Es Miércoles Santo. Pasó el domingo entre soles, nubes y estrenos, entre ramplas y puentes de Triana. Y pasó el lunes, con el corazón partido en dos. Y el martes pasó, que por la calle San Fernando no desfilaron largas filas de nazarenos de negro ruan, mientras que desde la Calzá llegaron con el agua al cuello con túnicas y capas arrabaleras. Y así, entre espera y espera, sustos y sorpresas, ha llegado un día grande. Las horas mágicas del Miércoles Santo.
Estamos en el torero barrio de San Bernardo, que la Virgen del Refugio lleva machos toreros en el remate de los respiraderos dorados.
—Jesús, ¿cómo andamos de machos?—, le pregunta Dávila Miura a Jesús Sánchez.
¿Se puede tener más consciencia, una certeza más veraz, de lo que es una cofradía en Sevilla? La tradición, la familia, los vecinos, la personalidad, los que se fueron, los que aún nos quedan…
Y uno de los que nos quedan —al Cristo de la Salud, gracias— se llama don Antonio Rodríguez Hidalgo. Y no me pidan que le apee el don porque no se lo quito hasta que Pericón, el de Cádiz, no apague el farol encendío que pescó una mañana temprano en la playa de la caleta. El don de don Antonio es como las plumas blancas a los armaos; como el carey de la cruz del Señor del Silencio; como la corbata negra a la voz de Jesús Basterra; como el andar marcial del piquete de artillería junto a los pasos de la hermandad; como don José a la parroquia.
Quien escribe, llegó al barrio con dieciocho años. Primer año de la carrera de Derecho que empezó, a trompicones, en la Universidad Pablo de Olavide. Vivía en la que era calle Capitán Vigueras, ahora Bartolomé de Medina, y de las paredes de la tienda de comestibles del barrio colgaban estampas del Gran Poder, de la Macarena con las mariquillas, de la Esperanza de Triana, de la Carretería… y de San Bernardo. Allí conocí a una familia que me lo dio todo sin yo darles nada a cambio. Pedro y Aurora, Rosa, Perico, Ángela… y Jesús, que de su mano me arrastró al barrio y a sus cosas. Y cómo no, a la hermandad. Y en ella, me puso ante don Antonio, con su pipa y su tabaco inglés llenando de aromas en sepia el patio de la parroquia, entre las macetas de aspidistras y jazmines. Porque el patio de la parroquia de San Bernardo es como un corral de vecinos del barrio.
Fue —es— una de las grandes suertes de mi vida. Poder tenerlo al lado cuando lo necesito y de disfrutarlo como lo disfrutamos. Siempre dispuesto a agradar, siempre prevenido para la conversación inteligente. Y yo, aprendiendo de sus cosas.
Luego, quien firma salió de nazareno en la hermandad. Y lo vistió, tras el altar mayor, Aurora.
—Ea, pues Pepe Luis ya está listo—, y es que, por aquellos entonces, estaba uno loco por las cosas del Sócrates de San Bernardo, que había nacido en la calle Ancha soñando con el cartucho de pescao en el tercio de la Maestranza.
Jesús, Curro, Ángel, Maqui, Arturo, Miguel, Rafael, Teodoro, Javier, padre e hijo… Todos trataron al recién llegado como de la familia y le abrieron las puertas del cielo, los portones de una hermandad grande por lo que ofrece, no por lo que es en la calle, que ya es tela marinera del telón. Hoy irán todos con el rostro oculto por el antifaz negro, por las calles del barrio, por las calles de la ciudad.
Y don Antonio entre todos ellos. El nazareno más elegante, gemelos de oro, guantes de cuero y cuello blanquísimo sobre la túnica y pajarita negra. ¡Cómo pasaba revista al piquete de artilleros ante la nave que ahora es casa hermandad? Pepe —eterno secretario y ahora con vistas a hermano mayor— es testigo de lo que cuento.
Aquel joven, que hoy cumple años sin ton ni son, tuvo la suerte de caer en el mejor cahíz de la tierra. Donde acampó el Rey don San Fernando. Donde nació López Farfán o el Brigada Rafael. San Bernardo. Donde se casó Salvador Dorado El Penitente, entes de ser capataz de la cofradía. Donde está enterrado Curro Cúchares. El barrio que se tragaba el Tagarete, el barrio que amanecía al compás de las máquinas de vapor de los trenes, el barrio que vivía de la Fábrica de Artillería y del mercado de la Puerta de la Carne…
Y hoy es Miércoles Santo. Y sale a la calle la hermandad de San Bernardo, que no es la hermandad de mis sueños, sino la hermandad con la que siempre soñé, desde que mi padre me llevó a ver el barrio de los toreros, donde había nacido Pepe Luis y donde nació mi amigo don Antonio Rodríguez Hidalgo, al que le deseo una buena estación de penitencia, que hoy es Semana Santa en el barrio torero de San Bernardo. Casi ná.





