Tras su etapa en la oposición, en la que ha mantenido con todo el descaro que Joe Biden le robó la presidencia, Donald Trump ha regresado “en beauté” a la Casa Blanca con ánimo de venganza y con la intención de llevar a cabo los peregrinos proyectos que no pudo realizar durante su primer mandato y alguna que otra barbaridades más. El pueblo estadounidense se lo ha puesto en bandeja, pues le ha facilitado la mayoría en el Congreso y en el Senado, a lo que hay que sumar el control que ya tenía sobre el Tribunal Supremo. Tras ser investido, empezó a dictar sus disparatadas órdenes ejecutivas con las que está borrando los vestigio de anteriores mandatarios -incluidos los republicanos-, sin contar con los contrapesos previstos por la Constitución, salvo los de los jueces federales. Con la ayuda del bufón Elon Musk, se ha propuesto eliminar la estructura funcionarial del Gobierno federal y gestionar el país como si fuera una más de sus empresas. A la nación norteamericana le aguardan momentos de zozobra, incertidumbre y caos, pero el pueblo Estados Unidos se lo ha ganado a pulso, al dar plenos poderes a un impredecible “maverick” como Trump, que tiene la intención de apoderarse de territorios de otros países amigos como Canadá, Groenlandia o el Canal de Panamá. Pero el presidente de los Estados Unidos no es solo el jefe de un Estado, sino el líder político y moral de Occidente y eso es lo que más me preocupa ya que, a lo largo de la campaña electoral y después de su investidura, ha prometido realizar, no solo en su país sino en todo el globo, actuaciones que suponen una flagrante violación del Derecho Internacional y de las “mores” diplomáticas, que nos afectarán adversamente a todos los ciudadanos del mundo. Como ha señalado “El País”, las medidas de Trump no son solo una sucesión de extravagancias, sino que responden a un proyecto coherente de tintes totalitarios. Voy a limitarme a comentar algunos de los aspectos más alarmantes de su política exterior, tales como sus propuestas para terminar con la guerra en Ucrania, el desmantelamiento de la OTAN, la expulsión de dos millones de gazatíes de su tierra y la conversión de Gaza en un parque de atracciones, la guerra comercial internacional que provocará con su política arancelaria, y la “mayor deportación de la Historia de América” de inmigrantes no regularizados hacia sus países de origen, o a El Salvador o a Guantánamo.
1.-Trump dispuesto a vender a Ucrania a precio de saldo
No cabía esperar nada bueno de las afirmaciones de Trump de que terminaría en 24 horas con la guerra de Ucrania, pero el acuerdo con su colega Vladimir Putin para imponer una “pax soviética” ha superado las más pesimistas previsiones. Trump ha cogido el teléfono y -sin consultar con el presidente Volodímir Zelenski, ni con sus aliados de la OTAN- hablado durante hora y media con el autócrata ruso y los dos han esbozado a medias el final de la agresión rusa en términos sumamente favorables para el agresor. Acto seguido llamó a Zelenski para indicarle lo que tenía que hacer. Al mismo tiempo visitaba la sede de la Alianza en Bruselas el secretario de Defensa, Pete Hegseth, que no informó a sus aliados de las “liaisons dangereuses” de Trump con Putin, aunque indicó por dónde irían los tiros en el Acuerdo para la paz, al decir que no era realista que Ucrania pudiera regresar a las fronteras de 2014, o ser miembro de la OTAN.
Trump ha traicionado a la OTAN y a la UE, que llevan tres años aplicando sanciones económicas a Rusia por su agresión, al rescatar a Putin del aislamiento y blanquearlo políticamente, al hablar con él y reconocerlo como un igual, y al decidir visitarse oficialmente, con lo que se ha puesto fin al cordón sanitario impuesto en torno a Putin, del que ha dicho que deseaba la paz (¿?). Si tal fuera el caso, le bastaría con retirar sus tropas de las tierras ucranianas ocupadas. Trump se erige, no ya en mediador, sino en protagonista en la negociación con el agresor Putin, sin tener ningún derecho a ello, marginando al agredido Zelenski. Desde un punto de vista de la técnica de una negociación, un negociador medianamente inteligente nunca empieza haciendo concesiones. Trump ha aceptado de entrada las exigencias de Rusia, que le llevaron a invadir Ucrania: anexión de las conquistas rusas -Crimea, el Donbass y zonas de Jarkov y Zaporiya-, y veto al ingreso de Ucrania en la OTAN. Si este es el punto de partida, ¿qué queda por conceder en unas negociaciones en las que el agredido sería un convidado de piedra? ¿La devolución del territorio ocupado por Ucrania en Kurs sin ninguna contrapartida, la concesión de territorios no ocupados, o la cabeza de Zelenski? Como ha señalado Alberto Rojas, el acuerdo es una mezcla del pacto de Múnich (1938) para apaciguar a Hitler y del pacto Molotov-Ribentrop (1939) sobre reparto de Polonia.
