Son muchas las especulaciones sobre el apresurado abandono del gobierno de Pablo Iglesias, pero parece que en todo caso deberá hacerlo efectivo no más tarde del 30 de marzo si no quiere protagonizar una charada colosal después de no haber logrado el acuerdo de rendición que esperaba de sus antiguos socios encabezados por Errejón.
El PSOE no contaba con esta carrera electoral y sólo puede intentar hacer de la necesidad virtud con un candidato a contrapié y plano como un folio que antes de empezar a correr ya ha dejado ver su infinita capacidad para la estafa y el engaño, prometiendo que no habrá subida de impuestos a los madrileños si llega al gobierno («¡Risas, risas…!», anunciaban los carteles del teatro de Manolita Chen cuando llegaba a la Feria de Sevilla) y jurando por sus mulas que no piensa pactar con Podemos, algo a lo que su ‘compañero’ de partido, el ministro Ábalos, ha añadido que eso lo dice su correligionario porque estamos en mitad de la carrera electoral. Ya ni se molestan en tapar sus embustes…
Mientras Ayuso y Monasterio continúan adelante en su intento de sumar una mayoría suficiente, esta vez, a lo que parece, sin el concurso de C’s, de quien nadie duda que sus votos irán a parar al saco de las izquierdas para escarnio de ese abogado del Estado llamado Edmundo Bal, en el Congreso de los Diputados se debatió una oportuna proposición no de ley del PP que pretendía la condena del nazismo y el comunismo, de acuerdo con la resolución aprobada en septiembre de 2019 por el Parlamento Europeo, que abjura de manera rotunda y sin resquicios de ambas ideologías sanguinarias y de los crímenes cometidos en su nombre, promovidos no sólo por personas concretas sino por la sustancia misma de sus principios.
El espectáculo alcanzó cotas de bochorno histórico al producirse el encendido aplauso y la defensa a ultranza del totalitarismo comunista no por parte de los portavoces de la CUP, de Bildu o de Podemos, lo cual resultaba más que previsible, sino de… ¡los diputados del PSOE!
Escuchar a Rafael Simancas ejercitarse en las loas a Largo Caballero, conocido como «el Lenin español», principal artífice de la guerra civil española y responsable directo de miles de asesinatos en la retaguardia, era como ver ahogarse a un desahuciado dando brazadas de desespero en una balsa de arenas movedizas de las que nos ofrecían las viejas películas de Tarzán.
Ignominiosos vítores e infame aturdimiento el de este sanchismo inmisericorde, incapaz de lograr una mínima adaptación a las tesis de moderación europeísta que exigen todos los países de nuestro entorno y, especialmente, todos aquellos que lograron escapar a partir de la caída del Muro de Berlín y del consiguiente derrumbamiento de la URSS de las garras aterradoras de una concepción del Estado que masacró a decenas de millones de personas alrededor del globo en nombre de la sacrosanta igualdad de la demagogia marxista y que, al igual que el nazismo criminalizó a colectivos enteros por razón de raza, el comunismo asesinó por razón de clase; es decir, no por nada de lo que las personas hicieren, sino por ser o por pertenecer a un colectivo que en el caso del marxismo resultaba aún más indefinido que el del color de la piel, dando lugar al festival más grandioso de discrecionalidad y arbitrariedad que pueda concebir la más perversa y pervertida mente humana.
Como bien apuntó el brillante portavoz de VOX en el Congreso, el sevillano Francisco José Contreras, a la postre, la ideología nazi fue derrotada y extirpada de la conciencia europea en 1945 y no es fácil contemplar esvásticas hoy día, mientras que la cruel y criminal ideología comunista aún pervive, luce su simbología en todas partes y se sienta en nuestro Parlamento, pretendiendo volver al «lugar del crimen» tras el equívoco gigantesco que supuso el fin de la II Guerra Mundial, que situó al comunismo del lado de los vencedores del fascismo y del nazismo cuando se trataba, en realidad, de un socio y una derivación de los mismos principios criminales que aterraron al mundo.
Aquí no se trata de dilucidar si son galgos o son podencos, ni si Sánchez es en verdad, como ocurrió con Fidel Castro, un encendido comunista enmascarado por la vía del largocaballerismo, pulsión que ha existido siempre en las bases del PSOE, incluso cuando Felipe González dimitió para lograr la renuncia al marxismo del ideario del partido, sino de contemplar las maniobras totalitarias que está llevando a cabo en comunión con sus socios, los que se retratan, ya sin tapujos ni dobles lenguajes, como herederos de la miserable ideología que arrasó el planeta durante cien años y que no dudan en resucitar con el complot de «los hijos de Sánchez» o sin su concurso.
La UE no sólo no se fía del sanchicomunismo y su gobierno, sino que el veto de la mayoría de los países a las ayudas previstas para España (ya cerca del colapso, con las arcas vacías y el SEPE a punto de volcar azufre) podría estar detrás de la tocata y fuga de Iglesias, que busca acomodo en una guarida de carácter interno, como lo sería un Parlamento autonómico, donde no le alcance el fuego graneado de las exigencias de los países de la Unión, pero desde donde pretendería seguir fijando las posiciones de los suyos.
En mi opinión, por arriesgada que les resulta la profecía, si hubiese tiempo para resolver estos asuntos, estaríamos asistiendo al canto del cisne del socialismo nominal, que, más tarde o más temprano, desembocará en la implosión final del PSOE que hemos conocido (tal y como ocurrió con el Pasok en Grecia, con el PSI en Italia o con el PSF en Francia, etc.), aunque me temo que aquí tardará aún un largo trecho y puede que hasta haya de mediar una catástrofe superior indeseable, movidos y alimentados por ese odio infame y troglodita lleno de excusas y mentiras que invade ya a miles de votantes gracias al indeclinable narcisismo del tándem Sánchez-Iglesias, quienes en ningún caso parecen dispuestos a aceptar una retirada por el interés general de España y de los españoles.
De una cosa puede estar seguro Sánchez: la Historia no le absolverá, ni siquiera cuando pida perdón (si su egolatría se lo permite) como hizo su antecesor Indalecio Prieto tras sus crímenes y latrocinios. Las contradicciones de Sánchez no son tales, sino un enfermizo juego de desprecio hacia las personas como sólo pueden albergar los sociópatas más irremediables.
He dicho.





