Aturdidos por el arsenal de embustes, naderías e imposturas con el que en sesiones de mañana y tarde el Gobierno masajea los cerebros de los españoles a través de las Panzertelevisionen’ y del resto de terminales mediáticas, cualquier excentricidad a estas alturas tiene plazo y sitio para tomar su asiento.
Si un Sábado Santo, el 9 de abril de 1977, fue legalizado el PCE, otro Sábado Santo, 43 años y 2 días más tarde -ayer mismo-, el ministro anfitrión de la narcotraficante Delcy Rodríguez se tiró el rentoy en un BOE con una serie de pretendidas ayudas a la vivienda que, o bordean peligrosamente la inconstitucionalidad confiscatoria o, como poco, huelen a rancio bacalao trotsko-comunista de Cuaresma, como olería la taberna Casa Cornelio la tarde del 23 de julio de 1931… Bueno, aquel día quizás olería también a mierda después de los avisos de desalojo por parte de la artillería republicana antes de proceder al bombardeo.
Ante la nefasta y pseudocriminal gestión de los acontecimientos que estamos viviendo, uno puede volver la mirada al pasado y admirarse de que el progreso del siglo XXI no consistía en automóviles voladores sino en adoptar ante una epidemia idénticas medidas que en el siglo XVII. Pero también uno puede intentar, como trato de hacer yo ahora, dirigir la vista al futuro.
Sí, he viajado al futuro y he regresado de allí con una certeza: esto no acaba bien.
Sería largo de enumerar aquí todo lo que he visto durante ese paseo, pero, además, no creo que les hiciera mucha ilusión, de modo que permítanme resumirlo en un consejo: aplacen la boda, si pensaban casarse.
Más que nada porque el álbum de fotos no quedará ni medio bonito con los novios, el cura y todos los invitados con una mascarilla que les tape media cara, como si estuviesen en un congreso de cirujanos o integrados en un batallón de grafitteros a las órdenes de Alexandra del Bene.
Hay cambios de rumbo en la Historia que vienen precedidos de acontecimientos naturales asombrosos que los anuncian. Le sucedió a Hugo Chávez cuando el primer referéndum constituyente, que supuso el giro definitivo hacia el castrismo, al que acompañaron lluvias torrenciales que derribaron montañas enteras y borraron ciudades de los mapas en lo que se conoció como «la tragedia de Vargas».
Pero con el pacto socialcomunista entre Sánchez y el subcomandante, el tiempo de las premoniciones ha pasado y el de las admoniciones no atendidas casi que también, incluso en lo económico. Sólo nos van a quedar las maldiciones. Y son muchas.
El zurdismo en estos días quiere desprenderse a todo precio de las debacles que se le profetizaban empleando el despreciativo etiquetado del «capitán a posteriori». Pero hay que ser muy subnormal para calificar así a quienes durante años avisaron (avisamos) de las funestas consecuencias que acarrearían todas las derivas de la radicalidad y la extravagancia de una izquierda feminoide que incluso a Sánchez, y al 95% de los españoles, no le iban a dejar dormir. Su persona dixit.
¿O es que acaso no era previsible el disparate si nombras como ministra y condicionas la extensión de una pandemia al capricho obsesivo de una muchachita que celebra cumpleaños molones de ositos y merengues retransmitidos por Instagram desde el Ministerio?
¿No era fácil suponer que si nombras de ministro de pandemias a un profesor de Filosofía lo menos malo que te puede pasar es que te arrasen los dioses griegos?
¿Y acaso no era elemental que someter los designios de un mandato al frente del Estado a la indignidad de una señora que dice que eso no lo dijo el presidente porque cuando lo dijo no era presidente conduciría a un precipicio?
¿Y qué me dicen de poner en el Ministerio del Paro a una coliflor a la que le da la risa floja cuando tiene al 80% de la mano de obra de un país a punto de buscar empleo?
En fin, que ahí lo tienen, con las maquilladoras batiéndose a todo correr entre plano y plano del plasma para taparle las ojeras al resistente que se siente irresistible mientras ya no sabe dónde ni cómo barrer los muertos bajo las alfombras de la Moncloa.
A todo esto, de doña Bego no sabemos nada. Ni siquiera si ya ha vuelto a la Moncloa o si el resistente arrastra cada noche en soledad sus miasmas y las cadenas de fantasma sobre el colchón que le cambió a Rajoy.
Al menos ahora saben algo, ya lo he dicho: vengo de visitar el futuro, como un verdadero «capitán a priori». Y no acaba bien.
He dicho.





