Hoy he sentido el golpe seco del llamador con el que Sevilla levanta a la muerte. Y luego, cuando sobre tu espalda notas que se ha recompuesto un llanto, he seguido de frente por esa larga mecida que son los recuerdos.
La memoria es un hermoso pájaro que puedes encontrarte un mal día tocado del ala, desplomado en el suelo, incapaz de levantar el vuelo que siempre lo llevó a las cumbres. Desde lo más alto de la infancia se me ha lastimado un tiempo feliz como el de la canción, que pasamos tú y yo, querido Emilio.
Hoy duelen hasta las fotos, que estoy harto de decir que terminan siendo en los cajones de aquellas pequeñas cosas de Serrat la colección de un buen puñado de cuchillos. Me hiere y desangra el retrato en 1964 de la clase de párvulos de los Maristas. Y al salir del colegio, las meriendas en Cofrán con tu madre y la mía. Y coger el 8 delante del Banco de España para llegar con Manolita a Los Remedios. Y la tarde en la que supimos de vuelta que ibas a tener por fin una hermana, una niña.
Me suena un canto de voces blancas que por mayo va con flores a María. Y hasta en la hora fría de la mala noticia me calienta un sol allí en la playa de Punta Umbría. Y me cuentan que te vas para siempre justo por donde cae la hermosa luz de Huelva. ¡Qué cosas!
No voy a llorar por ti. ¿Cómo podría hacerlo porque hayas dejado un sitio duro y difícil que nada tiene que envidiar al lugar donde se ve la cara de Dios? Voy a llorar por mí. El último adiós de los demás es siempre un regreso a nuestros vacíos y a nuestra desconcertante conciencia de fugacidad. Porque, en el fondo y así que pasen mil años, qué poco duró todo. Tampoco voy a rezar por tu alma. Hace ya muchos años que no creo en esas arrogancias que nos enseñaron. Es falso rogar y una aberración implorar. ¿Quién soy yo para que tu cielo ganado dependa de mí? De nadie. Me niego a contar a Dios tan pequeño en su inmenso amor.
Hay despedidas como la tuya, que dejan a uno recreándose en instantes que parecen emprender tu viaje a la eternidad. Es Domingo de Ramos en Sevilla. Mis padres me han llevado a las sillas del Aero en la Avenida. Comienzan a pasar los nazarenos de antifaces morados de San Roque. Mamá me dice: -Cuando lleguen los nazarenos de capirotes verdes, estaremos preparados para darle un abrazo al tío Emilio y a los primos. Vienen con la Virgen.
Paro ante nuestro palco esta chicotá de Gracia y Esperanza en la larga mecida del recuerdo. Y me acuden para decirte adiós, primo Emilio, los versos del poeta por Caballerizas: “A compás la cera llora, porque viene de regreso…”.
Fotografía de Beatriz Galiano





