Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la mascarilla era cosa de quirófano, salteador de diligencias o japonés prevenido, que son gente que siempre llega antes al desastre. Luego vino la peste moderna, el encierro doméstico y aquel aire penitencial de nación en fila india, donde hasta para comprar cuarto y mitad había que parecer un anestesista con depresión. Fue entonces cuando floreció en España una nueva industria nacional: el trinque higiénico.
Mientras el pueblo —hoy se dice la gente para que suene más pastoso y manejable— contaba muertos, fregaba pomos con lejía y aprendía a respirar como carpa en pecera, una cuadrilla de listos descubrió que cada mascarilla llevaba cosido un margen de beneficio más milagroso que el sudario de Turín. Donde unos veían urgencia, otros vieron subasta. Donde unos lloraban, otros facturaban con lágrimas ajenas.
Ahí aparecen en escena los nombres ya familiares del sainete patrio: Koldo García, con hechuras de portero de discoteca ascendido a consejero por oposición al misterio; José Luis Ábalos, ministro de ademanes ferroviarios y equipaje sentimental siempre voluminoso; y sobre todos ellos la sombra alargada del poder, que jamás suda aunque arda la cocina: Pedro Sánchez.
España tiene una rara habilidad para convertir la tragedia en verbena administrativa. Aquí no hay escándalo sin comisión, ni comisión sin primo o prima, ni primo sin móvil arrojado al Guadalquivir digital de la amnesia. Nos falta seriedad, pero nos sobra trama. Lo mismo se hunde un imperio que se enchufa a un cuñado o «coñada». Con idéntica naturalidad y parecido protocolo.
Ahora llegan los juicios, las declaraciones solemnes, los “yo no sabía nada”, los “me enteré por la prensa” y esa vieja liturgia nacional del sorprendido profesional. Nadie vio nada, nadie firmó nada, nadie conocía a nadie. En España los expedientes se redactan solos, los contratos descienden del cielo como tablas «moisaicas» y las mordidas se autogestionan por arte de birlibirloque.
Lo admirable no es que roben algunos. Lo portentoso es la capacidad de tantos para fingir estupor cuando los trincan. Ponen cara de viudo reciente, voz de sacristán ultrajado y mirada de cordero ante ante matarife. Jurarían sobre una pila de BOE que jamás sospecharon nada irregular entre tanto perfume de urgencia y dinero exprés.
Y mientras tanto el contribuyente, que es ese animal lanar al que esquilan con regularidad británica, contempla la función pagando entrada, butaca, programa de mano y limpieza posterior del teatro. Porque aquí la corrupción no solo roba: además exige aplauso.





