Ataviados con una nueva guerrera, un ligero pantalón y su gorra de los almacenes de Pedro Roldán, los trabajadores del recinto de la Exposición afrontaban la llegada del verano de la Iberoamericana, el de 1929, apenas un mes y medio después de su inauguración. En el recinto aún había pabellones en construcción, como el de Chile, que se terminaría en agosto, y también los de Extremadura y Barcelona. Algunos, como el de Guatemala o el hórreo del pabellón de Asturias, ni habían sido diseñados; incluso aún estaban pendientes de designar los titulares de algunas delegaciones, como la extremeña o la de Castilla la Nueva.
La temporada comenzaba con el convencimiento de que no serían muchos los visitantes al recinto y con las expectativas puestas en un remonte para el otoño, sobre todo en el entorno del Día de la Raza, el 12 de octubre, para el que se preveía la presencia de Sus Majestades. El panorama se vio ennegrecido por la idea de que también serían pocas las visitas de los sevillanos, muy críticos con los precios de las entradas, pues las dos pesetas del billete ordinario resultaban excesivas para la mayoría. La situación era preocupante para todos; para la Comisión Permanente, que habría de rendir cuentas al Gobierno de los ingresos por la venta de entradas; para los propietarios de hoteles y fondas, y sobre todo para los empresarios de las instalaciones de restauración y servicios, muy especialmente por la gran inversión acometida, para Manuel Gancedo, concesionario del Parque de Atracciones.
Además de suspender la emisión de pases de favor, el Comité del certamen promovió la entrada con tarifa popular, la de cincuenta céntimos. Primero la aplicó los jueves; en agosto, también sábados y domingos. Para la temporada estival (hasta el 30 de septiembre) la ofertó a las asociaciones locales que compraran un número significativo; el Labradores y el Mercantil solicitaron diez mil. Además, estableció la Gran Noche Popular, los sábados, a partir de las nueve, con conciertos en diferentes puntos del recinto, donde había iluminación extraordinaria. La tarifa se aplicó también los Domingos Populares, de nueve de la mañana a nueve de la noche. Además, se reajustaron los horarios de los trenes de vuelta a Utrera, Morón de la Frontera y Marchena.
La afluencia de turistas a la ciudad tampoco resultó la esperada. Los alojamientos fueron progresivamente bajando de precio, muy significativamente los Hotelitos del Guadalquivir. El Gobernador Civil hubo de intervenir ante la aplicación de tarifas abusivas por parte de algunas fondas y hoteles del centro de la ciudad, que superaban incluso el cincuenta por ciento de lo establecido.
Los espacios
En este verano de pocos actos oficiales y sin actividades singulares, personas destacadas visitaron el recinto; la prensa las refería para incentivar la concurrencia y proyectar la imagen del certamen.
Por el retraso de los horarios y el clima la Exposición fue fundamentalmente nocturna. Aunque el recinto seguía abriendo a las nueve de la mañana, los pabellones solo lo hacían de siete de la tarde a las doce de la noche. En realidad, la ciudad se trastocaba; también se celebraban por la noche las reuniones de representantes institucionales, empresarios, artesanos, artistas y particulares que en el Ayuntamiento el alcalde Díaz Molero convocaba para tratar el asunto del homenaje en memoria de Aníbal González.
En junio, julio y agosto, las máximas medias mensuales fueron, respectivamente, 32.4, 36 y 35.2 grados, resultando ligeramente superiores a las medias de aquellos años, aunque en los agostos precedentes superaron la de 1929; las mínimas, 15.2, 17.6 y 17.7; las precipitaciones totales mensuales, 2.8, 36.1 (una alta pluviometría por algunas tormentas) y 0 litros por metro cuadrado.
Con estos calores, el abanico se convirtió en el souvenir más exitoso. Las legaciones americanas y las casas comerciales regalaban a sus invitados ejemplares personalizados con sus pabellones pintados a acuarela. Se vendían en los principales establecimientos de Sierpes: El Timbre, Casa Rubio y Casa Chapartegui. Tanto éxito tuvieron que Rubio y Chapartegui, comercializaron como novedad de la temporada siguiente unos “abanicos luminosos”, para lucir de noche, con diseños fluorescentes a doble cara, una dedicada a los pabellones y otra con la Giralda.

