de mi progenitor era de escay, el mío de diseño. Los pensares y el padecer, imagino que los mismos o muy parecidos. Bueno, la convivencia en la que la sangre que corre es uniforme da mucho de sí. Hasta el día en que aparece una mochila cargada de proyectos y todo se transforma en una huida hacia no se sabe a qué lugar.
Y yo que creía que este tipo de sillones se ponían en el salón para que hicieran juego con el sofá y, de manera un poco más independiente, poder ver con toda la tranquilidad del mundo las “Historias para no dormir” de Narciso Ibáñez Serrador, en blanco y negro y en la Inter de pantalla protegida con cristal. Así lo creía, mas servidor se equivocaba puesto que de aquel material que imitaba al cuero sobresalían danzarinas partículas de sueños que muy pocos alcanzaban a comprender.
Y yo que creía que mi maestro particular depositaba sus esfuerzos en semejante asiento, los descansaba y como nuevo. Nada más lejos de la realidad. En ese refugio definitivamente se ausentaba y daba rienda suelta, sin que nadie lo advirtiese, a la tristeza y a la poca alegría que durante toda su vida había ido acumulando. Ya no estaba su corazón para muchos trotes, y es por ello que en un acto de generosidad extrema decidiera que sus latidos los sufriera él mismo.
Y yo que creía que era mi recordado padre el que solamente lo tenía. Pero ahora me doy cuenta de que no. De que poseo otro sillón y que en ese otro sillón me hundo… también a pensar, también a pensar.





