Ayer vi moverse al Señor del Gran Poder salido de las manos de Juan de Mesa… y, perdónenme, pero me he preguntado si Marlaska podría garantizar su seguridad. O si está cercano el día en que el ministro de Injusticias dictará sentencia como un Herodes en meyba tomando el sol con Manolo Chaves y afirmará que un Pontifical en Sevilla puede afectar severamente a nuestra convivencia.
A la primera pregunta puedo responderles con seguridad y con certeza, porque Sevilla y España entera fueron testigos en su día de que no estuvieron dispuestos a garantizar la seguridad de las iglesias.
Es más, el propio presidente del partido entonces, un tal Largo Caballero, más largo que caballero, y todavía con calles y estatuas en mil lugares de toda España, se encargó de que las imágenes y los templos de la devoción del pueblo fuesen pasto del humo y de las llamas en todo el territorio.
O sea, la respuesta es no; Marlaska, estoy seguro, lo confesará algún día, envuelto en la falsa capa de la prudencia y con las puñetas de ex juez, pero saldrá a decirnos que no se deben mover las imágenes porque no podría garantizar la seguridad de ellas ni la nuestra…, pero es, como con S.M. el Rey, porque no le da la gana.
A la segunda pregunta, créanme, sólo cabe repasar la Historia para conocer la respuesta. Sí, esa es la intención, convencernos de que atentamos contra la convivencia y que debemos abandonar las costumbres bárbaras del pueblo; pero no es por bárbaras, sino por bellas.
Les sucede igual con los toros y lo que les molesta no es el animal que sufre y que pelea con la nobleza de su genealogía en un canto a la bravura misma de la naturaleza, sino que odian tanto la hermosura misma de la Fiesta como lo que tiene de pegamento social que nos aglutina como pueblo.
Nos quieren desanclados, nos sueñan desgajados, nos prefieren sin capacidad para reconocernos, sin virtud, sin verdad y sin belleza.
Sin la verdad, sin la virtud y la belleza silenciosa que esconden los Sagrarios de cada templo sevillano en la sencillez de un jarrón de flores y de un velón ceremonioso encendido que frena los relojes para que nuestra alma se deslice en oraciones para hablar con Jesús Sacramentado.
Aman el feísmo, adoran la mentira como pauta de conducta y desprecian las virtudes incluso en el estudio, para que nuestros hijos dejen transcurrir los lustros sin desasnar, sin dar un palo al agua con una mochila llena de suspensos que nos conducirá a la cueva de Altamira.
Llevan décadas disimulando el odio y nosotros poniendo ejemplos literarios de la singularidad extravagante de que en Sevilla se puede ser comunista y devoto seguidor de la Semana Santa y sus imágenes. Y, sencillamente, eso no es cierto, porque lo que no puede ser, no pué ser y además es imposible, porque ambas cosas son del todo incompatibles.
Han vivido siempre en la incapacidad de reconocerse como devotos seguidores de la Fe cristiana y votantes de otra cosa fuera de su secta o de simples amantes de la democracia, así que mejor taparse un poco y aceptar la paradoja -que es un oxímoron, un imposible- de proclamarse una cosa pero devoto del santoral de Jesucristo.
Quien ambas cosas se declara, o es la una o es la otra, aunque teme sentirse excluido de la devoción a Cristo, pero más aún ser expulsado de la tierra prometida de sus sectarios del partido.
Un buen comunista odia toda devoción que no sea la de su propia causa, con sus cristos yacentes del Ché y sus pantocrátores de Lenin (con Stalin y Mao o con Fidel y Hugo Chávez, a cada lado). Porque lo de esa gente es una religión en toda regla; excluyente, con su catecismo y su mandamientos; con pecados y virtudes ‘teologales’, que no admite la herejía y persigue al anatema; que exige un sacerdocio, que predica su evangelio y practica una extraña manera de proselitismo a punta de amenazas y excomuniones cuando te llaman facha, sin serlo.
Lo que ocurre es que los cristianos nos hemos acostumbrado a poner la otra mejilla o vivimos en la fantasía de que alguien a la vieja usanza del PSOE (no el de Felipe y Guerra, la excepción que duró tres días) puede terminar por convertirse por analogía, cosa que ocurrió, tal vez, mientras estuvo prohibido, hasta parir un sincretismo. Pero una vez a la intemperie todos, esa religión de partido busca el choque de ‘su verdad’ e impone todas sus mentiras.
Y en ello están, como estuvieron entonces, en afirmar un día, como con el Rey, que el Estado no puede garantizar su seguridad y, además, que no vaya a ninguna parte, porque pone en peligro la paz social.
Ayer vi moverse a Jesús del Gran Poder… y es Él quien nos da seguridad a todos y garantiza nuestra convivencia. No los ministros del socialcomunismo, tan ladinos y embusteros.
He dicho.





