
Vitrina de horripilancias futboleras dedicadas a Bergoglio, ubicada durante su mandato hacia el final de la visita por el interior de las estancias Vaticanas
No me alarma lo que algunos subrayan sobre la posiblemente confusa simbología de los detalles en la Casa Santa Marta donde vivía Bergoglio y donde dispuso reposar antes de las exequias. Recuérdese al respecto el modesto lugar donde reposó el cuerpo de su antecesor Benedicto XVI, al que parecía que Bergoglio hubiera querido relegar cuando en realidad pasó luego de aquel lugar al espacio central de San Pedro para las honras fúnebre finales, con toda la pompa necesaria… Lo que a mí me alarmó, y mucho, fueron todas sus declaraciones, postulados, acciones y silencios explícitos que incurrían, en mi modesta opinión, en verdaderos desvaríos, dislates y en sonrojantes reflexiones que personalmente me hicieron sentir por primera vez en mi vida avergonzado como aspirante a miembro de la Iglesia católica. Nunca antes en mi vida, repito, me sentí abochornado de ese modo por las actitudes y palabras de un Papa que en demasiadas ocasiones sentí que se hundía y hundía su dicasterio y su pontificado en el ridículo más atroz.
Podría citar muchos ejemplos de todo esto que digo, pero cada cual tendrá los suyos y no quisiera abundar demasiado por respeto a la Institución que, tal vez, este Bergoglio sólo malogró o, simplemente, me hizo estar en absoluto desacuerdo.
Lo del regalo de Evo Morales era para haberlo mandado atpc… a Evo Morales, pero es que Bergoglio se empeñaba en mostrarse feliz y sonriente con cualquier miembro de esa pandilla de sátrapas ‘evoinmorales’ del Grupo de Puebla y siempre adusto y con la seriedad del burro frente a otros líderes políticos y sociales.
A mi entender, el mero hecho de recibir a Greta Thunberg y promocionarla constituyó un motivo de vergüenza ajena descomunal, aunque no se queda atrás aquella inmensa gilipollez de pedir un aplauso y no una oración para un grupo de monjas asesinadas en Nigeria o la estúpida ocurrencia que tuvo cuando fue preguntado en el avión papal, al regreso de Filipinas, al respecto de la masacre terrorista en la redacción de Charlie-Hebdo.
No quiero ponerme más en serio a recopilar mis motivos, como aquella encíclica que parecía dictada por un cretino del IPCC Panel sobre el cambio climático que a mi manera de ver rayaba con una herejía panteista casi insoportable. O cuando dijo a su regreso de un viaje a Brasil que quién era él para decir nada sobre la homosexualidad… y nadie le dijo: “Que quién es Ud? ¡El Papa, coño! O aún no se ha enterado…!”
En fin, que adiós, Bergoglio, que no seré yo el que le condene o le salve, pero sepa que a mí su etapa me ha resultado más una penitencia soportada con resignación y estoicismo, que es una manera de decir que, como simple miembro, me ha resultado imposible sacarlo de sus funciones o impedir sus tropelías al frente de la Iglesia en los tiempos que corren.
Seguro que habrá gente mucho más sabia, más acrítica o más obediente y humilde que sabrán valorarle si tuvo algunos aciertos, pero tampoco puedo ocultarle que lo que a muchos les pareció humildad a mí me resultaba dictado por una soberbia descomunal que no supo ocultar ni quiso disimular casi nunca, pero tal vez es que para entonces S.S. ya había sembrado en mí las peores semillas para mi desconfianza.
D.E.P.
PD 1: Francamente, la estupidez de comparar a los primeros cristianos con el comunismo no supera el razonamiento más parvulario, pero en fin, eso lo desacredita de plano, así que después de la vergüenza que sentí casi que se lo agradezco porque nos dejó claro a muchos que no merecía la pena tomarle demasiado en serio. Si sus intenciones con todo esto fueron otras aun más oscuras, ojalá se lo perdonen allá arriba.
PD 2: Añado que estoy viendo una serie documental de CNN titulada “Habemus Papam” que por ahora está muy bien y muy entretenida, más allá de algunas frases cretinas sobre la evangelización de las Indias que son el fiel reflejo de la persistente leyenda negra que acogota el disco duro de los anglosajones y de los neoindigenistas habituales de nuestro tiempo, y debo señalar que, por motivos muy distintos, a este Bergoglio no me resulta difícil situarlo imaginativamente entre aquellos Borgia, Medici o Sforza, quienes al menos se convirtieron en gigantescos promotores del Arte y la belleza, mientras que Bergoglio logró abochornarme otra vez en mi última visita al Vaticano cuando descubrí el insultante panel que se había colocado hacia el final del recorrido dedicado a sus mamarrachadas personales como hincha futbolero y otras desacertadas horripilancias en un recinto tan descomunalmente excelso en cuanto a estética. Espero que lo retiren cuanto antes, por Dios Santo.
He dicho.





