He pensado siempre que cuando se discute de obviedades es la hora de marcharse y de abandonar los debates. Por eso, tal vez, me da tanta pereza opinar sobre la melopea republicanista de los de siempre, esos mismos que identifican república con zurdismo o con comunismo.
Y digo «identifican», no «confunden», conste, porque están en lo cierto y en España, por increíble que resulte, son la misma cosa. Para demostrarlo, nunca falta en toda suerte de concentración, festiva o cabreada, «el tonto de la bandera republicana», que es un personaje ineludible del tipismo hispano más zangolotino, adjetivo que define al que está crecido y quiere pasar por niño. Algo así como el tonto del pueblo con bandera tribarrada.
A nadie se le ocurre en Alemania o en EE.UU. identificar república con izquierdismo y hasta Trump es el candidato de un Partido, el de los Republicanos, que no podría ser calificado de izquierdista ni hartos de vino, pero esto no es Alemania y ni siquiera Italia o Grecia. Esto es España, donde cualquier bellaquería o insolencia toma asiento, en pie de igualdad con cualquier otra extravagancia o superchería.
Escuchen al señor marqués del FRAP, conde de Teherán y duque consorte de Galapagar refiriéndose a la monarquía como un «anacronismo» y pronto entenderán algo tan básico como el instinto de una hiena. Huele mal y lo que huele así no tiene trascendencia.
«Algo que no se corresponde con su tiempo» (anacrónico) lo sería, sin dudarlo, ese socialcomunismo que proclama la cohorte de atrabiliarios que okupan el gobierno, pero no la monarquía, que ancla sus raíces en la Historia y por tanto no sería anacrónico sino que se diría arraigado, testifical, testimonio del origen de nuestra soberanía antes incluso como pueblo que como ciudadanos de un Estado.
Hay objetos y cosas del pasado, con gusto, que vuelven a cobrar relieve y entonces se les denominan ‘vintage’, porque recobran nueva vida y regresan desde un tiempo lejano para acariciarnos el sentido de lo bello, de lo bueno o de lo útil y desprenden todos los aromas acumulados con el paso del tiempo. A la postre, una obra de arte, para probarse a sí misma, supera los años y prolonga su larga vida para quedarse, aquilatada como tal.
Por el contrario, el republicanismo en España produjo apenas, entre otras muchas cosas deleznables, miedo, odio, enfrentamiento, rencor, anarquía y destrucción… y poco puede hacerse para que vuelva algo que desprende vapores tan funestos o miserables como todo lo que engendró, incluida una guerra que no fue provocada en exclusiva por el alzamiento militar de entonces, como pretenden ocultar algunos, sino por la barahúnda de sucesos atroces que conducían al país a un gulag trazado y perfectamente imaginable.
El colmo de la indecencia intelectual es que esta gente pretenda, encima, que un pueblo se hubiese dejado llevar al degolladero sin protestar y sin intentar zafarse del campo de prisioneros a donde querían conducirlo. Fue la hecatombe, claro.
Una república como forma de estado, pero en manos de esta gente, que cree firmemente que la derecha no puede ni debe sobrevivir dentro de ella como alternativa de gobierno, es una aberración, un soviet, la Uganda de Idi Amin Dadá o la República Centroafricana de Bokassa I.
Y nótese el absurdo y el espasmo del último ejemplo que menciono, porque llamándose República, el fulano se proclamó emperador, el mismo oxímoron que pretende este zurdismo irreal de Narciso Sánchez y sus secuaces.
Repito que la escasa memoria republicana de los españoles se traduce apenas en una suerte de tutti frutti de algaradas, trampas, arbitrariedades, miserias y agresiones que no sugiere al ciudadano nada bueno. No en vano, en su sexta acepción, el DRAE recoge el término para el español como «lugar donde reina el desorden».
Pero más allá de esto resulta igual de insolente y atrevido pretender atarse al argumento del anacronismo y reivindicar, como señalaba el otro día el profesor Arias Maldonado, a los fueros históricos.
Dicen anacrónico pero se refieren a todo lo histórico, no como algo fuera del tiempo, sino como enraizado en varios siglos y muy lejos de su alcance. La rueda o el fuego también nos llegan del pasado y nadie sería tan osado e ignorante como para calificarlos de anacrónicos sólo porque alguien inventó las cocinas de inducción o los helicópteros.
No hay trasfondo teórico en nada de lo que plantean ni se refieren a ninguna garantía política que añadir al Estado, sino apenas otra vez la pataleta de convertirnos en una dictadura caprichosa y de embarcarnos en una travesía a destiempo que les perpetúe en el timón de la tiranía que no son capaces de borrar de su cabeza.
He dicho.