Zelenski ha declarado que nadie está más interesado que Ucrania en alcanzar la paz, pero siempre que se trate de una paz justa y se ofrezcan garantías que eviten una nueva agresión. Ucrania se ha mostrado dispuesta a ceder partes de su territorio -y esto sí es una gran concesión-a cambio de la paz. Zelenski ha comentado ingenuamente que, junto con Estados Unidos, estaban definiendo los próximos pasos para detener la agresión rusa y garantizar una paz duradera y fiable. No parece que tal sea la intención de Trump, que se niega a enviar tropas para garantizar el cumplimiento del Acuerdo y encomienda esta tarea a los países europeos, sin siquiera consultarlos. Se trataría de una labor poco eficaz al no contar con el respaldo de Estados Unidos ni de la OTAN. En cualquier caso, con Rusia sirven de bien poco las garantías, como se pudo ver con el incumplimiento del Memorándum de Budapest de 1994, por el que -a cambio de que Ucrania le entregara todo su armamento nuclear- Rusia se comprometió a respetar la independencia de Ucrania y su integridad territorial, compromiso del que fueron garantes Estados Unidos y Gran Bretaña, con bastante poco éxito por cierto.
La comisaria para la Política Exterior de la UE, Kaja Kallas; ha afirmado que era indispensable que -además de Ucrania- la Unión estuviera en la mesa de negociaciones, porque sus resultados afectarían a la seguridad en Europa y serían los ucranianos y los europeos los responsables de aplicar el eventual Acuerdo de paz. La Comisión Europea, España, Francia, Gran Bretaña, Italia y Polonia han firmado un comunicado en el que afirman que la UE debe tener un papel central en las negociaciones y que son indispensables garantías de seguridad para Ucrania. El ministro José Manuel Albares ha declarado que nada debe ser decidido sin Ucrania y que una guerra injusta no puede acabar con una paz injusta.
2.-Posible desmantelamiento de la OTAN
Ya en su primer mandato, Trump fue muy crítico con la OTAN y acusó a sus miembros de invertir muy poco dinero en defensa y dejar que Estados Unidos asumiera el 75% del gasto de la Alianza. Por otra parte, ya desde Barak Obama, los presidentes norteamericanos se fueron desentendiendo de Europa para centrar su atención en el Pacífico, al considerar a China como su principal rival. Trump ha renovado sus críticas -en buena medida con razón, porque muchos de los miembros, especialmente España, no han cumplido el compromiso de invertir en defensa al menos un 2% de su PIB- y les ha exigido aumentar dicho gastos hasta un 5%. Llegó a decir que en caso de un ataque de Rusia, Estados Unidos no acudiría en defensa de los países que no contribuyeran suficientemente a los gastos de la Organización. En su primera visita a la OTAN, Hegseth les ha leído la cartilla a los países miembros en forma poco amistosa, al afirmar que la seguridad europea ya no era una prioridad para Estados Unidos, que Europa tenía que aprender a defenderse sola y que, a estos efectos, debían que aumentar sus gastos de defensa entre u 3 y un 4% de su PIB, porque no podían seguir considerando al tío Sam como el tío tonto. El colmo han sido las palabras del vicepresidente J.D. Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich de que la mayor amenaza a la que se enfrenta Europa no proviene ni de Rusia ni de China, sino desde dentro Trump está creando un ambiente de desconfianza hacia la Alianza que podría llegar a no considerar como automática la aplicación del fundamental artículo 5 del Tratado de Washington, que prevé que las Partes convienen en que un ataque armado contra una de ellas se considera como un ataque dirigido contra todas y, si tal ocurriera, asistirían al Estado atacado, adoptando las medidas que juzgaran necesarias -incluido el uso de la fuerza armada-para establecer y mantener la seguridad en la región del Atlántico-Norte. La OTAN fue creada para contrarrestar la expansión la Unión Soviética en Europa, misión que ha cumplido satisfactoriamente. Si el líder de la Organización pastelea con la Federación Rusa -heredera universal de la URSS- y condona la agresión a Ucrania, sería un gravísimo precedente que envalentonaría a Putin y provocaría una crisis en la OTAN. Trump ha lanzado un salvavidas a Putin tras el fiasco de su ”operación especial”, el fracaso de su poderoso Ejército y la heroica resistencia del Ejército ucraniano, hasta el punto de que ha tenido que recurrir al envío de soldados norcoreanos. Trump y Putin se inclinan por el ”modelo Yalta”, a imagen y seguido por hRoosevelt y Stalin tras la II Guerra Mundial, cuando decidieron repartir Europa. Para Rojas, “bastaron 80 minutos de conversación entre Putin y Trump para terminar con 80 años de atlantismo”. Trump muestra su carácter contradictorio cuando, de un lado, exige a sus socios que aumenten los gastos en defensa al 5% del PIB y, de otro, afirma que celebrará una cumbre con Putín y Yinping para reducir dichos gastos a la mitad.
