
Por medio de estas páginas pretendo rescatar del pasado a otra figura histórica en aras de poner en valor (con sus luces y sombras) sus aportaciones: la de un hombre campechano que destacaba por su bigote característico de la Restauración y que se convirtió en el procurador más liberal del Franquismo.
Eduardo Tarragona (1917-2007) nació en el seno de una familia acomodada, hijo de un ingeniero industrial y nieto del terrateniente más rico de la comarca. Durante la Segunda República, militó en la CEDA y luego, combatió en la Guerra Civil en el bando sublevado, convirtiéndose posteriormente en vocal de la rama del metal del Sindicato Vertical, y en el marco de la autarquía de la posguerra (que no importaba bienes ya fabricados en España), le interesaba que se aplicase la Ley de Protección de Industrias Nacionales, logrando que los rodamientos de bola fuesen incluidos entre los bienes no exportables, detalle que denota que la meritocracia del primer Franquismo consistía en saber intervenir políticamente para que la legislación se modificase en beneficio propio.
Tarragona se convirtió posteriormente en un propietario de una empresa de muebles (económicos, para más señas), recibiendo una gran influencia ideológica de la Doctrina Social de la Iglesia, en concreto, de la encíclica “Mater et Magistra” de Juan XXIII, abogando por que los trabajadores se convirtiesen en accionistas de las empresas, con un pensamiento claramente popularista al propugnar la convivencia armónica entre clases sociales, motivo por el que defendió la Gran Sociedad de Johnson como modelo a imitar.
Fue elegido procurador en Cortes en 1967 bajo el lema “Qui diu al pa pa i al vi, vi” (“Quien dice al pan pan y al vino, vino”), un eslogan que lo presentaba como alguien que hablaba claro y sin pelos en la lengua, haciendo campaña en español y en catalán, de modo que al ser elegido fue el único diputado franquista abiertamente catalanista, ya que pedía el reconocimiento expreso de la “personalidad histórica de Cataluña”, que un ministerio tuviese su sede en Cataluña y que la región tuviese Mossos d´Esquadra, además de denunciar lo que consideraba “discriminación” hacia Cataluña, lo que le granjeó más de 400.000 votos (el 50 %), convirtiéndose en el procurador más votado de España, superando, además, en 118.000 sufragios a Samaranch, candidato oficialista.
El destacado procurador se caracterizó por un discurso populista en el que decía representar a la “mayoría silenciosa” y dar voz a los problemas reales del “hombre de la calle” y el “ciudadano olvidado”, presentándose como un patriota que se preocupaba por los desfavorecidos porque, al ser rico, ya no necesitaba dinero ni reconocimiento, actuando en su lugar de manera abnegada. En este sentido, utilizando términos más contemporáneos, era un candidato “anti-casta”, ya que señalaba que sólo se podía democratizar el régimen por medio de un outsider que no formara parte del sistema.
Su discurso era poco ideologizado y con un fuerte componente social, con propuestas que giraban en torno a la construcción de nuevas escuelas, viviendas y hospitales, una reforma fiscal que hiciese los impuestos progresivos y redistributivos, enseñanza gratuita desde primaria hasta la Universidad, incremento de los salarios, construcción de VPO, creación de un sindicato desvinculado de los empresarios y lucha contra el fraude fiscal de las clases altas, que hacía que el gobierno exprimiera a las clases medias.
Por su discurso social y regionalista, un informe del Gobierno Civil de Barcelona le tenía fichado como “rojo separatista”, y cuando se lo dijo a Franco, éste le contestó: “Usted no haga caso, ya sé que no lo es”. En este sentido, en 1976 él se situaba ideológicamente a la izquierda de la derecha y a la derecha de la izquierda, pues era un centrista democratacristiano, estando adscrito al ala izquierda de la Democracia Cristiana, evolucionando posteriormente a posiciones más liberales en el plano económico al unir a su discurso social la defensa de la libre empresa y la libre elección de médico y hospital, sin dejar por ello de ser centrista, en este caso socioliberal.