Abanico de obsequio a los visitantes especiales de la legación colombiana (colección Díaz).
Pronto, quedó patente que las salas de espectáculos de los pabellones no estaban adaptadas a los calores sevillanos. Alguna proyección del teatro del Pabellón de Argentina hubo de sacarse al patio. Mejor aguantaron las proyecciones vespertinas, a las siete, del Cinematógrafo del Pabellón de los Estados Unidos, situado donde la actual Biblioteca Infanta Elena, que tenía capacidad para 350 personas; incluso el 4 de julio, con motivo del Día de la Independencia de los Estados Unidos, hubo funciones extraordinarias acompañadas de fuegos artificiales y conciertos.
El Comité, afanado en promover el ocio nocturno al aire libre, instaló dos cinematógrafos en el recinto, a modo de cine de verano; uno en la avenida de Portugal, que proyectaba a las diez de la noche, y otro en el entorno del Casino, que lo hacía a las once. Para aprovechar los numerosos visitantes, que, atraídos por las degustaciones gratuitas de productos nacionales, iban al pabellón de Brasil, la legación instaló uno en la parte posterior de sus jardines, animado por una orchestrola, en el que proyectaban películas sobre el país, su naturaleza y sus industrias. A medio verano se instaló otro en el Parque de Atracciones por iniciativa de su concesionario.
El Comité también potenció los conciertos de las bandas locales en espacios abiertos, que tenían lugar a las once de la noche; los de la Banda Municipal (que dirigía Font de Anta) en la terraza del Pabellón de las Bellas Artes, en la Plaza de América; los de la Banda del Regimiento de Soria y ocasionalmente la del Regimiento de Granada, en la Plaza de los Conquistadores, en el Sector Sur. De este modo, aquel verano ambas plazas fueron los principales enclaves abiertos de esparcimiento, además, por supuesto, del Parque de Atracciones y mucho más ocasionalmente, la Glorieta de la Virgen de los Reyes, donde con “fiestas a la andaluza” se homenajeaba a visitantes especiales.

Acuarela de Povo titulada Plaza de los Conquistadores. Gran fuente y escalinata.

Acuarela de Povo titulada Galerías Comerciales y gran escalinata en el Sector Sur.
Los agasajos oficiales organizados por el Comité (o como homenaje a este por parte de las legaciones americanas) solían celebrarse en el Casino de la Exposición; sobre todo, vinos de honor y cenas, pues los almuerzos en el hall, por el excesivo calor que generaba su vidriera, eran muy contados. También en el Hotel Alfonso XIII donde, además de las reuniones del Comité Permanente, se celebraban bailes y bufés de homenaje y fiestas privadas.
En verano, el Casino y su bar abrían ininterrumpidamente de doce de la mañana a dos de la madrugada. De doce y media a tres de la tarde, en el restaurante se servían almuerzos a diez pesetas, y, de seis a ocho de la tarde, meriendas a tres pesetas con cincuenta céntimos, que los viernes consistían en “tés de moda”. Las cenas, entre siete y doce pesetas, se daban de nueve a once de la noche, siendo de gala la de los miércoles, con cubiertos a quince pesetas, sin vino. A partir de las once y hasta el cierre del establecimiento había cenas a la carta, según la prensa, a precios económicos.

Acuarela de Povo titulada Pabellón Sevilla. Vestíbulo y patio de entrada al Casino.
Las terrazas del Casino lo hacían muy atractivo para la alta sociedad sevillana, que gustaba de celebrar allí comidas, tés, bailes y fiestas benéficas, aunque iban pocos turistas. Por ello, al final del verano, con una nueva dirección, la oferta se hizo más internacional, con degustaciones de vinos andaluces, riojas y champán, dando tés todas las tardes, e instaurando un día de gala (el lunes) con “cenas a la americana” y cotillón parisino, amenizado por renombradas orquestas.

Acuarela de Povo titulada Pabellón Sevilla. Rotonda y gran terraza de fiestas.
En el Teatro de la Exposición
En el verano de 1929, el Teatro de la Exposición solo estuvo abierto hasta el 19 de julio. Ese día, con un lleno absoluto, favorecido por una tarifa popular, la Compañía de Casimiro Ortas Rodríguez, que llevaba en escena desde el 20 de junio, se despidió del público sevillano con “Serafín el pinturero o contra el querer no hay razones”, sainete lírico de Carlos Arniches y Juan G. Renovades, con música de los maestros Floguietti y Roig. Salvo alguna fiesta benéfica, cada día, a las once menos cuarto de la noche, hubo una representación teatral a cargo de la referida compañía, en cartel desde el 20 de junio, con obras de Carlos Arniches, Pedro Muñoz Seca y Pedro Pérez Fernández, y también de Antonio Paso y Antonio Estremera.

