Con la cordial amabilidad que acostumbra, me invita el flamante presidente del Consejo Audiovisual de Andalucía, Domi del Postigo, a asistir a una jornadas que organiza dicha institución en el Parlamento de Andalucía bajo el enunciado «La indefensión de los menores ante la pornografía en Internet».
Apasionante y muy oportuno asunto cuyo abordaje propuse infructuosamente durante más de una década de pertenencia a dicho órgano. Las razones que alegaban las mayorías de entonces para oponerse a ello fueron, en principio, que se trataba de un asunto fuera de las competencias del órgano. Lo cual, en la literalidad de la propia Ley, era cierto, pues dicha ley restringía las actuaciones del Consejo a aquellos medios de comunicación que dependían para operar de la concesión de un título habilitante por parte de la Administración, inexistente ya entonces cuando se trataba de Internet, sobre todo si quien difunde, además, es un operador desde, pongamos, Canadá, a través de un nodo de conexión ubicado, imaginemos, en Argentina o en Tailandia. No habrá juez ni autoridad competente capaz de resguardar legalidad alguna en un ámbito semejante y tan disperso.
No quisieron tener en cuenta, bajo ningún concepto, que más allá de intervenir de manera concreta en esos otros sectores paralelos, que ya en aquel entonces se encontraban en pleno desarrollo, como era el caso de Internet, la labor del Consejo Audiovisual podía ampliar su tarea, sin desbordar la Ley, a esos ámbitos mediante estudios y labores de prospectiva para fomentar el interés en asuntos sociales muy candentes y preocupantes para los receptores individuales, para las sociedades y para todos los Estados.
Fue tanto así, que la mayoría del Consejo tuvo la ininteligencia, tratando de orillar mis ideas al respecto, de designarme como responsable de áreas que por entonces consideraban marginales y fue así que me asignaron la responsabilidad incierta sobre una comisión que yo mismo titulé (y el presidente de entonces, Manuel Ángel Vázquez Medel, ratificó) de «TDT, Internet y Nuevas Tecnologías» (sic).
No había transcurrido aún mi primer mandato cuando, pese a mis constantes advertencias, pudo contemplarse que la TDT no sólo sustituyó por completo a la televisión analógica transmitida a través de ondas herzianas, sino que, a la vez, aquel proceso imparable de desarrollo tecnológico acabó con la exigencia de títulos habilitantes para operar, cosa que, por otra parte, estaba ya en franco retroceso debido al crecimiento exponencial del consumo audiovisual por otros muchos medios, principalmente a través de cable, satélite o Internet. Visto de aquel modo, el CAA (y su Ley de creación) habría podido considerarse obsoleto y vacío de tarea para cumplir, pues la realidad había desbordado al completo la previsión legal para la que fue creado el órgano.
Es decir, en un afán negacionista y de sometimiento a los dictados del poder político de aquel tiempo, lo que mis ‘generosos’ compañeros habían puesto en mis manos a través de aquella comisión a la que algunos miembros de la misma designados acudían con descreimiento y con desgana (más por vigilar mis actuaciones y propuestas que por contribuir a algún avance), era, sin quererlo (tal vez sin saberlo), el único objeto capital que podría aglutinar el interés de dicho órgano, que no podía ser otro, como tantas veces les insistí, que adentrarse en el estudio de los contenidos audiovisuales a través de cualquier modo de difusión, inventado o por inventar, previsto en la Ley o no, pues era, en definitiva, lo único que en el futuro más cercano (era ya el presente) podría interesar a los ciudadanos y a la propia institución.
El caso que hicieron a todas mis propuestas fue perfectamente descriptible y los informes jurídicos y los pronunciamientos que por entonces se emitían desde el CAA, renunciando a las tareas que una y otra vez insistí en que se abordaran, fueron y son hoy puro papel mojado, pero deberían servir como ejemplo de la ceguera o la pacatería funcionarial lustrosa por su apego a la letra reglamentista, desbordada por la realidad evidente de las circunstancias y por el vertiginoso desarrollo de la tecnología. No quisieron verlo o prefirieron quedarse a resguardo de los intereses del poder de entonces.