3.-La Riviera trumpiana de Gaza
Trump ha sido el presidente estadounidense más favorable a Israel. Ya en su anterior mandato, reconoció la soberanía de Israel sobre Jerusalén y los altos del Golán, y trasladó la sede de la embajada de Estados Unidos de Tel-Aviv a Jerusalén. Ha intensificado la ayuda militar y financiera suministrada por el Gobierno de Biden para luchar contra Hamás, apoyado plenamente al Gobierno de Netanyahu, y condonado los crímenes de guerra cometidos en Gaza por el Ejército israelita, que ha destruido casi por completo los edificios de la franja y masacrado a unos 50.000 palestinos.
Tras llegarse a un complicado alto el fuego entre Israel y el Gobierno terrorista de Hamás, se ha planteado el problema de qué hacer con un reducido espacio de 41 kms de largo por 10 de ancho que está casi totalmente destruido. Aunque la solución no sea nada fácil, la fórmula menos mala sería encomendar el poder político de Gaza al Gobierno de Autoridad Nacional Palestina y la reconstrucción de la franja a las agencias especializadas de la ONU, especialmente a la UNWRA, a la que Estados Unidos ha dejado de financiar. Sin embargo, en uno de sus habituales momentos de delirio, Trump ha tenido la genial idea de proponer la expulsión de cerca de 2 millones de gazaties que malviven en la franja a Egipto y a Jordania, y encomendar la reconstrucción del país a empresas constructoras estadounidenses, para que construyan, casinos, parques de atracciones, zonas residenciales y elegantes edificios, que puedan ser disfrutados por extranjeros adinerados, creando así una zona de recreo similar a la Riviera italiana o a las playas de Acapulco. El Ejército israelita limpiaría la zona de escombros y de molestos palestinos y se la entregaría a Estados Unidos para que gestionara la reconstrucción, sin necesidad de enviar tropas, que para eso ya están las israelitas. Según Trump, con el control por Estados Unidos de la franja “vamos a tener estabilidad en Oriente Próximo por primera vez”(¿?) Trump reveló su original iniciativa durante la visita a Washington de Netanyahu -primer dignatario extranjero recibido por el presidente en su segundo mandato-, que no acababa de creérselo. Al final le pareció una gran idea y tan solo ha sugerido tímidamente que la salida de los gazatíes del que sigue siendo su país -por muy asolado que este- sea voluntaria.
Los países árabes -especialmente Egipto, Jordania y Arabia Saudita- y la inmensa mayoría de las naciones -a excepción de la ultraderecha israelita y la Hungría de Orban- se han opuesto a tan disparatada propuesta, pero Trump está presionando a los supuestos países acogedores con la amenaza de privarles de las importantes ayudas económicas y militares que reciben de Estados Unidos. El rey jordano Abdalá, en su visita a Trump, no ha dicho que Sí, pero tampoco que No, y afirmado que había que estudiar la cuestión. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, y la Comisión de Derechos Humanos de la ONU han afirmado que cualquier expulsión de palestinos de Gaza sería un nuevo caso de limpieza étnica y un crimen de lesa humanidad. La UE no ha sido muy beligerante en su condena para no enfrentarse abiertamente a Trump, y creo que ya va siendo hora de ser menos timoratos con el déspota estadounidense y de condenar sin paliativos sus arbitrarias decisiones.
