Sinceramente, no sé qué clase de brebaje se ha tomado la inmensa mayoría de los periodistas de este país para practicar este lameciruelismo seguidista, esta opinión extendida entre renuente y comprensiva que en el más leve de los casos se sitúa en el ‘punto medio’ entendido como el «aurea mediocritas», la postura del ornitorrinco (ni carne ni pescao), la acrítica visión durmiente del opiáceo o la adormidera, la renuente cobardía a ejercer la libertad de expresión razonada y con argumentos, este mamahuevismo del nadie lo vio y todos están igual de tontos que nosotros, este ‘semos’ los mejores y nos llevan de excursión orwelliana a ninguna parte, esta fundada prudencia de la idiotez que en los casos más excelsos recomendaba durante el primer confinamiento de tres meses inyectar a los espectadores y los oyentes optimismo, no realismo, y que alcanzó la cima cierto día, delante de mis narices en una radio pública, cuando alguien afirmó que terminaría por «llevarse a casa por Navidad a Fernando Simón como un osito de peluche»… Y eso que la dueña de tales palabras ejercía en un periódico conservador.
En otros, ni les cuento, porque el entusiasmo en la tapadera es perfectamente descriptible y alcanza cotas sublimes cuando la ex directora del Diario Público y ex asesora de varios Ministerios de Zapatero, hija a su vez de uno de los fundadores de Alianza Popular en Galicia y hermana de la presidenta de Adif (Renfe), se planta en la tertulia de casquería, como alfombra roja para que entre la ministra Irene Montero, y asevera que «el problema de la Justicia en España es que la mayoría de los jueces son hombres», aunque los datos la desmienten.
A partir de ahí, la tal Ana Pardo de Vera, que así se llama la mucama ministerial, reconstruye con el adobe de su pereza intelectual ese edificio premanufacturado sobre el «sistema heteropatriarcal» y sobre la supuesta impericia del sistema judicial para abordar la violencia de género.
O sea, el disparate colosal que no sólo no precisa ser desmontado paso a paso, sino que, el menor intento de cuestionar un relato tan sesgado, caprichoso y gratuito, te supone ser enviado a la hoguera y al ostracismo, lo cual explica bien la concordancia que señalaba en el lameciruelismo.
Dicho de otro modo, lo que ocurre en estos momentos en España es que está de plena aplicación un velado sistema de autocensura y de purga que no permite la opinión disidente en la mayoría de asuntos ni siquiera en aquellos medios donde se supone que gobiernan los del bloque constitucionalista.
Es igual de sorprendente la ceguera de los propietarios de todos esos medios, aplicados en dar prestancia o silenciar, según el caso, las barbaridades de la extrema izquierda, que anuncia sin desmayo y sin tapujos la necesidad de expropiar los medios de comunicación de titularidad privada al modo que ya hiciera en su día el chavismo, el cual sustituyó la variopinta red televisiva caribeña por un , ¡vaya por Dios!, «Canal Sur» (así se llama todavía) cuyas cabeceras, sistemas y programación elaboraron, aunque muchos lo han olvidado, profesionales conectados al Partido Comunista que trabajaban en el Grupo Prisa, en Canal Plus y la CNN desde España, y se lo facturaron a Hugo Chávez para que predicase su «¡Aló Presidente!».
Si llega el día de la expropiación, no sé a quiénes piensan acudir para que les devuelvan lo robado o si se trasladarán a Gibraltar para montar allí sus platós televisivos desde donde quizá pretendan convertirse en una especia de Radio Pirenaica sólo que a la inversa, mientras el CNI de Pablo Iglesias llenará el espacio de ruidos digitales para tratar de interrumpir la señal con la ayuda de los experimentados servicios secretos cubanos que ya se esparcen por España a cara descubierta.
En todo caso, les aviso, lo que será difícil de ver en este contubernio necio es a todos esos antiguos compañeros exigiendo libertad de opinión y de expresión, desengáñense, porque han acreditado ya de sobras que ellos son la punta de lanza del colaboracionismo ciego e imponen y exigen los que ellos mismos han adoptado como certezas, como conversos de una fe que no admite el intercambio de opiniones ni la disidencia, al grito de «¿Cómo se puede decir eso en una emisora pública? ¡Que alguien venga y lo remedie!»… Y entonces, no lo duden, aparece el paniaguado o el oportunista acobardado, temeroso de ser apiolado de su cargo, y comienza la tala de opiniones hasta fabricar un recortable a la medida, donde todo suene acorde y sin fisuras con la partitura escrita por la izquierda.
No en vano señala Fernando Savater en estos días que «el paso decisivo para empezar un proceso de emancipación intelectual es darse cuenta uno mismo que no hay ninguna obligación moral de ser de izquierdas», lo cual no significa que esté pidiendo el voto para VOX, pero es un aviso y una alerta grave de lo que tenemos en lo alto.
He dicho.