Como procurador propuso en 1968 convertir el 18 de Julio en un Día de la Concordia y permitir que los exiliados volviesen a España, además de ser uno de los pocos integrantes de las Cortes que votó en contra de la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco a título de Rey, ya que no estaba de acuerdo en la forma que se hizo: desde arriba y sin consultarlo al pueblo.
A pesar de que hizo mucho, sus propuestas no eran tenidas en cuenta, diciendo abiertamente que su trabajo no servía de nada, ya que de un total de 58 escritos que presentó al gobierno, sólo le respondieron a uno, de modo que de manera coherente renunció a su escaño en 1969, volviendo a presentarse dos años después.
En un ejercicio de transparencia fue uno de los pocos diputados que publicó el dinero que le había costado su campaña (casi siete millones de pesetas), haciendo declaraciones que antes eran impensables al defender la necesidad de partidos políticos en 1973, que las sanciones de la Ley de Prensa no tuviesen carácter ejecutivo y se suspendiesen hasta que las confirmasen los tribunales, además de decir que el gobierno representa a la extrema-derecha sin que el resto del espectro político estuviese canalizado en el Parlamento como en las democracias occidentales.
Cabe añadir que Eduardo Tarragona fue un político moderno no sólo en las ideas que defendía sino en sus formas, ya que era muy anglófilo y recibía en su oficina a los residentes de la provincia para que le expusiesen sus problemas y hacía una campaña americana, dando cinco mítines diarios y concentrándose en las zonas obreras del área metropolitana de Barcelona, presentando su candidatura por medio de firmas populares y sorteando las irregularidades en favor de los candidatos oficialistas y los obstáculos que le pusieron algunos alcaldes franquistas. Por dicho motivo, tenía legitimidad democrática al haber sido votado, enfrentándose al gobierno en aras de intentar cumplir sus promesas.
Era un aperturista que trataba de democratizar el régimen desde dentro, que no cuestionaba la legitimidad de origen del Franquismo sino su ejercicio, siendo una oposición al sistema dentro de los límites del mismo, ya que los avances económicos y sociales de la década de 1960 ampliaron los márgenes de tolerancia, dando acceso a la arena política a alguien que apelaba abiertamente a la reforma democrática y la reconciliación nacional, aunque teniendo los medios para neutralizarle. En este sentido, el propio Tarragona se definía al estilo británico como la “Leal Oposición de Su Majestad”.
En el marco de la Ley de Asociaciones de Arias Navarro, el procurador reformista creó la Asociación Cívica Catalana, del mismo modo que formó parte del Club Ágora, que Fraga creó en 1973, y a pesar de ser afín a Alianza Popular, en las primeras elecciones democráticas de 1977 se presentó como candidato independiente al Congreso sin lograr representación, un error que él mismo comentó en varias ocasiones, pues de haberse presentado al Senado (al ser un sistema de listas abiertas y no operar el llamado voto útil), sus 400.000 votos le habrían proporcionado escaño, y a pesar de que siempre apeló a los humildes y hacía propuestas orientadas hacia ellos, su voto siempre se le resistió, siendo apoyado en su lugar por las clases medias y altas.
En 1979, formó parte de Cataluña Democrática, la filial catalana de Coalición Democrática, la marca bajo la que AP se presentó a las generales de dicho año con otras formaciones menores de centro-derecha escindidas de UCD.
Cabe añadir que además de procurador en dos mandatos (1967-1969 y 1971-1977), fue a su vez concejal del Ayuntamiento de Barcelona entre 1973-1979, siendo cuñado de Joaquín Viola, que fue alcalde de la ciudad condal entre 1975-1976, bajo un mandato efímero, aunque muy impopular, de hecho, en su primera visita a Cataluña, tuvo que recibir al Rey en medio de una huelga de funcionarios (policías y bomberos incluidos).