Otra de las arbitrariedades cometidas por Trump ha sido aplicar sanciones a la Corte Penal Internacional por haber ordenado la detención de Netanyahu y del antiguo ministro israelita de Defensa, decisión que ya tomó en su anterior mandato por las investigaciones que había iniciado la Corte sobre las supuestas acciones criminales cometidas por soldados norteamericanos en Afganistán y en Irak. No sé si entre las razones para aplicar sanciones a los miembros de la CPI figura el que ésta haya ordenado la detención de Putin, con el que Trump ha recuperado el colegueo.
4.-Hacer a Estados Unidos más grande territorialmente
Si Putin puede anexionarse buena parte del territorio de Ucrania ¿por qué no puede hacer lo propio Trump con su vecino Canadá o con el canal de Panamá? Si Putin inspira su política en Pedro I el Grande y en Catalina II, Trump lo hace en Theodore Rosevelt y en James Monroe. De Roosevelt ha recuperado la política del ”big stick” –“Habla en voz baja y lleva un gran garrote. Llegarás lejos”-, con la diferencia de que él chilla a voz en grito. De Monroe ha heredado el lema de “América para los norteamericanos”, con la adición de otras partes del mundo
Canadá: El vecino del norte es tan parecido a los Estados Unidos, que bien vale la pena convertirlo en el 51° Estado federado. El presidente canadiense Justin Trudeau se ha tomado en serio la amenaza Trump y ha afirmado que hará lo imposible para impedirlo.
Groenlandia: Yendo más allá que Monroe, Trump pretende comprar la gran isla congelada -donde ya tiene una importante base militar- para reforzar su seguridad, pasando por alto que el territorio pertenece a su aliado en la OTAN Dinamarca. La presidenta danesa, Mette Frederiksen, le ha replicado con ironía que Groenlandia no está en venta, pero que su país está dispuesto a comprar los Estados Unidos. Los groenlandeses, que tienen reconocido el derecho a la libre determinación en la Constitución danesa, podrían pronunciarse por la independencia o por vender la isla a Trump por un buen precio. “Poderoso caballero es Don Dinero”, decía Quevedo.
Panamá: Jimmy Carter firmó un tratado con Omar Torrijos, por el que devolvía a Panamá la soberanía sobre el canal. Ahora, recurriendo a la mentira y a la amenaza -que son dos de los instrumentos básicos de su política-, Trump pretende recuperar la soberanía de Estados Unidos sobre el canal, si fuera necesario mediante el recurso al uso de la fuerza armada, con el fin de evitar que el tránsito por esta estratégica vía sea controlado por China. Se queja de que los buques estadounidenses son discriminados -cuando el paso de sus buques de guerra tienen prioridad- y exige que se exima a todos sus buques del pago del portazgo.
A Trump le importa un bledo el Derecho -sea nacional o internacional- y de ignora la norma imperativa de “pacta sunt servanda”, porque para él la norma básica que rige las relaciones internacionales es el poder y la fuerza, y el objetivo prioritario de los dirigentes es defender sus intereses por encima de los ajenos. Puede, por tanto, ocupar cualquier territorio, en país amigo o enemigo, “quo nominor leo” –“porque me llamó león”. Justo la misma ideología de Putin, al que permitirá que se anexionen partes de Ucrania. No en vano ha declarado con su habitual frivolidad que un Estado soberano como Ucrania podría volver a ser un día parte de Rusia.
5.-Aranceles a granel y previsible guerra comercial
Para Trump, “arancel” es su palabra favorita del diccionario. Nada más tomar posesión de su cargo, impuso aranceles de 25% a la importación de productos de Canadá y de Méjico, violando el Tratado de libre comercio que él mismo había firmado con estos países, so pretexto de cuestiones que nada tenían que ver con el comercio, como la falta de control de la emigración o el tráfico de drogas-. Tanto Trudau como Scheinbaum prometieron enviar fuerzas policiales a la frontera para aumentar el control de las mismas y Trump suspendió los aranceles por un mes. Tan solo impuso aranceles del 10% a las importaciones de productos chinos, y el Gobierno de Xi Yinping impuso aranceles similares a las importaciones de productos estadounidenses.
