El caluroso martes 22 de julio de 1975, a eso de las cuatro de la tarde, un incendio en el cobertizo del Cortijo de Los Galindos, situado en el término municipal de Paradas (Sevilla), a unos tres kilómetros del pueblo, alerta a los trabajadores de la finca. Antonio Fenet, que está haciendo cuchillos junto a sus compañeros en el cerro de los Frailes, marcha al pueblo en su motocicleta y da la voz de alarma en el cuartel de la Guardia Civil. Al momento, un cabo del cuerpo —Raúl Fernández— y un número, montados en una vieja motocicleta, se personan en el cortijo. Trabajadores de la finca ya están intentando apagar el fuego que se ha propagado en el pajar o cobertizo. La puerta de la casa del capataz —Manuel Zapata Villanueva, que cuenta con 59 años— está cerrada y nadie sabe dónde puede estar. Justo en la puerta de su casa hay un reguero de sangre que llega hasta la sala de máquinas, cruzando todo el patio central de la finca. La guardia civil fuerza con un disparo la puerta de entrada de la casa del capataz y descubren un gran charco de sangre que les conduce hasta una de las habitaciones de la humilde vivienda. En el suelo, entre dos camas, se encuentra el cuerpo sin vida de Juana Martín Macías, de 53 años, esposa de Zapata.
Sobre las ocho y media de la tarde llega al cortijo el médico forense de Marchena Alejandro Arcenegui acompañado de su hijo Ildefonso, joven estudiante de medicina, y del oficial del Juzgado de Écija, José Zapico. Ildefonso sale descompuesto de la casa del capataz ante las escena perturbadora, y descubre, entre las pacas de paja que arden, un hueso que bascula. Apagan el fuego y suben al almiar como pueden. Comprueban que hay restos calcinados de dos personas: el mecánico-tractorista de la finca, José González Jiménez, de 27 años, y su mujer Asunción Peralta Montero, de 33 años.
Un guardia civil deja en el domicilio de los marques, en la Avenida de la Palmera de Sevilla, la noticia de lo ocurrido en los Galindos. Cuando Mercedes Delgado Durán se entera de lo sucedido, marcha al cortijo en su Seat “catorce treinta”. Cuando se acerca a la finca, desde la carretera, se asusta del tumulto de gente y se vuelve a Sevilla, sin entrar en el cortijo. Más tarde, vuelve con el administrador. El hijo de este último los acompaña en otro coche.
El sol ya se ha puesto por el poniente y el cielo oscureció por la parte de Marchena. Todos los que se encuentran en el cortijo buscan al capataz, que no aparece por ningún lado. Mientras, siguiendo un reguero de sangre que discurre por el camino que conecta el cortijo con la carretera, encuentran el cuerpo de Ramón Parrilla González, de 40 años, con varios disparos a quemarropa efectuados con una escopeta de cartuchos.
Esa noche, el marqués duerme en el cortijo. Su hermano Álvaro lo hace también, pero fuera de la finca, en el coche. Las dos noches siguientes el marqués de Grañina, Gonzalo Fernández de Córdova y Topete y el administrador de la finca duermen en la casa principal de la misma. Nadie esperaba esta decisión. Fuera del caserío del cortijo quedan varios números de la guardia civil vigilando los alrededores.
En ese momento hay cuatro muertos. “En el Registro de Defunciones del Juzgado de Paradas se hicieron constar las causas de las muertes: Ramón Parrilla, herida por arma de fuego en la región torácica; Juana Martín, múltiples fracturas craneales; José González, traumatismo craneal: Asunción Peralta, esposa del anterior, probable traumatismo, hemorragia encefálica”. Un paradeño, estudiante de medicina por aquellos años, asistió a las autopsias. De la de José González dice: “Un trozo de cráneo que apareció después sobre la mesa de operaciones no se sabía determinar si pertenecía a González o a su mujer. Posteriormente se determinó que era del hombre. Ese trozo de cráneo tenía un agujero redondo, bastante grande que podía ser de un tiro, de un golpe con la herramienta con la que luego me enteré que habían dado muerte a algunas de las víctimas o, incluso, una malformación congénita del fallecido”.
El pueblo de Paradas queda consternado ante tan graves noticias y todos duermen con las puertas y las ventanas cerradas, a pesar del calor. Las personas que viven en el campo, si pueden, se van a Paradas y los que no, “se encerraron en sus casas, pero claro, con la escopeta de caza cargada y a mano”. Un pueblo abrasado por el sol y por las noticias que le llegaban a cuentagotas. No se sabía si el asesino o los asesinos andaban sueltos o no.
A las 11 de la mañana del 25 de julio, tras el muro trasero de la finca, aparece el cuerpo de Manuel Zapata, que lo señala su perrita Tundra. El médico forense asegura que murió el mismo día que las demás víctimas. Cinco muertos en un pequeño pueblo de la campiña sevillana, “cinco asesinados que eran personas conocidas y respetadas en la localidad”. El misterio de uno de los crímenes más horribles de la historia de España comienza.
Tras las pertinentes investigaciones, la guardia civil emite su dictamen sobre lo ocurrido en el cortijo. Inculpa a José González. Posteriormente se hace cargo del asunto la Policía Judicial y, sorprendentemente, llegan a la misma conclusión. José González mata a las cuatro víctimas y posteriormente muere él, o suicidándose o por accidente.
En el año 1983, ocho años después, con el juez Heriberto Asencio Cantisán al mando del asunto, se exhuman los cinco cuerpos para llevar a cabo nuevas autopsias a cargo del Profesor Luis Frontela. Las conclusiones fundamentales fueron que José González y su esposa murieron asesinados y que en los crímenes participaron, como mínimo, dos personas.
El 21 de julio de 1995 y según el artículo 131.1 del Código Penal español, el delito prescribió sin haberse encontrado al autor o autores de los cinco asesinatos.
En la actualidad, el cortijo se llama Nuestra Señora de las Mercedes. De todo esto hace ahora cincuenta años, medio siglo.
Continuará…





