El centro tiene el atractivo de su aparente ecuanimidad. La moral aristotélica, de base tradicional en Grecia, había sentenciado que la virtud está en el justo medio, en el equilibrio entre posiciones contrapuestas. Y esa postura de aurea mediocritas incluso pudo llegar, vía Santo Tomás de Aquino, a la moral católica, estableciendo, por ejemplo, que con los bienes materiales no había que ser ni excesivamente tacaño ni tampoco despilfarrador; y con respecto a los amigos había que ser ni demasiado efusivo ni descaradamente huraño, sino sociable en su justa medida, con un punto de mesura en todo.
Todo ello a pesar de que, en el cristianismo, la radicalidad evangélica tiene mucho más predicamento que la moderación. Por no traer a colación las palabras de Cristo, poco dadas a las componendas, recordemos que el Apocalipsis había advertido a los templados con unas palabras muy duras: “Yo conozco tus obras, y sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero como eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.
Luego, la filosofía de tradición cristiana quiso conciliar ambas visiones, sentenciando de forma casuística que existían virtudes sobre las que no cabía modulaciones: por ejemplo, la honradez o la sinceridad. Todos coincidiremos que no hay que ser honrados “hasta cierto punto”; ni sinceros “dentro de un orden”, sino de un modo íntegro y cabal. Pero admitimos que existen otras cualidades que permiten gradaciones prudenciales para amoldarse a las circunstancias, como pueden ser la valentía o la laboriosidad.
En cuanto al manejo de los asuntos públicos, somos conscientes de que, según creía Cánovas de Castillo, “la política es el arte de lo posible”. Cuando uno llega al poder con su programa electoral, a menudo encuentra dificultades no previstas, resistencias y dificultades que aconsejan transigir en algunos aspectos menos importantes a fin de tener la suficiente autoridad moral como para implementar otros puntos capitales. Solo una mayoría absoluta muy sólida es capaz de imponer el 100% de su ideario, en la medida en que los mecanismos de control del poder no siempre conceden la fuerza necesaria para hacerlo.
Ahora bien, la experiencia de los últimos decenios nos indica que la izquierda es asertiva y maximalista en el desarrollo de sus programas en todo el mundo, también en España. De Zapatero, por ejemplo, se pueden decir muchas cosas, pero no que fuera remiso a la hora de imponer sus radicales leyes de izquierda: aborto como derecho, memoria histórica, ideología de género, educación para la ciudadanía, divorcio exprés… En cambio, la derecha que hemos tenido hasta ahora nunca revierte estos excesos izquierdistas, salvo limitadamente en lo que se refiere al tema económico, ámbito en el que es cierto que suele administrar con un poco de más cabeza los recursos públicos. Pero en el resto de los asuntos, poco o nada hace. Ante esa pasividad uno puede pensar en tres explicaciones:
1) Que, realmente, esa derecha es en el fondo tan izquierdista como la izquierda oficial, aunque milite en un partido diferente sencillamente por afán de poder. Muchos españoles llaman PPSOE a esta extraña rivalidad entre dos partidos que, en el fondo, tienen más semejanzas que diferencias (autonomismo, europeísmo acrítico, ultra-feminismo, memoria histórica…) Pero son pocos los que aceptan hoy esta explicación.
2) Otra posibilidad es que el PP sea, en realidad, un partido sin convicciones, una organización ideológicamente neutra, que considera que su labor consiste en administrar los dineros públicos, atendiendo en todo caso aquellas reivindicaciones señaladas por las encuestas como causantes de alarma social. Esa posibilidad es rechazada airadamente por las personas afines a este partido, que consideran gravemente insultante que se les considere como unos nihilistas, sin ningún tipo de valores axiológicos.
3) La tercera posibilidad es la defendida por el estamento oficial del Partido Popular. Según la misma, el PP no es en realidad un partido de derechas, sino “centro-reformista” y por tanto equidista en su justo punto entre una derecha radical -VOX- y una izquierda igualmente exagerada. Es la tesis actual de Casado y de sus corifeos mediáticos (ABC, COPE, etc). De modo que la élite pepera se apunta a la doctrina aristotélica del justo equilibrio, pero no por convicción moral de equidistar entre extremos arriscados, sino porque ha oído la opinión de los sociólogos según la cual las elecciones se ganan desde el centro. Probablemente, creen que así pueden fagocitar a Ciudadanos e incluso hacerse con algunos votos de socialistas descontentos, en la idea de que ahí está el caladero de votos más abundante. Lo importante sería ganar elecciones para gestionar bien la economía, ya que lo demás carecería de importancia.
Probablemente, el PP es un partido tan amplio y variopinto que las tres opciones expuestas pueden ser válidas a la vez, según nos refiramos a personas y administraciones concretas. Pero no estaría de más que el votante del PP se parara a considerar si en el ámbito público existen valores que son absolutos, o si todo es matizable según los casos. Y así se deberían plantear si es posible, por ejemplo, mostrarse prudentes y tolerantes con los golpes de estado separatistas, como hizo Rajoy, o si hay que defender la vida humana solo un poquito, según las circunstancias concretas que se den en cada caso. De la respuesta que se den a estas cuestiones dependerá si a estas personas se les puede llamar relativistas o atribuirles un criterio firme en el campo de los principios.
Pero es que, incluso, dicha opción centrista resulta, a nuestro juicio, poco inteligente para sacar rédito en el terreno práctico, por cuanto que, como hemos visto, la política es el arte de la transacción y del posibilismo. Cualquiera que va a negociar sabe que, estratégicamente, es mejor partir de una posición inicialmente ambiciosa, para luego tener margen de cesión y poder acabar al menos en una posición medianamente satisfactoria. En cambio, si uno se presenta a la confrontación desde una posición tibia y complaciente con lo que pretende el contrincante, lo normal es que el resultado final se acerque mucho más a los intereses de la contraparte. No es de extrañar, por tanto, que los socialistas y podemitas alaben la “moderación” de sus rivales peperos como si esta fuera un bien en sí mismo, una cualidad excelente de la que adolecerían los votantes de VOX, presentados todos como unos energúmenos irracionales.
En definitiva, llevamos muchos lustros comprobando hasta qué punto el centrismo programático y premeditado es el mejor aliado de la izquierda para desarticular las propuestas de derechas y llevar al país poco a poco hacia el precipicio progresista. Por eso sería fundamental que las personas que tienen convicciones sólidas y que son conscientes de la peligrosa situación en la que está España se planteen si merece la pena seguir apoyando la estrategia timorata que nos ha traído hasta aquí.





