En un sueño de dimensión incalculable habita el reproductor del cosmos. En un sueño dulcificado que se desliza sigiloso por entre sus dedos y hace levitar al útil que lo acoge. Y se esparce el sueño y el sueño se posa sobre el inmaculado lienzo. Punto a punto, como en un rito, el pintor taladra el tejido con el mismo mimo con el que el hindú se presta al estallido del esplendor de un diamante en bruto.
En un sueño labora permanentemente el pintor sus vástagos de luz. En un sueño que destila, gota a gota, el concéntrico murmullo de la armonía. Punto por punto, como en delicado parto, el creador acaricia la tela con el mismo esmero con el que el sembrador abre la tierra y deposita la semilla que brotará en el fruto misterioso y anhelado, llegado el tiempo.
En un sueño delirante de tintes irisados aletea el protagonista del infinito. En un sueño que desparrama órbitas multicolores, y en un alarde de encajes el sueño queda cincelado en un paraíso astral. Puntos de punto, como en un arrebato de fugaces estrellas, el pintor se funde irremediablemente con la materia. Y la obra queda definitivamente impresa para la contemplación del ojo límpido, para el gozo del ser onírico.