El título de las jornadas a las que me refiero ahora y que con tanto tino propone su presidente, constata que todo cuanto algunos proponíamos entonces se ha convertido en la más obvia realidad para el órgano y para los nuevos miembros del Consejo, lo cual, como es obvio, aplaudo con entusiasmo, porque más allá de las competencias que tenga atribuidas el CAA en la letra de su propia Ley, lo que dicha institución no podrá o no debería poder obviar jamás (so pena de resultar inservible y condenado a su extinción) es que si el impacto de la pornografía sobre los menores es preocupante, de nada nos servirá ocultar el sol con un dedo alegando que sólo lo es si dichas imágenes se reciben a través de un determinado sistema tecnológico. Más aún si, como la realidad ha demostrado, la inmensa mayoría consume esos u otros contenidos a través de sistemas de señales y pantallas no mencionadas en la ley en vigor.
No quisiera extenderme demasiado sobre el fondo del asunto planteado en la jornada de trabajo, pero sí apuntar que en el escaso tiempo que pude asistir a la misma (apenas a la primera mesa, ya que otras obligaciones me impidieron asistir al resto) comprobé que también en el abordaje de la cuestión principal se detecta ya cierto desfase por parte de algunos ‘especialistas’, que se empeñan en describir entre los males principales para los menores frente al consumo de pornografía el papel estereotipado de las mujeres y el rol marcado de género…
¡Santo Cielo!, se ve que los especialistas en el tema no son demasiado consumidores o han profundizado poco en el asunto desde hace años, porque, si bien en muchas ocasiones esos roles estereotipados heteronormativos perviven en el mundo del porno, a día de hoy existe una tal variedad de oferta pornográfica homonormativa, inversa, de mujeres dominatrix o aquellas a las que podríamos calificar de ‘empoderadas’ (¡y hasta con menores o con animales!), que pretender que el problema de la indefensión de los menores frente a la pornografía se reduce a la profusión y difusión de estereotipos de género sería tanto como señalar que las bombas nucleares provocan caries.
Es decir, el feminismo rampante de la peor especie desea ignorar (o ignora) que ha de haber algo que nos hace considerar por lo general pernicioso, peligroso, rechazable o condenable en el impacto de la pornografía sobre los menores (por eso nos preocupa) y que tal vez eso que nos preocupa no es el rol de género asignado en una u otra cápsula de pornografía, sino algo intrínseco al porno mismo, como tal vez pueda ser una hipersexualización social de la infancia y de nuestros menores en general.
Lo curioso entonces, en el caso de esta visión obcecada y tuerta del feminismo autocomplaciente, es que las soluciones que proponen se apoyan siempre en una contumaz apelación a la educación sexual desde la más temprana edad, aunque es verdad que suelen hacerlo sin detallar casi nunca (porque jamás les queda tiempo con tanta descripción de género en esta clase de exposiciones) en qué consiste dicha ‘educación sexual’ a la que se refieren o de qué serviría esforzarse en trasladar unos estereotipos diferentes basados en el consentimiento etc si a menudo lo que están consumiendo esos menores en sus pantallas de teléfono es sexo entre lesbianas, con niños o de hombres con mujeres perfectamente activas y empoderadas en el papel de dominatrix y no de sometimiento.
Es más, me pregunto si con tanta ‘educación sexual’ (sea esto lo que sea) desde la más tierna infancia no se estará contribuyendo de forma decisiva a la mencionada hipersexualización de los menores, donde quizá pudiera encontrarse una de las claves de nuestra muy justificada preocupación y despertando una curiosidad inservible y llena de despropósitos como de quien añade estopa al fuego.
Es en tales casos cuando creo que algunos calificados como expertos en el problema son únicamente proclives a seguir colocando mercancía averiada que aprovechan cualquier resquicio para inflamar sus mensajes archiconocidos en favor de las ideologías dominantes de cada momento. Igual que me sucedió a mí hace muchos años cuando trataba de convencer a mis dilectos compañeros de viaje en el Consejo Audiovisual que estaban siendo arrasados por la máquina del tiempo sin querer entender que cuando despertaran, como en el minúsculo cuento de Monterroso… el dinosaurio seguiría allí.
He dicho.