Tarragona , que calificó como “antisocial” la labor de su cuñado, no se hablaba con éste como consecuencia de un largo pleito civil, y cabe añadir que Viola, al igual que éste se había caracterizado por su tendencia catalanista, de hecho, durante el debate de la Ley General de Educación de Villar Palasí defendió el catalán en la enseñanza, en 1972 propuso regionalizar las cuatro Diputaciones catalanas dándoles competencias y permitir que los nombres en catalán se inscribiesen en el Registro Civil, aunque como demostró en su etapa como alcalde, Viola era similar a Arias Navarro: un político tímidamente aperturista que, ante el rechazo de los inmovilistas, se enrocó en una posición dura.
Tras su marcha de la alcaldía, el cuñado de Tarragona se presentó al igual que éste a las elecciones generales, en su caso, al Senado bajo las siglas de Unión Leridiana, una formación que él mismo creó. No obstante, su final estuvo marcado por la tragedia, ya que, en 1978, fue asesinado por los terroristas de Terra Lliure, que le colocaron una bomba en el pecho y al ser defectuosa, explotó poco después, decapitándole en el acto y dejando a su esposa con el cráneo abierto.
A pesar de su nula relación personal, Tarragona (afectado por la tragedia), fue al domicilio de su cuñado junto a su esposa el mismo día de los hechos.
Tras un tiempo alejado de la política, el ex procurador se presentó como candidato al Congreso (número dos por Barcelona) de Alianza Popular en calidad de independiente a las generales de 1982, siendo elegido diputado, señalando que AP no era su partido ideal (lo que apuntaba a que ideológicamente estaba más cerca del CDS de Suárez), pero era pragmático al unirse a sus filas al tener posibilidades de conseguir representación y de ese modo poder llevar al Congreso sus propuestas sobre jubilados, discapacitados y vivienda, de hecho, manifestó su disconformidad con algunos planteamientos del partido como su apoyo a la pena de muerte, que él rechazaba.
Durante la campaña llevaba pistola al estar en una lista del GRAPO, que pretendía asesinarle, de modo que nunca se sentaba de espaldas en un lugar público, ni al lado de las ventanas y la mitad de la semana ni siquiera dormía en su casa.
En su nueva etapa como diputado fue noticia porque en 1984 salvó a una anciana atrapada en el interior de un coche en llamas, bajándose de su vehículo en la autopista entre Tarragona y Barcelona para socorrerla, del mismo modo que destacó por oponerse a una resolución de las Nuevas Generaciones de Cataluña que definía la región como una “nación cultural e histórica”, algo que él rechazaba al ser regionalista y no nacionalista.
Se retiró de la política al término de la legislatura en 1986, pero poco después intentó volver, ofreciéndose para ser candidato de AP a la alcaldía de Barcelona a las municipales de 1987 (en esta ocasión comprometiéndose a afiliarse), con la condición de que Jorge Fernández Díaz dimitiese como presidente provincial del partido, propugnado una democratización interna de la formación para que votasen los bases, sin lograr ninguno de los tres objetivos, de modo que en 1989, de manera sorpresiva para propios y extraños se afilió al CDS, que en aquella época hacía una política muy agresiva de fichajes, contando tanto con un antiguo franquista (aunque muy aperturista) que venía de AP como el propio Tarragona como con un comunista como Tamames.
La militancia de Tarragona en el partido de Suárez fue muy efímera, pues apenas un año después propuso (sin éxito) crear un partido agrarista que compitiese con el PP, algo que no debe extrañar, ya que en 1977, cuando el ex procurador sonó para presentarse por Izquierda Democrática de Cataluña (de tendencia socialdemócrata) y el periódico El País le preguntó al respecto, dijo que ni confirmaba ni desmentía, con movimientos zigzagueantes que alimentaban las tesis de sus detractores, que lo consideraban un oportunista.
Con partidarios y enemigos acérrimos, un político con una mentalidad socialmente avanzada a su época que siempre sacó los pies del plato.
Fuentes:
Giaime Pala, “Aperturismo y populismo. La figura política de Eduardo Tarragona en la España franquista”, Historia Social, núm. 98, 2020, pp. 61-80
Hemeroteca de El País.
Hemeroteca de La Vaguardia.





