Pilla demasiado de cerca el shock de este fallecimiento para que salga un comentario digno, ¡hay tantas, tantas cosas que decir, que dirán otros sin duda!
Ciñámonos a los recuerdos de los que fuimos sus alumnos de Historia del Arte en Sevilla en el siglo XX. Siempre es de agradecer, en cualquier materia, un profesor que rebose entusiasmo, vitalidad, alegría aparte de rigor en sus explicaciones. Pero en las circunstancias académicas de los años ochenta y noventa, esto tenía un valor que acaso hoy es difícil de ponderar.
Ahora que vivimos el esplendor, a veces incluso excesivo, de la explotación turística de cada rincón y cada capillita de nuestra ciudad; ahora que la visita guiada a un convento “de clausura” se ha convertido en una ruta tan obligada como el mirar a la Giralda, pues cuesta trabajo evocar (o que se lo crean los que no lo han vivido) aquella época en la que, por decirlo así, “no habíamos salido del complejo de inferioridad de lo propio”. Prevalecía en muchos ambientes “intelectuales” la estima infinita hacia el arte contemporáneo, el nacido a partir del Impresionismo francés, y un cierto desprecio hacia cuanto fuera arte sacro, barroco, cosas consideradas “atrasadas”. Se hablaba de que “esta fachada tiene un revestimiento barroco” casi como diciendo un defecto, como si se hablara de un grafitti (y la prueba es el enorme barrido que se hizo de “los revestimientos barrocos” a la hora de remodelar multitud de iglesias sevillanas).
En aquel ambiente, los que sí sentíamos la enorme belleza de la pintura, de los retablos barrocos, debíamos tenerlo casi un poco en secreto (“Pues a mí… te voy a decir una cosa: el barroco me gusta”, oí una vez, en audaz confidencia, a un compañero en apariencia tímido).
¡Cuál no sería el efecto profundamente gratificante, al llegar a la Universidad, de ver cómo, en aquellas aulas enormes y atiborradas de alumnos, los profesores explicaban, describían, nos hacían ver todo el valor de nuestro patrimonio! “Nuestro”, no sólo refiriéndonos a obras locales, sino nuestro en el sentido más profundo (incluyendo arte italiano, arte flamenco…) de explicar nuestra identidad y nuestra Historia.
Paradigmático era el caso del profesor Valdivieso. Con enorme entusiasmo hablaba de cada artista, de modo que incluso las clases que empezaban con menos auspicios (“Hoy veremos a Rubens”, “Ay qué horror, este es feísimo” – cuchicheó una alumna, ¡los efectos de aquella época de culto a la delgadez!) pues a los pocos minutos, oyendo al profesor describir la inaudita delicadeza de las carnaciones de Rubens, inconfundible con las de sus ayudantes, más todas las implicaciones de su trayectoria, su influencia en España, toda el aula quedaba embelesada… se salía con una sensación de haberse enriquecido, de conocer mejor la Historia, de habérsenos abierto un horizonte de deleites de la vista y de la mente…
Valdivieso en la catedral de Sevilla: “… y si persisten en llevárselo, ustedes vendrán conmigo a protestar para evitarlo. El Cristo de los Cálices no se debe mover de ahí”. “Ustedes”, pues sí, así nos hablaba. ¡Ah, el valor de dejar las obras de arte in loco, justo en el lugar para el que fueron hechas!, ¡qué poco se comprende eso ahora, en tantas iglesias!
Valdivieso en el Hospital de la Caridad, haciéndonos ver todas las obras de misericordia, y, al salir de la iglesia ya, como remate, el recordatorio de “In ictu oculi” y la terrible balanza de la Justicia “ni más- ni menos”.
(Hay que decir también que en aquellos años de catequesis árida y desmitificada, centrada en el desprecio a lo tradicional –hoy se está rectificando en muchísimos ámbitos- la ignorancia de los veinteañeros en temas de herencia cristiana era absoluta. Así pues, sólo gracias a la Historia del Arte pudimos enterarnos de conceptos intrigantes: los Libros de Horas, el lado de la Epístola y el del Evangelio… el Noli me Tangere. Se abría un horizonte infinito).
Valdivieso en Roma, en la simpática y entrañable pequeñez de la iglesia de “San Carlino”, San Carlo alle Quattro Fontane. Esta mínima iglesia es como la antítesis del Vaticano: siendo tan pequeña, todo el arte del Borromini se puso en juego para hacerla parecer grandiosa, con sus curvas, la caprichosa cúpula ovalada. Mientras que la gran basílica vaticana, con la columnata de la plaza, es todo lo contrario: siendo inmensa, la habilidad del Bernini consiguió hacerla parecer proporcionada, acogedora… sí, más “pequeña” de lo que es. “San Carlino”, el profesor Valdivieso se deleitaba con el diminutivo, como también, ante muchos cuadros de Murillo, con el de San Juanito (diminutivo este último de origen devocional, no es que se lo inventara el profesor – el Bautista de niño- pero que no se nos había transmitido… hasta que estudiamos Historia del Arte). El diminutivo que se acaba empleando hacia lo que es objeto de nuestro cariño…
¿Qué es un buen profesor? El que transmite como mejor puede, y sin reservas, sus conocimientos y su entusiasmo. Así de simple. (Esta obviedad, sin embargo, en el extraño mundo numérico y burocrático en que vivimos, parece ser ignorada. En torno al año 2000 circuló un cuestionario “para evaluar la calidad de los profesores”, y las preguntas eran desconcertantes. “¿Emplea las nuevas tecnologías?”, rezaba una, como para darle peor puntuación al que no lo hiciera. Es decir, en una asignatura de Historia, pues el profesor que escribiera en la pizarra un nombre extranjero, o lo deletreara, obtendría peor calificación que otro que para lo mismo empleara los mil dispositivos que fueron sustituyendo a nuestras queridas diapositivas… Y años después, a quejarse de que los alumnos están demasiado pendientes del móvil. En fin…).
Pues Valdivieso fue un excelente profesor, que estimulaba, que enriquecía. No se me ocurre mejor elogio.
Y, aun sin deseo de ahondar en ello, es imposible no pensar: ¡Cuán impresionante es que, a quien tantas veces pasó por delante del tremendo cuadro de Valdés Leal, indicándoselo a sus alumnos, justo a él le llegara la muerte precisamente de ese modo, in ictu oculi! En un abrir y cerrar de ojos…
Descanse en paz.





