El pasodoble “Plaza de la Maestranza”, que el Domingo de Resurrección se quedó en el cajón, sonó de la forma torera que suena en “la plaza más bonita que hay en el mundo”, que cantaba Paco Palacios el Pali desde su silla de la calle Aduana. Era la hora y los aficionados estaban con la vista puesta en el portón de tories, mientas que el público terminaba de buscar su lugar.
—Que hay que llegar antes, señores… que no se puede ni se debe esperar a última hora para entrar en la plaza.
Las banderas no ondeaban sobre el palco del Príncipe, sino que se agarraban al mástil como nosotros nos agarrábamos a la ilusión de una de las tardes grandes de este serial de la Feria de Abril torera.
Siete en punto de la tarde. Pañuelo fuera y empieza la tarde de toros. Y nosotros, pobres aficionado a los toros, vamos tomando notas, como los antiguos revisteros del siglo XIX, que les dejamos aquí:
Primero: “Teinta y dos” tiene de nombre el primero de la tarde. Colorao, ojo de perdiz, botinero y atacaíto de kilos. Morante lo recoge en el tercio con el compás abierto, templando las muñecas, sin prisas, esperándolo. Sin velocidades ni carreras. Algunos, equivocadamente, protestan al toro. José Antonio codillea en el embroque con el capote, las manoletinas clavadas, como los clavos de Cristo, en el albero, rematando, entre las dos rayas, con una larga a una mano. Todo ha sucedido despacio, muy despacio, como si las agujas del reloj se hubieran detenido, como los pasos de palio en el palquillo de La Campana. El de la Puebla deja claro que en el ruedo manda él, que todos los terrenos son suyos. Lleva al toro al caballo por chicuelinas con olor a los Hércules de la Alameda, más quieto que un junco. Lo deja en el caballo con una media que no es media, sino media y cuarto, que canta Sabina. Primer puyazo largo. El toro se duerme en el peto, aunque mete la cara abajo. Dos verónicas lentas, a cámara lenta, y una media redonda, interminable. ¿Una media interminable? Pues sí. Así es, “las cosas de las cosas”, que diría El Paula. Segundo puyazo y el toro cumple, sin más. Muy bien lidiado por Juan José Domínguez, que con el capote da salida y entrada al de Domingo Hernández. Entra al quite de Juan Ortega: delantales a pies juntos. Tres y la media. El toro pierde las manos. En banderillas, el toro busca los adentros. Suenan los clarines como si sonara Amargura en San Juan de la Palma. José Antonio, con la montera de José en la derecha y la muleta plegada en la izquierda, como Pepe Luis. No brinda el toro, que ya está con la lengua fuera, apuntando que se va a agotar en breve. José Antonio lo recibe al hilo de las tablas con pases por alto, con los pies juntos. Un molinete que recuerda a Juan de cartel y un derechazo dormido, abandonado. Cambia la muleta por la espalda. Las cosas de José, el de Gelves, que sigue soñando con revivir en Talavera. Saca al toro a los medios como si se comiera un yogurt natural. El torero se cruza al pitón contrario y dándole sitio lo cita con la muleta montada. Acorta las distancias, en plan Ojeda. Cinco derechazos y un pase de pecho sin coscarse. Suena la música. Un kirikikí para dejarlo en suerte. Se echa la muleta a la mano de los cortitjos. Le baja la mano y el toro no responde. José Antonio lo abaniquea para alegrar la embestida. Una tanda limpia por naturales acompañando el viaje con el pecho. Naturales templados, largos, ajustados… no se puede torear mejor. El toro está con el hocico en el albero, pero Morante se faja con él. Pases de pecho hondos, profundos. Vuelve a la mano derecha, la espada montada. La mano izquierda airosa, a lo Antonio Ordóñez. Cuatro derechazos y el toro lo atropella con los cuartos traseros. Y el maestro le coge el pitón, a lo Gómez Ortega. De Ordóñez a José en un suspiro. Y se va por la espada. Siempre lo justo, la medida. El toro, falto de raza y de fuerzas. Y él que lo sabe, ha hecho lo que tenía que hacer. Si noble es el cigarrero, igual de noble ha sido el toro. Natural desmayado a pies juntos, como el Torta por soleá. Otro natural a pies juntos, cosas de Agujetas. Otro, Terremoto el del barrio de Santiago. Otro, El Paula… y otro… Manolo Vázquez aquella tarde de la despedida, que San Bernardo sigue siendo San Bernardo. Lo cuadra en la suerte contraria. Pinchazo, que se veía venir. Al segundo descabello el toro dobla las manos y es apuntillado. Ovación.
