Desde al menos los inicios de los años 70 (quizá yo no habría cumplido aún los 16 años) recuerdo haber leído y oído hablar a cerca del famosísimo «oil peak» («pico del petróleo») que condujo a la creación de la OPEP y que puso al mundo del revés, con crisis económicas, bélicas y planteamientos de futuro como de ciencia-ficción, todo ello abordado continuamente en primera plana de los medios de comunicación y por personajes de renombre y prestigio internacional, entre ellos jefes de Estado y de gobierno.
Recuerdo, por ejemplo, haberme embebido siendo un adolescente en los datos y previsiones desgranadas en «El desafío americano» por Jean-Jacques Servan-Schreiber, un periodista, escritor, ingeniero y político gaullista francés que aventuraba razones sobre las crisis concatenadas que iba a acarrear el más que inminente final de las reservas de combustibles fósiles y cómo nos obligaría a cambiar los paradigmas a nivel global o nos conduciría directamente a la extinción.
La previsión más optimista entonces prolongaba ese ciclo en apenas unos cuantos años (no más de 20 en unos casos y no más de 10 en otras versiones), pero nada se cumplió. La población mundial se ha disparado en 50 años, la producción industrial tanto o más, y aquí seguimos, con océanos de petróleo bajo el suelo profundo del planeta y con países con reservas suficientes para cientos o miles de años, cuando para entonces, casi con seguridad, hayamos sido capaces de producir energías alternativas, sostenibles y no sé yo si bastante más baratas, porque lo del precio, ahora lo vemos con claridad, es otro capítulo aparte, manejado por sinvergüenzas y por políticos que a veces coinciden y reúnen ambas categorías.
Pone de relieve todo esto que aquellos augurios y la teorización sobre el «oil peak» no es que fuese con exactitud un error de cálculo, sino una muestra de que se había iniciado la etapa de «la gran manipulación global», a gran escala.
Como nada de lo que dijeron era toda la verdad (es más, constituía una gran mentira) y el paso del tiempo se iba a encargar de arruinar enseguida aquellas profecías, se hizo urgente poner en marcha otro argumento capaz de sustituir a aquel primer intento con algo que aparentase una mayor solidez, de tal modo que no tardaron mucho, primero en convencer a los poderes fácticos y a los agentes manipuladores necesarios de que esta vez irían todos a una, empezando por la ONU y todas sus agencias, y segundo, en empezar a teorizar sobre la hecatombe universal que el ser humano como único culpable estaba a punto de causar.
El proceso fue complejo porque hubo que retorcer a miles y miles de científicos, que no abjuraban de la verdad pero que se conformaban con no sacar los pies del plato con sus discrepancias a cambio de seguir recibiendo ayudas para sus proyectos de investigación. Ningún estudio que no llevase aparejado alguna clase de argumento en relación al nuevo mantra del cambio climático («calentamiento global», lo denominaron en primera instancia) no recibiría ni un sólo dólar de financiación, de tal modo que si alguien aspiraba a estudiar los mismo las hormigas que las catedrales europeas debería añadir una coletilla en el título que motivase la erosión de las gárgolas o de los sillares monumentales con los pretendidos efectos de un cambio climático provocado por la especie humana.
Cosa similar ocurre ahora también con el género y así nos aparecen en el BOE (o en todos los BOES de Occidente) epígrafes tan estrambóticos como ese mangazo que pretende justificarse como un estudio sobre la inclusividad natural feminoide en el tallo de la floración del café de Etiopía y sus repercusiones sostenibles sobre el cambio climático en Ulan-Bator… o algo parecido. En fin, robar es fácil si dices lo que yo te diga.
El mismo plazo establecido por las teorías del «oil peak» quedó arruinado en el caso del IPCC. Ni todos los Oscar y los Nobel que le regalaron a aquel mangante vicepresidente de los EE.UU., de nombre Al Gore, quien de paso se hizo millonario con sus chocho-charlas climáticas y climatéricas, consiguieron evitar que se cumpliesen los plazos previstos en sus diarreas argumentales sin que el Ártico ni el Antártico se hayan deshelado ni los niveles del mar se hayan desplazado en una catástrofe hollywodiense anunciada con trompetas de Jericó y con bocazas como la de esa enfermita manipulada a la que no tardaremos en ver, en cuanto cumpla la edad, disfrutando de un yate en el Egeo o en el Caribe.
Pero aquí seguimos, con la energía disparada en unos precios que el gañán de Sánchez atribuye a la guerra de Ucrania, sin que nadie quiera alzar la voz para decir que, de entrada, el sobreprecio de la energía cabe atribuírselo en primer lugar y desde hace más de dos décadas a los intereses en cambiar el paradigma a toda hostia hacia las renovables sin que aún tengamos la certeza de la capacidad y sostenibilidad de estas, pero además porque ahora son los gobiernos occidentales los que esquilman al ciudadano gracias a la puesta en marcha de la Climate Exchange, esa bolsa de valores que trafica más que negocia con los permisos de emisiones de CO2 a las empresas, las cuales se ven obligadas a repercutir el coste sobre el precio de los productos que nos venden y de paso ayudan o participan en el complot presupuestario del Estado a costa nuestra.
Así, por ejemplo, si la Coca-Cola o el Cola-Cao emiten en la producción y distribución de sus productos una determinada huella de CO2, esas empresas han de pagar una tarifa medida en toneladas y en dinero que a la postre nos cobran a nosotros. Pero el cinismo es de tal calibre que si dichas empresas no alcanzan a comprar licencias suficientes porque se trata de un bien escaso que cada país negocia en esa bolsa de valores (inútiles), el asunto se solventa por parte de las autoridades exigiendo a dichas empresas que se encarguen de hacer alguna inversión que le correspondería al Estado y que supuestamente ayude a eliminar la huella de CO2 en otra parte. Por ejemplo, si Burger King o Zara no tienen suficientes cuotas de emisiones, el Estado les exigirá que paguen ellos, por ejemplo, el montaje de las casetas de salvamento y socorrismo de las playas durante el año próximo… como si los vigilantes de la playa cumpliesen función alguna en el presunto cambio climático causado por el hombre.
Esta es la naturaleza del Estado actual concebido por el globalismo, un Deus ex machina que considera que el mundo es suyo y que se ha auto otorgado la misión de salvarnos por la vía del latrocinio, aunque, como recuerdan «los compadres», el mundo es nuestro, no de ellos.
He dicho.





