Hubo un tiempo en que se pusieron de moda los denominados juegos de rol, juegos a veces muy cuestionados, aunque no siempre daban disgustos; porque su práctica resultó muy gratificante a un número considerable de jugadores…
Cuando entré en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, años puros y duros de la hoy idolatrada y sagrada Transición, lo primero que me llamó la atención era que estaba literalmente empapelada por una profusa propaganda política de organizaciones de la izquierda más extrema: partidos y grupos hace tiempo desaparecidos. Lo más moderadito que recuerdo era la propaganda del PCE (bastante inteligente), y alguna apenas perceptible del PSOE.
Una parte importante del profesorado estaba compuesta por secuaces (sumamente proselitistas en las aulas) de don Carlos Marx, que habían accedido a la docencia, bien porque el catedrático de la materia que impartían era un solidario correligionario, o bien porque se trataba de un democristiano de generoso corazón («asín de ancho») con todo aquel que se declarase verbalmente beligerante contra Franco; sorprendente fenómeno, dado que nos encontrábamos en un momento histórico inmediatamente posterior a la muerte del general, lo que hace suponer que muchos de aquellos doctos defensores de la lucha de clases se habían hecho profesores en plena «terrible» dictadura. Una de dos: o las autoridades del régimen miraban para otro lado y hacían la vista gorda a la hora de contratar docentes universitarios, o la dictadura era muy diferente a lo que nos vendían y nos han querido vender hasta el presente.
Los actos universitarios que entonces se solían celebrar, con la anuencia de las autoridades académicas, estaban promovidos y dirigidos mayoritariamente por y hacia la izquierda más cerril; siendo frecuente la conferencia-mitin de tinte cuasi incendiario que se desarrollaba habitualmente sin ningún problema ni traba. Desde luego eran otros tiempos, y la vida universitaria tenía eso, mucha vida, a pesar de que no contábamos con las actuales ayudas institucionales lúdico festivas que han ido convirtiendo a la juventud universitaria en una auténtica avanzadilla de la inteligencia más creativa, contestataria y rebelde (adviértase la ironía).
En aquella Facultad, cuando los progres más significados se enteraban de que no sólo no eras de su cuerda, sino que ideológicamente estabas bastante opuesto a sus «comprometidísimas» posiciones, te miraban de soslayo y presos de una náusea existencialista que apenas les dejaba sobrevivir entre tanto niño burgués, te vomitaban una mirada despreciativa como si fueses un traidor a la sagrada causa de los pueblos oprimidos, o el hijo de un acaudalado gerifalte franquista; cosa curiosa porque gran parte de aquella indolente progresía sí que eran hijos de militares y de cualificados funcionarios del régimen.
Luego todo cambió; y muchos de aquellos progres de antaño comenzaron a ocupar los despachos «toenmoquetaos» y a percibir sustanciosas nóminas de los diferentes organismos municipales, estatales y autonómicos, asentándose firmemente en los altos puestos de la administración de las grandes empresas públicas. Comenzaron a vestirse de las marcas más exclusivas del mercado, y se convirtieron en expertos catadores vinícolas y habituales usuarios de los mejores restaurantes de cada lugar. Y así se fueron reciclando progresivamente en la ética y estética más selectivamente burguesa, que tanta repugnancia les producía entonces. Aunque, para no faltar a la verdad, no todos fueron así, por supuesto. En justicia debo decir que los verdaderamente idealistas y combativos no se encontraban entre los antes retratados: se perdieron en los exterminadores efectos colaterales del cambio trilero del felipismo del 82, y se apartaron, o fueron apartados, de toda militancia activa, engrosando las largas filas del desencanto.
Pero a pesar de todo, y como el progresismo imprime carácter, aquellos progres de salón se siguieron considerando muy progres, invocando sin pudor el fantasma de un fascismo que ni conocieron ni sufrieron, ni mucho menos combatieron. ¡Y mucho ojito con cuestionarles su inocuo pasado de luchadores por la libertad!
Cuando a raíz de algo relacionado con Franco o el franquismo, en alguna entrevista o programa de la tele, desde la atalayita de sus cargos oficiales les oigo relatar sus pasos por la Universidad, sus encarnizadas luchas por la democracia y sus imaginadas batallitas de abuelos prematuros (que a fuerza de repetírselas, pienso que han acabado incluso por creérselas), me doy cuenta de que tuve que ser víctima de una extraña abducción que me mantuvo ignorante de aquella sufrida realidad que se fraguaba, tan arriesgada como silenciosamente, en los pasillos y seminarios de mi Facultad. (Abducción bastante inexplicable, porque no era yo, precisamente, el ejemplo del aséptico alumno universitario que se limitaba a estudiar y no meterse en líos).
Debió de existir un mundo paralelo, oculto y ajeno, en el que aquellos jóvenes («puretones» ya hoy), luchaban de modo infatigable por la defensa de las libertades; y muy especialmente por la libertad de circulación en vehículo oficial a cargo de los dineros públicos, que al precio que los sucesivos Gobiernos nos han ido poniendo la gasolina, es, desde luego, una libertad que bien mereció todos aquellos padecimientos… virtuales.
Lo dicho: no todos los juegos de rol acababan mal… Algunos jugadores fueron premiados con la conversión de sus viejos roles en flamantes y relumbrantes Rólex de fulgores progresistas.






2 Comments
Sin duda que «los revolucionarios de ayer son los conservadores de hoy», pretendiendo sin pudor ser aceptados como «progresistas». Por supuesto que de progreso sociocultural nada: apenas superación personal de algunos cófrades por cuenta de los dineros públicos.
Felicito al «tábano» Miguel Ángel Loma que sabe picar donde duele a la «hipócrita izquierda española».
Un cordial saludo al autor.
Gracias por el comentario, Claudio.