Segundo: Una decena de verónicas de Juan Ortega y una media eterna. El toro, astiblanco y negro zaíno, quiere irse pero el capote del torero lo asujeta. El toro está loco por irse, por rehuir la pelea. En el primer puyazo empuja con el pitón izquierdo y se va de najas. Mala cosa. El toro siempre se lo piensa y sabe por dónde va la cosa. En el segundo puyazo hace una pelea de toro con pocas fuerzas y menos ganas de embestir. El quite que le hace el matador es limpio pero sin gloria. Juan Ortega brinda el toro a una joven que está en un tendido de sombra de la plaza y, conociendo a Ortega, no nos atrevemos a dar su nombre. Juan se saca al toro con muletazos por bajo, pero el toro va perdiendo celo pase a pase. En la primera tanda con la derecha ni el toro puede ni el torero lo lleva. Segunda tanda con la zurda con el unipase. El toro va, pero Ortega no termina de ajustarse. Además, el morlaco se revuelve y el matador pierde confianza. Aunque se relaja en los derechazos, no termina de ajustarse ni cruzarse con el toro. Entra a matar en la suerte natural y estocada, algo desprendida. Ovación, que el personal ha ido a la plaza a pasarlo bien.
Tercero: Toro engatillado, negro zaíno. Gazaponcete. No hace caso a los trapos. Tras un espaldarazo, Pablo Aguado lo torea a la verónica. Entra al caballo al relance. Puyazo trasero y muy caído. Mala lidia. Segundo puyazo en el caballo que guarda puerta. El toro espera y mide en banderillas. Pablo no brinda el toro y lo recibe en los adentros, doblándose por abajo, rodilla en tierra, rematando con clase y con temple. El toro está loco por cantar la gallina y Aguado lo asujeta en el tercio, dándole coba, aunque el de Domingo Hernández busca siempre la salida tras cada muletazo. El matador lo lleva a media alturita y el toro protesta menos. Naturalidad al natural, dejando y tragando, aprovechando la inercia del toro y rematando con un pase de la firma. El gusto y el temple le está dando categoría a la faena. Torería. Bien Pablo, consintiéndole mucho y templando más de lo que el toro merece. Remata con un ayudado por alto, un molinete y un ayudado por bajo de la calle Castilla. Lo pincha tres veces en la suerte contraria, en la puerta de chiqueros, donde el toro buscaba la querencia y va a encontrar la muerte. A la cuarta ocasión, estocada casi entera. Ovación.
Cuarto: Bodeguero se llama el toro. Bajito y también coniblanco. José Antonio lo recibe en plan Ordóñez: rodilla genuflexa, en tierra. Llama al toro y le pega cuatro largas lagatijeras con la pureza única de la que él es capaz. Cada una de ellas con la mano de torear. Lo (casi) nunca visto. Remata con una media de El Pasmo. Suena la música. Ole. El toro entra al relance al caballo con un puyazo traserito. Segundo puyazo caído. Tras un tercio de banderillas sin pena ni gloria, el matador recibe al toro con cuatro ayudados por alto barriéndole el lomo al de Salamanca. En los medios, donde torean los toreros valientes, le regala al toro una serie de seis derechazos profundos y de verdad. Sin coscarse del sitio. El toro es mirón y curiosón, pero al de la Puebla del Río le importa un pito. Chillan lo vencejos en el Baratillo. José Antonio se faja con el morlaco. Pase del desprecio a pies juntos. Muleta en la mano izquierda: uno, dos —el unipase—, tres, cuatro, cinco por alto. El remate con el de pecho, desde la punta de los pitones a la penca del rabo. Y de nuevo la muleta en la mano derecha. Dos derechazos, pinturerías a una mano y el remate gallista. Y anda, asopla que quema… Lo coloca en la suerte natural. El toro distraído. Estoconazo y la gorra de plato de un arenero que vuela para hacerle el quite, que el toro al sentir la muerte huele la sangre. El animal se echa al hilo de las tablas. Los pañuelos blancos llenan los tendidos. Dos orejas a ley.
