Con qué facilidad nos engañamos para tranquilizar nuestras conciencias, destrozando instituciones fundamentales; como nos ha ido sucediendo con el matrimonio. Tras siglos de que consistiera en «uno con una para toda la vida», lo hemos ido transformando en algo que, de seguir al ritmo actual de cambios, apenas resultará reconocible dentro de unos años.
Aceptamos el divorcio como animal (disolvente) de compañía eliminando el «para toda la vida», pues aunque eso sonaba bonito, valía para las películas románticas y para nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, etc., capaces de sacrificarse por el bien familiar. Pero no para nosotros, más «evolucionados» que aquellos; no podíamos condenar a perpetuidad a una inocente pareja que, pese a haber perdido el amor, aún cabía que rehicieran sus vidas. Y sobre todo porque, existiendo hijos menores, con el divorcio evitábamos una convivencia infernal que les traumatizaría para siempre. ¡Los hijos eran lo fundamental a proteger!
Mas la innegable realidad es que, en un elevado número de divorcios donde existen hijos menores, el interés por el bien de éstos lo fuimos postergando ante el primordial y muy principal interés personal de sus progenitores. Y pese a estar sobradamente demostrado que tan lamentable actitud paterna, de la que son inocentes víctimas los hijos, es causa en éstos de innumerables daños y perjuicios de todo orden, seguimos engañándonos y utilizándoles como excusa de nuestros disfrazados egoísmos.






2 Comments
Buen artículo sobre una temática sensible,
Interesante, gracias.