Siguiendo su campaña intervencionista, Trump anunció la imposición de aranceles del 25% a las importaciones de acero y del 10% a las de aluminio de cualquier procedencia, sin dar la fecha para su entrada en vigor, ni especificar si habría excepciones o exenciones. Dando un paso más en su escalada, el presidente anunció que en marzo se establecerían aranceles del 25% a las importaciones de países que aplicaran a las exportaciones norteamericanas aranceles o impuestos -incluido el IVA-, que considera excesivos. Los países afectados serían especialmente la India, Japón y la UE. Trump ha criticado a ésta por el impuesto del IVA, que no se aplica solo a las importaciones de Estados Unidos, sino a las procedentes de cualquier país, incluidos los miembros de la Unión. Esta imposición vulnera las disposiciones de la Organización Mundial del Comercio y la Comisión Europea está considerando la denuncia del caso ante la Organización, pero lo que ésta decida le saldrá a Trump por una higa y, si se pone pesada, abandonará la OMC, como ha hecho con la OMS. La UE está a la espera de conocer el texto de la decisión arancelaria norteamericana para tomar las contramedidas oportunas, que serán firmes, proporcionadas e inmediatas. El malhadado efecto de acción-reacción puede conducir a una guerra arancelaria, que se sabe cuando empieza pero no cuando termina y que será perjudicial para el comercio mundial.
6.-Las mayores deportaciones en la Historia de América
Es lo que ha anunciado Trump tras lanzar la “Operación Aurora”, que prevé deportar a entre 15 y 20 millones de inmigrantes irregulares, a los que ha acusado sin base alguna de ser delincuentes. Siguiendo su hipocondríaca obsesión por lanzar órdenes ejecutivas estrafalarias, decretó la pérdida de la nacionalidad norteamericana de los hijos de emigrantes irregulares nacidos en Estados Unidos, decisión claramente inconstitucional que ha sido ya frenada por más de un juez. Se calcula que hay 5.9 millones de niños norteamericanos con padres en situación irregular, que podrían ser expulsados del país de su nacionalidad, si prosperara la arbitraria decisión de Trump.
Es un problema fundamentalmente interno que afecta a entre 11 y 12 millones de personas, que contribuyen con su trabajo honrado a la prosperidad económica del país y cuyo único pecado es no contar con permisos de residencia o de trabajo. Pero también tiene una relevancia internacional, porque los expulsados tienen que ser enviado a algún sitio. El secretario de Defensa Hegseth ha afirmado que Estados Unidos debe centrarse en la seguridad de sus propias fronteras cuya principal amenaza parece proceder de los inofensivos inmigrantes sin papeles. Trump ha ampliado las competencias del Departamento de Seguridad Nacional para realizar devoluciones rápidas sin intervención judicial, lo que se presta a enormes arbitrariedades y a la violación de los derechos humanos más fundamentales de los inmigrantes.
Han proliferado los arrestos en masa de inmigrantes irregulares que no han cometido más infracción que residir ilegalmente en el país, y su inmediato envío a sus países de origen en aviones militares, en los que los expulsados viajaban esposados como si fueran peligrosos criminales. Un caso relevante ha sido el envío de un avión a Colombia y la negativa del presidente Gustavo Petro a autorizar su sobrevuelo y aterrizaje. Trump desenfundó con celeridad su arma letal -el rotulador negro- e impuso en horas 24 unos aranceles de 25% a todos los productos importados de Colombia, por lo que -ante las nefastas consecuencias económicas para el país- Petro tuvo que claudicar y aceptar a sus ciudadanos expulsados. Otros países iberoamericanos -incluida la Venezuela del tirano Maduro- se han mostrado dispuestos a colaborar por temor a las represalias. Así, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha ofrecido estabular en sus infames cárceles a los emigrantes expulsados. El colmo de la inhumanidad de Trump con estos desgraciados ha sido enviarlos al penal de Guantánamo, cómo si se tratara de peligrosos terroristas.
Resulta inconcebible que un patán ignorante y prepotente, pero ahíto del poder, se cisque a diario en el Derecho Internacional y en las prácticas diplomáticas, traicionando sus compromisos con sus tradicionales aliados en Europa y en el mundo, y blanquee la agresión del autócrata de Moscú. Ha dejado bien claro que las crudas realidades estratégicas impiden que Estados Unidos siga siendo el principal garante de la seguridad en Europa, por lo que tendrá ésta que asumir su propia seguridad. La UE y los miembros de la OTAN deberán abandonar su postura pasota de confiar su seguridad al tío Sam y afrontar su responsabilidad aumentando de forma considerable su gasto en defensa, para poder hacer frente a una Rusia cada vez más amenazadora. Hay que ponerse las pilas, especialmente en España, donde los socios y aliados izquierdistas Del Gobierno de Sánchez suponen aumentar el gasto militar y Santiago Abascal y sus fieles aplauden con las orejas las genialidades de su líder mundial.