Quinto: Le toca la música a Ortega con el capote. Me empieza gustar este torero, aunque sigo sin ver la grandeza de la que me hablan unos y otros. Torea con el mando que es torear. Chicuelinas muy ceñidas y a compás, metiendo la cadera en los lomos del toro. Dos puyazos para cumplir y “dejármelo crudo”. Siguen cantando los vencejos en el cielo del Arenal. Pablo Aguado hace un quite en plan Manolo González. Qué me gusta este torero cuando se pone en ese plan. Juan Ortega, de azul cielo y plata, brinda al público desde la boca de riego. Comienza sacando el toro con la mano izquierda con ayudados por alto, un natural desmayado y un pase de pecho largo, larguísimo. Comienza la faena con la mano derecha, por fuera de las dos rayas, sin ligar, que el toro no lo permite, pero profundos. Otra tanda con la derecha, ajustada y tragando los parones del toro. Cambiándose de pitón, pidiendo sitio. El toro se acaba, se acaba, y protesta ante la franela. Con la izquierda lo coge en corto, pero así es muy difícil templar. El toro lo desarma y toda la plaza es un ay. Entra a matar en la suerte contraria y el toro no está con él. Entra a matar de nuevo y deja una estocada arriba que hace doblar al bruto. Ovación.
Sexto: Aguado recibe al último toro de la tarde tragándole mucho. El animal se guarda las fuerzas y lo que venga bien. El negro zaíno no da buenas señales, pero la ilusión es lo último que se pierde, como la Esperanza cuando pasa por la calle Parras. A ver… Enorme par de banderillas de Iván García, cuadrando en la cara y teniendo que tomar el olivo porque el gachón aprieta para los adentros. Se destoca el subalterno, que la verdad es verdad y la afición de Sevilla sabe ver esas cosas. Y no hay más. Pablo Aguado lo recibe con la muleta por bajo, con las rodillas rondeñas. Ya fuera de las dos rayas lo cita con la derecha y el toro se queda corto y gazapea, buscando la presa. Pero Aguado lo sigue intentando, tragándole. Y que sea lo que Dios quiera. El toro es protestón y el torero quereor. Combinación peligrosa para los muslos del matador. El toro escarba en el albero de Alcalá y recula. El hombre le ha ganado la partida al animal, que se acobarda a las primeras de cambio. Por el pitón izquierdo ni chicha ni limoná. Nastideplasti, que cantaban los Pata Negra. Pinchazo en el primer intento y estocada suelta y tendida en el segundo. Otra ovación, que la gente no quiere disgustar a nadie.
Han pasado dos horas y media y nos vamos a casa con el paladar gustoso, con la verdad del toreo que Morante nos ha dejado en la memoria. Hombre y torero. Y es que es verdad que “se torea como se es”. Y dirá el cigarrero… “y como se está”. Y nosotros estamos felices.
Postdata: El uno de mayo trae luto a los lomos a la ciudad, que tal día como ayer murió, en el ruedo mismo de la Maestranza, el banderillero valenciano Manolo Montoliu, al salir de colocar un par de banderillas al primer toro de aquella tarde de 1992, de nombre Cubatisto. Muchos toreros no quieren ni escuchar mentar estas cosas. La mayoría. Pero la historia es la historia y debería haberse guardado un minuto de silencio en la plaza antes de que hubiera roto el paseíllo. Los detalles son fundamentales. Y más en el mundo del toro, tan pegado a la tradición. Y más en Sevilla.





