Este lunes, 23 de mayo, será para don Eduardo un día especial, como para todos los profesores que alcanzan la edad de jubilación obligatoria sin que el curso haya terminado, pero que se ven obligados a cortar sus clases porque el calendario les comunica que han cumplido los 70 años al pie del cañón, y las normas administrativas son tajantes a este respecto.
Atrás queda toda una vida entregada a la docencia de la Historia, sobre todo de la Historia del Arte, su especialidad, en los institutos de Enseñanza Media por donde pasó, si bien los últimos cuarenta y tres años (se dice pronto) han transcurrido en la calle Francisco Carrión Mejías, en el instituto Velázquez, el que fuera segundo instituto femenino de Sevilla después del Murillo, en la avenida de la Palmera.
¡Qué lejos queda aquel verano de 1975 cuando obtuvo la licenciatura en Historia del Arte, seguida de la milicia universitaria en Cerro Muriano, y luego continuada en la academia de infantería de Toledo! Al año siguiente aprobó las oposiciones a profesor de instituto a la primera, y le dieron como destino Bollullos del Condado (Huelva), donde era el único profesor funcionario, pues el resto eran interinos.
Pronto tuvo la oportunidad de instalarse en Sevilla, muy cerca de la vivienda familiar, en el mencionado instituto Velázquez, donde curso tras curso experimentó esa extraña sensación que se tiene al ver que los alumnos son siempre de la misma edad, pero que es uno quien va notando cómo pasan los años. Asiduo acompañante de las alumnas en los primeros viajes de fin de curso, a finales de los setenta y principios de los ochenta, fue precisamente en uno a Mallorca donde conoció a la que hoy sigue siendo su esposa.
Hombre afable, de fácil trato y enamorado de su profesión, no en pocas ocasiones se ofrecía a realizar actividades en sábados para acompañar a sus pupilos en visitas improvisadas a muchos de los monumentos de Sevilla, hasta que en 1986 nació su primera hija y optó por convertirse en profesor del nocturno para alternarse con su cónyuge en el cuidado del bebé.
La enseñanza de adultos en que poco a poco se iba convirtiendo el turno de noche le atrapó en el buen sentido, pues apreciaba el afán por aprender de esas personas que habían vuelto a estudiar al cabo de los años y que le hablaban en un lenguaje alejado de los tics adolescentes de los grupos matinales. Así, hasta hoy mismo.
A nuestro buen profesor siempre se le veía acompañado de un libro, pues en él siempre encontraba al buen amigo que no importuna, que no cansa, que no traiciona nunca; al maestro venerable que enseña sin palabras duras, sin ocultar nada de lo que sabe y sin burlarse de lo mucho que ignora, que es al mismo tiempo sacerdote y médico.
De hecho, los que hemos tenido el placer de conocer su vivienda, vemos con qué mimo ha venerado siempre su biblioteca, verdadero sanctasantórum de su hogar, donde conviven géneros literarios como el ensayo, la novela, la comedia, la épica y la tragedia, donde se siente ciudadano de todos los pueblos y contemporáneo de todos los siglos, y donde se ve transportado a todas las regiones del mundo sin fatiga y sin hastío.
Hombre tan entregado al estudio y a comunicar sus saberes, ha tenido siempre como su mayor tesoro a su familia, comenzando por su esposa, también profesora, camino ya de cumplir las bodas de rubí (cuarenta años) y sus cuatro hijos, dos naturales y dos adoptados, nada menos que de China y de Rusia, todos ellos con su vida laboral ya iniciada, a pesar de la precariedad que se vive en la coyuntura actual, lo que le permite afrontar esta nueva etapa con un mayor desahogo.
Al echar la vista atrás, mira con nostalgia unos tiempos donde no reinaba la burocracia como ahora, donde se premiaba el esfuerzo y la excelencia y, sobre todo, en los que los alumnos tenían como materia troncal la Historia del Arte, que pasó a ser optativa; de cómo la elegían por el gusto de ampliar su cultura y cómo poco a poco ha pasado a ser una materia residual donde no llegan a diez los alumnos matriculados, y ni a la mitad de ellos los que asisten con asiduidad.
Inasequible al desaliento, convencido de que los contenidos de la Historia del Arte nos hacen más humanos y, por ende, mejores personas, ha mantenido la misma metodología que antaño: la del proyector de diapositivas. ¿Para qué hacer uso de otros materiales cuando él ha transmitido tan bien todos estos años con su proyector?
De ahí la contrariedad de que hace unos días se le fundiera la bombilla al aparato. ¿Cómo justificar el gasto de mantenimiento de un instrumento más que amortizado y del que sólo hacía uso él? ¿Cómo iba a dejar sin explicar las últimas lecciones por esta contrariedad? Por eso, ni corto ni perezoso, pagó de su bolsillo la nueva lámpara y continuó hasta el final manteniendo el mismo método de siempre.
Madre Teresa nos recordó en más de una ocasión que no son tan importantes las cosas que hacemos, sino el amor que ponemos en ellas, y les garantizo que de ello ha dado muestras más que sobradas este profesor que, a fuerza de enseñar Historia, ha escrito en sus alumnos con su propia vida unas páginas que muchos recordarán durante décadas.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Que vida más admirable la de D. Eduardo y que forma de describirlo, manteniendo mi interés hasta el último renglón.
Gracias a D. Eduardo por su larga vida de entrega y gracias a Alberto por habernos hecho partícipe de ella.