Estoy vivo de milagro.
Mi abuelo Alfonso era un hombre muy religioso y coherente con su fe. En la convulsa guerra española entre hermanos, su compromiso no agradó a ciertas bestias, que lo apresaron para darle un paseo sin retorno al amanecer.
Tuvo suerte. O en el misterio que es la vida Su Creador dispuso que no era su momento. No lo sé. Lo cierto es que un amigo intercedió por él y lo liberaron. De no haber sido así, mi abuelo no hubiera tenido a mi madre y ella no me hubiese tenido a mi.
Estoy pensando en ello ahora mismo que disfruto viendo, asombrado, la impecable intervención en el Congreso de Francisco José Contreras, diputado y catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla, dándole la del pulpete a la mal llamada «Memoria Histórica», al amparo de la cual el Gobierno pretende destinar 11 millones de euros para -según dicen, con grandilocuente semántica- reparar la honra de los caídos. Es decir, de solo una parte de los caídos. O sea, no memoria histórica sino memoria histérica y discriminatoria.
Con brillante oratoria, propia de quien vive lo que afirma, el diputado muestra a todos, con sorprendente naturalidad y desde la tribuna del Congreso, el crucifijo que llevaba su tío abuelo Rafael Contreras cuando unos monstruos sin corazón le arrebataron atrozmente la vida, solo por ser sacerdote y ejercer su vocación de entrega al pueblo.
Aunque su familiar ha sido recientemente beatificado junto a otro centenar de religiosos, la moral no cotiza al alza en un Gobierno incapaz de reconocer a estos compatriotas, a quienes los dados de la historia les abocaron a la muerte por profesar sus creencias, abrazados heroicamente a sus crucifijos para dedicar a sus verdugos las más hermosas y compasivas palabras antes de acceder al paraíso: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».
Habla el diputado transmitiéndonos el ejemplo de su tío abuelo y dejando en evidencia, de paso, a quienes guardan un silencio cómplice y comulgan con las ruedas de molino de una rencorosa e interesada memoria de la historia. Calladitos como en Misa, no vaya a ser que les tachen de fachas.
El mal no entiende de bandos, que en ambos hubo ejemplos de idéntico registro de brutalidad. Así, en la antigua prisión de mala muerte de Carmona confinaron a numerosos curas, solo por oponerse al régimen militar que se instauró tras la contienda. También en la fosa «Pico Reja» de Sevilla yacen vecinos nuestros que participaban con ilusión y con fe en hermandades y parroquias, y que criticaron al bando victorioso.
Somos libres de aprender de la enseñanza de la historia. Tenemos libertad para apreciar la bondad y la belleza del mosaico de gentes y culturas de España, llamadas a convivir en paz y unidad; o, por el contrario, para avivar el odio de la división, mujeres contra hombres, españoles contra españoles.
Seamos inteligentes y conservemos el legado de nuestros paisanos con sotana, cuyo amor les llevó a la muerte y la muerte a la resurrección. Que como bien dice el diputado, la mayor honra hacia todos nuestros caídos, hacia todos, es considerarlos, sencillamente, españoles. No del bando «A» ni del «B». Españoles y punto pelota.
Plantemos cara a quienes pretenden azuzar la llama de la locura y el rencor, mediante memorias de revanchas regadas de una pasta gansa que se despilfarrará tontamente, con lo bien que les vendría a nuestros vecinos que no llegan a fin de mes que la repartieran entre ellos.
Pero tengamos también una mirada de compasión por su atrevida ignorancia. Aprendamos a perdonarles desde el hondón de nuestra alma. SÍ: Perdonémosles, como seguro que perdonó a los violentos el sacerdote Rafael Contreras. Porque no saben lo que hacen.





