Estoy maravillado de la endeblez de la superioridad moral que la izquierda se auto atribuye desde hace décadas en nuestro país. Ha sido sólo cuestión de derribarles un relato bochornoso y fullero, uno más de los muchos que han colado Sánchez y sus secuaces de «la Sincronizada Brunete» en los últimos seis años, y comenzar a disolverse y a salir en estampida sus más impasibles lameculos, tanto esa organización lamiosa y acomodaticia llamada La Vanguardia como aquellos hooligans sectarios del estilo de Antón Losada, Enric Juliana, Juan Cruz (éste va por la tercera vez y no lo cumple nunca), etc. que han anunciado que abandonan la red social X.
Creo que la clave de la estampida es no tanto la inmersión evidente en el cubo de la corrupción desvergonzada y chapucera del hermano y Begoña, de los Koldo, Ábalos, Tito Berni, Aldama, Javier Hidalgo y los mariachis que lo abundan todo y apunta con sepultarles.
Ni siquiera creo que lo sea el constante y deleznable abuso con el Falcon o la épica ristra de mentiras («el Uno» les impuso el eufemismo torticero de «cambios de opinión») que el presidente le lleva derramadas a la sociedad española en su conjunto, incluidos los suyos, que succionan cualquier brebaje por indigerible que sea hasta incluir de forma ominosa e insultante en su impostada fachosfera de juguete a Felipe González, a Alfonso Guerra, a Nicolás Redondo Terreros, a Joaquín Leguina, a Fernando Savater, a César Antonio Molina, a Saenz de Cosculluela, a Félix Ovejero, a Jon Juaristi, a Trapiello, a Arcadi Espada, a Albert Boadella, a Félix de Azúa… y hasta Pérez Rubalcaba si no pisotearan su memoria con el escarnio que le gastan desde su silencio del cementerio.
Esta vez el relato se les ha venido abajo con una catástrofe natural que ha provocado un número de muertos indeterminado, cuya evaluación terminará necesitando de una investigación judicial para que confiesen las trapacerías y ocultamientos en los que ha intervenido personalmente el insidioso ex juez Marlaska, bañado repetidas veces en la indignidad más absoluta desde que accedió al cargo de ministro y probó… las hamburguesas.
Pero creo que en ese escenario de muertos y desaparecidos en el barro hay un momento preciso en el que se les hundió la narrativa… Me refiero al episodio ignominioso en el que Sánchez desembarcó en la «zona cero» sonriente y con el paso de chuleta que pisa la cancha para ensayar unas canastas y dos minutos después, en una demostración de infamia y cobardía, abandonaba a los Reyes de España y volvía sobre sus pasos simulando que cojeaba y con el gesto disfrazado de un dolor de tripa, como si tuviera gases, antes de huir despavorido ante los gritos de indignación de un doliente pueblo a esas horas convertidos en zombis.
Ya no hubo marcha atrás y lo empeoró todo cuando señaló que él distinguía claramente que aquellos individuos embarrados que vociferaban porque lo habían perdido todo eran nazis: «Yo estoy bien», dijo detrás de un atril en una sala impecable y con banderas, como un Rey Sol a quien se le ha pasado ya el molesto flatito del apretón. La falta de reflejos apuntaba ya a ser de pronóstico reservado.
A esa misma hora, aún el Gobierno no había movilizado sino a cuatro camionetas de soldados indignados, porque en los días previos no les habían ordenado salir a ayudar. «Que lo pidan… o sabréis de lo que soy capaz», vino a decir en el contexto. Y ya que lo piden, que de paso me aprueben los presupuestos, dejó en el aire putrefacto de los cadáveres amontonados en las ramblas.
A nadie se le escapa ni pasa por alto que la incompetencia de Mazón en aquellas horas no merece aplauso alguno y quizás exigiría su dimisión, pero nadie tiene prisa por cerrar ese capítulo disparando a un simple inexperto aupado a presidente de la autonomía valenciana y con cuyo cese en sus funciones el sanchismo intentaría de cerrar el trágico desaguisado. Y es esto lo que no van a permitir, que culpen a un torpe edecán falto de reflejos y su señoría «el Uno» de la trama vuelva a escapar como tantas otras veces hasta ahora.
La gente detecta con meridiana claridad que el Estado de las Autonomías es una carpa de 17 pistas para mantener en activo a tantos payasos como viven del cuento, pero no olvida que, a la hora de las hecatombes, quien está obligado a comparecer ante su responsabilidad es el Estado, no el representante aminorado del mismo, pretendiendo ceñirse ante el cataclismo al papel subsidiario, reservista o de apoyo.
Mucha gente siente que la autonomía es apenas una pajarita de papel con la que todos entretienen sus días así como el dinero expoliado a través de los impuestos, pero aún le guardan fe a una entidad con muchos siglos de existencia llamada España y que el infame enamorado de Begoña utiliza a su capricho y conveniencia para saquear las arcas aflojando incluso todos los tornillos constitucionales y del mínimo decoro del cargo que todavía ostenta.
Más bien lo arrastra por el lodo.
He dicho.





