En un mundo postreligioso y racionalista, la existencia de dogmas, proposiciones tenidas por ciertas y como principios innegables o, entendido en su conjunto, creencias de carácter indiscutible y obligatorias para los seguidores de una religión, puede parecernos un sinsentido que no tiene cabida en los tiempos actuales.
El recurso a la fe, confianza o asentimiento en algo que no se puede demostrar con pruebas o evidencia directa, como virtud teologal (viene de Dios y no de nuestro razonamiento), soslaya cualquier discusión al respecto y evita cualquier debate sobre materias como el sexo de los ángeles, que no nos llevan a nada.
No obstante, en estos días de Semana Santa, prólogo de Pascua Florida en que los cristianos celebramos la Resurrección de Cristo, se nos coloca por delante una de las cuestiones más intrincadas de nuestra fe: la Resurrección en cuerpo glorioso de Jesús, uno de los artículos que confesamos en el Credo cada domingo en misa. Esta cuestión surge en el judaísmo, inicialmente con la idea de resurrección del alma, luego desarrollada por los fariseos como resurrección corporal, y más tarde recogida por la Iglesia en el credo de los apóstoles y en el de Nicea como resurrección de la carne.
Para muchos será una fábula poética o una ensoñación rocambolesca, pero lo cierto es que al modo de una memoria de nuestra especie, anidada en lo profundo de nuestro ser, subyace un deseo de eternidad que aflora de muchos modos desde tiempos inmemoriales: la existencia de los espíritus de quienes ya murieron, la fuente de la eterna juventud, la criopreservación, etc.
Según leemos en los evangelios, la Resurrección de Jesús no fue un mero revivir a la existencia terrena, como el de Lázaro o el de la hija de Jairo, sino un proceso que se ha desarrollado en el secreto de Dios entre Jesús y el Padre, un proceso que nosotros no podemos describir y que por su naturaleza escapa a la experiencia humana (Papa Benedicto XVI).
Así, en el contexto de la Resurrección de Jesús, keímena quiere decir ”lienzos tendidos” o “fajas colocadas”, las que envolvían el cuerpo de Jesús, y que aparecieron atadas y tendidas como un molde blando que, al ser abandonado por el cuerpo que envuelve, pierde parcialmente su volumen pero conserva su forma, y no estaban arrojadas en el suelo ni hechos un gurruño. Esta capacidad de Jesús para desafiar los impedimentos de la materia vuelve a repetirse cuando aparece en medio de sus discípulos que están reunidos en una casa, y se pone en medio de ellos sin forzar cerraduras ni arrancar puertas.
El hecho de que Tomás introduzca sus dedos en el agujero del costado y de que Él coma en varias ocasiones (Emaus, pan y pescado en la casa donde están sus discípulos, Él mismo asa un pez en unas brasas, …) nos dice a las claras que no era un fantasma, sino que se abajó ante los apóstoles abrazando la naturaleza humana y entablando con ella un vínculo corporal.
Si los avances de la física nos demuestran que las partículas elementales no están confinadas a un solo lugar, que además de comportarse como corpúsculos lo hacen como ondas, de tal modo que un electrón puede estar en dos lugares a la vez, ¿por qué no podemos imaginar un cuerpo glorioso que abandona las vendas que le aprisionan?
La Resurrección da lugar a un cuerpo glorioso que resplandece, entra en las habitaciones sin abrir puertas ni agujeros en las paredes, va de un sitio a otro sin usar ningún medio de locomoción, como si la materia estuviera fuera del marco espacio-tiempo y no le afectase ninguna de las fuerzas que condicionan nuestra existencia terrenal: el espíritu ya no está subordinado a la materia, sino que es la materia la que se subordina al espíritu.
Mientras tanto, en esta vida convivimos con nuestra decrepitud: la calvicie, la pérdida de masa muscular, las varices, las patas de gallo, la presbicia, … todos quisiéramos vivir en una versión mejorada de nuestro cuerpo que no se marchitara, para lo cual el mundo nos invita a entrar en un quirófano, cuando el paso necesario para lograrlo es a través del cementerio, paso necesario para adquirir lo que San Pablo llama “cuerpo glorioso” (se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual) liberado de cánones estéticos que tantos dolores de cabeza nos producen en ocasiones. Hay consuelos sublimes y consuelos grimosos.
Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe, reprende San Pablo a la comunidad cristiana de Corinto, en Grecia. ¡Feliz Pascua Florida a los lectores que han leído el artículo hasta el final! Gracias por ello.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






3 Comments
Estimado Alberto , excelente reflexión de un tema complejo , complicado y jamás resuelto.
Gracias como siempre por compartir tus interesantes artículos .
Un cordial saludo
Recordando al Filósofo adhiero a aquello de: «Lo absurdo es objeto de fe y lo único en que puede tenerse fe» (Kierkegaard).
Estimado amigo Tobaja «FELIZ PASCUA FLORIDA».
Como siempre aplaudo tú artículo.
Estoy plenamente convencido de la Resurrección de Jesucristo; una Resurrección física no solo espiritual.
Que al final de los tiempos nosotros resucitemos en un cuerpo físico no lo asimilo. Solo Dios lo sabe.