Tras varios intentos electorales, el nuevo partido que por fin aglutinaba bajo unas mismas siglas a todas las fuerzas progresistas conquistó el ansiado cielo de la mayoría absoluta para gobernar en solitario. En pocas semanas comenzaron a revolverlo todo, y como uno de sus más ardientes objetivos fuera imponer un profundo laicismo en una sociedad que ya estaba tan cocida como la rana del cuento, dirigieron sus primeras actuaciones hacia una reforma sustancial de la Semana Santa, que identificaban con el máximo exponente cultural de la carcundia católica más casposa y antimoderna. Pero como tontos no eran, asumiendo que la fiesta significaba una fuente irrenunciable de ingresos para las arcas públicas, cuya eliminación les hubiera resultado muy perjudicial, el nuevo Gobierno buscó primordialmente integrar y conciliar a todas las culturas, religiones, creencias e increencias.
Para ello, la primera medida fue que, durante las celebraciones semanasanteras, las catedrales serían compartidas preferentemente con los hermanos musulmanes y sus islámicas hermandades, que para entonces habían florecido extraordinariamente y a su modo también procesionaban por las calles. Esto se hacía además como desagravio por la expulsión que padecieron siglos ha por los fachosos Reyes Católicos, cuya política ahora era reprobada incluso por altas instancias de la órbita vaticana. Y como muestra de la tolerancia absoluta que bajo el nuevo Gobierno debería imperar, y para desactivar la carga católica que aún retenía la festividad, no sólo los creyentes de cualquier religión y los agnósticos de todas ellas podrían disponer del uso catedralicio, sino que hasta los más rabiosos ateos disfrutarían de una jornada en que pudieran proferir por su interior todo tipo de blasfemias e imprecaciones, siempre que se dirigiesen contra el Dios de los cristianos.
Asimismo, y por considerarlo contrario al pacifismo, se suprimirían los uniformes de aspecto paramilitar en las tradicionales bandas de música que acompañaban a las Hermandades, con la excepción de la boina chavista, que pasaría a convertirse en pieza simbólica obligada en la vestimenta de todas las formaciones musicales; como obligatoria también sería la interpretación a la entrada y salida de todos los pasos de la nueva marcha oficial, el «Imagine» de John Lennon, seguida del lanzamiento de ositos de peluche. Y como para entonces sólo quedaba como «industria» boyante el denostado turismo, otra novedad importante fue el fomento de la participación activa de los guiris en todas las procesiones, facilitándoles costales y capirotes para hacerse simpáticos selfis e invitándoles a cantar saetas en sus respectivas lenguas, etc. Por fin la rancia y ancestral Semana Santa quedaría convertida en una fiesta progresista, laicista y abierta a todas las culturas y religiones, creencias e increencias.
En cualquier caso, lo más sorprendente fue la escasez de voces que se alzaron contra estos innovadores cambios, y que fueran muy escasos quienes se atrevieran a rechazarlos calificándolos de disparatados desatinos y sarcásticos esperpentos. Y no menor sorpresa causó el hecho de que, a más de una jerarquía eclesiástica y cofradiera les faltase tiempo para adherirse y aplaudir con entusiasmo toda aquella «revolucionaria liturgia», afirmando que ahora sí que se trataba de una auténtica y sincera Semana Santa concebida desde el respeto a la pluralidad y diversidad de todos y todas. Estaban ya dispuestos a tragarse cualquier cosa con tal de que les concedieran la indulgencia de sobrevivir y mantener la dudosa dignidad de sus carguitos.





