
A pocas horas de revivir el acontecimiento que tuvo lugar en un famoso Portal (de Belén) que ha influido de manera determinante en la historia de la humanidad, quieran o no los negacionistas de tal evento, me sumo a los dos mil veinticuatro años de celebración de aquel Nacimiento para referirme a otro “portal” -muy importante también-, a otro nacimiento fabuloso como es el de las palabras, tan usadas diariamente, pero tan ignotas algunas, tan jóvenes otras, tan viejas la mayoría, tan maltratadas casi siempre, tan suplantadoras unas pocas, últimamente. Las palabras: la ordenación de las emisiones guturales del hombre para que, todos de acuerdo en la fijación de estas, podamos entendernos. Ordenación positiva que recoge la biblia de los significados, a cuya fuente debemos de ir para aclarar dudas y sortear malentendidos. Los evangelios de las palabras están en el diccionario. Palabra de RAE, te alabamos, señor pueblo.
Todos los días con ellas en la boca y nadie se acuerda de defenderlas. Asistimos, impávidos, a su maltrato y crucifixión en el Gólgota de las palabras, que dan su significado por nuestro entendimiento, aunque no practiquemos con corrección el tenor de su elemental doctrina. Pero, como dije antes, no quiero referirme al maltrato de las palabras ya nacidas y con mayoría de edad como vocablos de pleno derecho, sino a las no nacidas o, mejor dicho, a las forzadas a nacer por el simple capricho de una doctrina falsa al margen del poderoso señor de los significados que es el Pueblo.
Detesto a los autoproclamados creadores del lenguaje, esos que una mañana se levantan y mientras dejan en la taza del wáter el filtrado de nuestros riñones -incansables depuradoras-, se les enciende una bombilla justo al lado del orificio por donde están meando e inventan una palabra. La gravedad no es el estúpido invento en sí mismo, sino el convencimiento, incontrovertible para ellos, de que acaban de inventar la pólvora. Venidos arriba con el hallazgo, erigidos en creadores por inspiración del karma reencarnativo de algún académico de la lengua, van con su vocablo -que suena peor que tirarse un cuesco en una declaración entusiasta de amor- a la tribuna de la catedral del poder legislativo y la sueltan como la invención que el pueblo estaba necesitando y no había sido capaz de acuñar en siglos y siglos de vanos intentos. El botarate inventor del palabro se felicita por semejante aportación a la lengua española (sin prever la equivalente para las demás lenguas del estado, ¡mecachis!), y se vanagloria por el aplauso de los demás botarates por contagio de la referida Cámara, y sale a la calle perdonándole la vida a los transeúntes al paso, a los periodistas preguntones, a los telespectadores en los mentirosos platós de televisión, a los torpes guardianes de las palabras en la Real Academia de la Lengua, sin explicarse cómo habían podido sobrevivir todos ellos, el país entero, sin disponer de aquella palabra durante tantos cientos de años, que él, gracias a su talento creativo, redentor y, sobre todo, progresista, acababa de inventar por los siglos de los siglos, amén.
Como la cretinez de los botarates por contagio es savia que se expande como la mancha de aceite en el mar, el que inventó el palabro mientras meaba volvió sobre sus pasos creativos cuando estuvo al día siguiente en el mismo sitio y en la misma posición, con el aparato reproductor al descubierto y con la depuradora de su organismo en marcha y, ¡eureka!, inventó otro término que la humanidad de nuestro país, España, andaba buscando, ya para tantos años, con desasosiego.
Gracias a los inventores progresistas de términos sustanciales e insustituibles de la lengua que usamos, hemos podido empezar a entendernos como dios manda, llamar a las cosas por su nombre y recuperar la existencia de personas, acciones y situaciones que antes, al no disponer de nombre, quedaban al margen de la vida cotidiana de la gente. Gracias, creadores de palabras; gracias, académicos de la lengua que no existe y que, por fin, por vuestra inabarcable clarividencia, tenemos ya a nuestra disposición.
Como homenaje a estos héroes del Portal de las palabras inexistentes, aunque algunos, actualmente, estén lejos de nuestro país tratando de dar el pego en lides territoriales más extensas -la creatividad progresista no tiene límites-, quiero traer algunas como simple sugerencia por si tuvieran a bien considerarlas (siento no ser inventor de palabras, no soy progresista lexicográfico): Felez Navidez y Próspera Añe Nueve.





