Permítanme dudar de que haya casi nadie en la dirección regional del PP andaluz capaz de adornar un discurso o de adornarse con una sola ocurrencia conceptual salida de la meninge o la pluma de Blas Infante, por más que en estas fechas casi todo el arco parlamentario desee vestirse con las dudosas plumas de su fusilamiento atrabiliario.
Nada muy diferente cabe decir de la dirigencia del Psoe-A, que abominó siempre y abomina del líquido legado del notario al que sólo accedió a colocar en lugar preferente del Estatuto de Autonomía como “padre de la patria” sólo cuando estuvo convencido de que nadie leería y aún menos entendería sus soliloquios olvidados a los que sólo unos cuantos intelectuales prestaron atención cuando en el antiguo PSA de Rojas Marcos quisieron dotarse de alguna línea política que les conectara con la Historia y el pasado.
No pretendo yo glosar aquí el pensamiento ni la escasa y confusa obra intelectual que acumuló al respecto, más allá del singular esfuerzo romántico por conectarse con otras corrientes disgregadoras de los nacionalismos y regionalismos tan propios de aquel tiempo que condujeron a la Primera y la Segunda guerras mundiales, pero sí recordar que su vigencia resultaba tan extemporánea y fuera de lugar que sólo los intereses perentorios del PSOE por robarle esa antorcha al andalucismo permitió que todos añadieran a sus siglas una -A y que así prolongara su presencia nominal en los discursos actuales.
Si alguien alguna vez quiso ahondar en los metasignificados de sus diatribas y preocupaciones intelectuales fuera del Partido Andalucista (antes PSA), fue apenas para apropiarse de un nombre bastante innecesario pero útil a la causa de acaparamiento de poder al llegar la democracia y para colocarle como colaborador post mortem de un nominalismo de ocasión que les permitiera envolverse en el mito de una bandera y un escudo cuando llegó la hora de obtener réditos electorales.
Hasta la recuperación de su figura por parte de los dirigentes del viejo PSA, Blas Infante sólo fue una victima más de aquellos tiempos enloquecidos en los que dos ideologías totalitarias y totalizadoras desearon exterminarse a conciencia y tradujeron sus intransigentes puntos de vista en una batalla despreciable y canalla.
La evanescente aportación de Blas Infante es hoy apenas una floritura, una hoja de acanto esculpida en una columna que carece casi de significado, al que se cita con un automatismo casi virginal que no aprovecha a nadie teniendo como tiene esta tierra figuras de una relevancia mucho más profunda y enjundiosa en las que afirmarse con una identidad propia.
Pero llega la fecha aniversario de su asesinato y ahí, todos, menos Vox, desean colocarse la medalla de la controvertida obra e intención para no parecer menos que nadie.
No sé si hacen bien, pero llevamos ya más de cuarenta años con este juego hipócrita de apuntarse todos de manera ciega a una dudosa causa sólo para impedir que los unos le arrojen a los otros a la cara (y viceversa) un fantasma o una defección con el susodicho “padre de la patria”.
He dicho.





