«Vas a disfrutar…», le dice, paternal y sugerente, con la mascarilla puesta, el ministro a su sucesora, Carolina Darias, durante la toma de posesión de su nuevo cargo, como si el conde Drácula le hablase a su hijo justo antes de acceder al centro de donación de sangre del Hospital Virgen del Rocío o como si una suegra conversara con su inexperto yerno horas antes de la boda.
No habían pasado ni 24 horas desde que el jefe de ambos agradeció a Illa los servicios prestados y subrayara sobre todo que el ministro saliente «nunca presumió de sus aciertos», lo cual suena bastante lógico habida cuenta que no se le conoce ni uno sólo en la gestión de la crisis sanitaria. Pero claro, eso no quita para que el filósofo ministro hubiese podido presumir hasta de los aciertos que no tuvo.
Todo en el personaje es tan siniestro y a la vez tan contradictorio que no cabe descartar que el subministro, ahora candidato en las elecciones catalanas y por tanto fuera ya del aforamiento ante el Tribunal Supremo, haya incluso disfrutado durante el pasado año mirando encuestas electorales y olvidando las curvas y las cifras de las 80.000 muertes directamente atribuibles a su caótica gestión (la peor del mundo hasta para el NYT). Y con un colapso consecuente de la economía que no podremos arreglar al menos hasta dentro de una década ni con todas las ayudas europeas programadas.
A lo peor forma parte de su patología extraña, que le mantiene ese gesto entre cochero fúnebre y asesino en serie de película de Alfred Hitchcock, pero le descubriremos enseguida, cuando empiece el primer mitin y un Iceta cualquiera se le suba al estrado pegando saltos y grititos ochenteros con cualquier temazo pegamoide.
Y es que es muy tremendo que en una democracia medio seria pudiera presentarse con alguna expectativa razonable un candidato que acredite una gestión como la perpetrada por el sujeto.
Porque una cosa es que Iceta, «el estudioso de la política» que nunca estudió nada, sea designado ministro para ocupar una plaza que no precisa otro respaldo que el de quien lo nombra y otra muy distinta que quien conduce borracho y acumula un expediente de trompadas insoportable, se presente ante los ciudadanos como candidato a conducir el autobús escolar del pueblo.
Si a los constitucionalistas catalanes les importa tres puñetas que un tipo como Illa les gobierne, habría que concluir que la enfermedad que les aqueja y les habita en el cerebro es una tramontana incorregible que les ha echado a perder el seny y hasta el menos común de los sentidos.
Dicho todo esto, volvamos a lo que de verdad importa, que son los muertos que están vivos y que aún no saben que están muertos o nos falta poco. O sea, miremos al futuro, para contemplar que detrás de Pedro Sánchez sólo hay humo.
Como ya he advertido en otras ocasiones, la mejor manera de saberlo es escucharle repetir sus mantras incansables, porque en ellos se encuentra condensado todo el esfuerzo de Iván Redondo por definirle el mensaje del que carece por completo.
Recuérdese que se presentó a las elecciones con aquel artificio de juguete de Valeria, una muchacha que supuestamente había conocido unos días antes en León, o en Canarias, o en Valencia o en Extremadura, según el día, siempre de mediana edad y cuya profesión modificaba alegremente para adaptarla a alguna de sus demagogias. Hasta el brontosaurio del programa «Al rojo vivo» le desveló la infeliz matraca que nos dio con el invento.
Sin embargo, desde que tomó posesión este gobierno de la infamia, ahora hace un año, la masa crítica de lo que dice Sánchez se reduce a un automatismo hueco carente de significado pero que se enuncia como si se tratara de algo que todos conocemos de antemano.
Me refiero, claro está, a la solemne bobada de «la transición digital y ecológica», el agujero de un donut, el aire de un globo, una serendipia que no contiene nada dentro…, al menos hasta que alguien no defina de qué se trata y en qué se ocuparán en el futuro cinco millones de parados.
Algún día alguien le tendrá que decir a Sánchez que la transición digital y ecológica no existen, como aquella vez que Inés Arrimadas le gritaba a Quim Torra en el Parlament: «¡Que la república no existe, señor Torra!», y la una desde el atril y el otro desde su escaño se descojonaban de la risa, como sorprendidos con la obviedad del hallazgo. A partir de ahí el deshonroso Torra fue un cadáver y la fotocopia del ectoplasma de Puigdemont a un tiempo.
Aquellas risas resumían a la perfección el cuentecillo en el que alguien grita que «¡el Rey va desnudo!»… y desaparece de repente el sortilegio del boato y la sugestión del oropel inexistente.
El otro mantra de Sánchez es el de «la igualdad», que es apenas un bastón que le sostienen sus socios comunistas y que se agota en sí mismo, porque iguales somos todos cuando caminamos hacia un hospital infectados por el coronavirus o hacia una morgue. Y puede que las cifras de igualdad en Laos sean excelentes, pero todo el mundo escogería vivir en Londres, donde las cifras de desigualdad serán monumentales pero donde se puede comer y vivir en libertad el resto de tu vida.
He dicho.





