No pocas ciudades del mundo y capitales españolas de buen tamaño se darían con un canto en los dientes por contar con un patrimonio monumental como el de Écija, a una hora de camino desde Sevilla, en dirección a Córdoba, en plena campiña. Su estampa inconfundible, de múltiples torres orgullosas que se dirían nacidas en racimo, o como setas, aparece de golpe a nuestra vista, tras rebasar el alto que conduce a esa olla donde en verano, dicen, se cuecen y se derriten hasta las mejores ideas.
Por increíble que parezca, la carta de presentación más extendida de Écija es esta que proclama a la villa como campeona de los termómetros hirientes en el estío, pero basta dar un paseo por la ciudad para comprender que quien así la cita es que apenas sabe nada de las joyas que encierra en su callejero.
En una hondonada a orillas del Genil, esta fértil Vega enriquece y da esplendor a la amplia llanura de la campiña, extensas tierras de labor que se prolongan hasta donde la vista alcanza. No es cosa reciente, pues los numerosos yacimientos arqueológicos dan fe de los sucesivos poblamientos agrícolas que se establecieron siempre en esta zona. La Universidad de Sevilla publicó hace sólo unos años un compendio minucioso de ellos, muchos aún por estudiar, y para sorpresa de todos se convirtió en breve plazo en la guía oficiosa de bandas de expoliadores y traficantes de objetos de arte y antigüedades que transitan por la comarca.
La extensión enmarcada por las poblaciones de Estepa, Écija, Osuna y Marchena constituye, pues, uno de los territorios más fértiles de la arqueología ibérica y romana que, a buen seguro, con el tiempo, nos deparará aún gratas sorpresas de hallazgos importantes y alguna que otra noticia desagradable, de vez en cuando, sobre el expolio sufrido a manos de furtivos buscadores de tesoros.
Una docena larga de iglesias monumentales y otros tantos palacios y casas señoriales de espectacular factura son algunos de los mayores atractivos turísticos de Écija, casi todos ellos con elementos ornamentales o nacidos durante el llamado “Siglo de Oro de Écija”; o sea, el siglo XVIII. Bueno será iniciar el paseo por el Ayuntamiento, donde se encuentra ubicada la Oficina de Turismo. Es posible visitar la Sala Capitular, que se cubre con un artesonado renacentista del siglo XVI procedente del antiguo convento de los Dominicos y que cuenta con dos mosaicos romanos espectaculares, en especial el conocido como “El nacimiento del vino”, entre los más valiosos hallados en la Bética.
Como es sabido, el perfume arquitectónico (si eso existe) que exhala la Giralda, se repite aquí en las líneas y proporciones de casi todos los torreones y campanarios de sus iglesias. No en vano, algunas, como la de la Iglesia Mayor de Santa Cruz se atribuye al propio autor que remató la torre capitalina, Hernán Ruiz II. Pero, de todos modos, es innegable la preeminencia inspiradora que tuvo dicha obra en el resto de torres eclesiales astigitanas. Citaremos ahora sólo dos templos de esa larga lista que merece la pena ser visitados, como son la Iglesia de Santiago y la de San Juan, ambas, obras arquitectónicas muy destacadas, repletas de trabajos geniales en imaginería, lienzos, bordados y orfebrería, sin olvidar el Museo Arqueológico Parroquial, que se encuentra en la Iglesia de Santa María.
San Gil, Santa Ana, Santa Bárbara, San Felipe Neri, San Francisco o la de la Victoria son otras de las muchas iglesias destacadas, así como la Iglesia del Convento de clausura de Las Teresas, hoy tristemente cerrado y desalojado.
Entre los edificios civiles de Écija destacan algunos de los palacios barrocos más importantes de Andalucía, como los de Justicia, de Peñaflor, de Benamejí, de Santaella y de Las Palmas. El de Benamejí, además, alberga el Museo Histórico Municipal con cuatro salas dedicadas a una interesante colección de vestigios tartésicos y romanos. En otro de estos caserones se encuentra el Hotel Palacio de los Granados, la opción más elevada para alojarse en la ciudad. Tal vez el más esplendoroso y original sea el llamativo Palacio de Peñaflor, famoso por la larga balconada que recorre toda su fachada ciñéndose a la curva que efectúa la calle en la que se encuentra y que hoy, tras arduas tareas de recuperación, es parcialmente visitable para el público.
Existen en Écija numerosos establecimientos donde disfrutar de la gastronomía local. Entre las especialidades típicas locales se encuentran la llamada “sopa de gato”, una sopa de ajo con tomate y pimiento; las espinacas labradas; la cazuela de espárragos trigueros y los salmorejos. Sin olvidar, por supuesto, las conocidas yemas ecijanas, los delicados productos de su panadería y, cómo no, las múltiples variedades de aceite de oliva de toda la comarca.