Acuarela de Povo titulada Pabellón Sevilla. Sala del Teatro.
En el último mes, la afluencia de público se redujo sustancialmente. Frente a los beneficios del primer mes y medio de la temporada (unas 19.000 ptas. del 30 de marzo al 6 de mayo), de la inauguración del certamen el 9 de mayo al fin de esta el 20 de julio, hubo un déficit de unas 2.200 ptas., sin duda por las inapropiadas condiciones del edificio; de hecho, al decir de la prensa “el regio tapizado, los cortinajes y los muelles de las butacas”, hacían insoportable la función, por mucho que el pase se retrasará a las once menos cuarto de la noche. Quizás por ello para las últimas funciones hubo una promoción a precios populares, con la butaca de patio, por ejemplo, a cuatro pesetas.
El Parque de Atracciones
Ante las expectativas de un verano con escasa afluencia de público al recinto, Manuel Gancedo, el concesionario del Parque de Atracciones del Sector Sur buscó alternativas para promover la venta de entradas y las visitas a la Gran Brasserie, el restaurante del parque, que ofertaba un cubierto económico a seis pesetas, vino incluido. Así instaló un cinematógrafo, hizo rifas de juguetes y consiguió del Comité que la tarifa de entrada al Parque de Atracciones los días populares fuera la popular para quienes accedieran desde fuera del recinto (por la puerta de la avenida Reina Victoria, la conocida como “Puerta de la Botella”) y gratis para quienes lo hicieran desde dentro, por las puertas de la Avenida de la Raza y de la Avenida de Luis Moliní.

Acuarela de Povo titulada Parque de Atracciones.
Lo más importante fueron las verbenas populares. Aunque no lo hizo para la Velá de San Juan, celebración que el Ayuntamiento llevaba desde 1916 intentando reactivar en el entorno de San Juan de la Palma, para las siguientes fiestas, de ocho de la tarde a tres de la madrugada, hora en que finalizaba el servicio de autobús, organizó una serie de verbenas con bailes populares, conciertos de la Banda Obrera de Sevilla y música de organillos: la Gran Verbena de San Pedro (28, 29 y 30 de junio), la Verbena de la Virgen del Carmen (16 y 17 de julio) y la de Gran Verbena de Santiago y Santa Ana (del 25 al 28 de julio). Como incentivo, con los números de las entradas se rifaban billetes de autobús, entradas para las atracciones y regalos proporcionados por establecimientos de la ciudad o por empresas con pabellón en el recinto (Calber, Sidra El Gaitero, Anís La Asturiana…); un auténtico reclamo para las clases populares que podían ganar desde polveras y porciones y latas de mantequilla y botellas de anís, a mantones de Manila. Para la Virgen de los Reyes también hubo rifa.
Pese a todo, los resultados no fueron los esperados y ante la escasa afluencia de público, a fin de evitar gastos innecesarios, el Comité se vio obligado a reducir con carácter provisional el personal de las puertas y vigilancia del Parque de Atracciones.
Las exhibiciones pirotécnicas
Poco público acudía al recinto a pesar de la bajada de los precios. Para la prensa: “Es inexplicable por qué no van los sevillanos a la Exposición. Algunas noches la entrada al recinto está al alcance de las más desafortunadas fortunas”… Solo hubo dos de verdadero éxito, las del 27 y, sobre todo, el 29 de julio, que lo fueron por las exhibiciones de pirotecnia artística portuguesa, de Viana do Castelo, en Plaza de los Conquistadores del Sector Sur. Entre las diversas firmas, destacaba la de José Antonio de Castro y Hno., una de las más renombradas del mundo. Para el periodista, el éxito de la primera exhibición demostraba que el retraimiento de los sevillanos podría “domarse” con fiestas y espectáculos. Aún mejor fue la noche del 29; la Exposición estaba “verdaderamente magnífica, llena de personas y de carruajes, sin el silencio y el vacío de otras noches. Las bandas de música y los altavoces de los stands comerciales ayudaban a la animación. Al decir de la prensa, solo se echó de menos el alumbrado extraordinario “que hubiera dado más realce y esplendor a la fiesta”.
La misma prensa que se quejaba de la escasa afluencia de público narraba quiénes, aquel verano, visitaron el recinto. Pero eso será objeto de otra publicación.






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Con imaginación,publicidad no engañosa y ofertas especiales se consiguió «salvar» la expo del 29, A VER SI APRENDEMOS DE NUESTROS MAYORES