Alguna vez veo esos programas a los que van los sesentones a buscar pareja, porque me lo paso bien. A veces hay historias personales que darían para un novelón. Me hace mucha gracia cómo se desprecian: “Eres un encanto, un hombre guapo, inteligente y con valores, pero no ha habido pellizquito en el corazón”. La mujer era un loro resfriado y el hombre un señor atractivo y con gracia. Pero, en efecto, la señora no quiso una segunda cita porque no sintió ese cosquilleo imprescindible para verse de nuevo con un señor que fue al programa porque se sentía solo. No sé si el pobre hombre acabaría cortándose las venas o tirándose al tren. En otra ocasión me cabreé con un señor de 90 años que despreció a una señora de 75, aún de buen ver, porque no estaba buena. “¿Para qué la quiero, para cuidarla en una cama?”, dijo el zoquete. “Yo busco una mujer aún activa, como yo”. Sería de esos que se ponen una cremita en el miembro viril para tener una erección de media hora, que acaban en un hospital después del kiki. Berlanga hubiera hecho la película de su vida, de haber visto estos programas. Quedé en una ocasión con una señora de mi edad y cuando me vio me dijo, con sinceridad, que no era su tipo. ¿Qué esperaba usted?, le pregunté. “Hombre, alguien así como Carlos Sobera o Juan y Medio”. Estuve toda la tarde buscando un puente de Sevilla desde el que tirarme al río con una piedra en los pies, pero no fui capaz de acabar con todo. Estuve muchos meses pensando en aquella mujer, una señora metida en kilos, con permanente de los cincuenta, dentadura postiza y, eso sí, unos ojos increíblemente hermosos. Veían más de la cuenta, pero eran como esmeraldas. Total, para lo que había que ver…





