Nos han tocado tiempos muy interesantes. Somos muchos los ciudadanos de Occidente que habíamos perdido la esperanza de llegar a vivir unos momentos tan interesantes como los que estamos viviendo en la actualidad. Y tan esperanzadores. Aunque también esa esperanza esté amenazada por miedos y riesgos inmensos, que proceden de muchos frentes. Pero hoy me voy a referir al peligro que suponen esos que podríamos denominar “puritanos”, que son quienes con su afán de pureza sectaria son capaces de abortar toda oportunidad de cambio, poniendo el parche antes de que se abra la herida.
Seamos sinceros: la gran esperanza de cambio que se vislumbra en el horizonte no depende de los méritos de nuestros correligionarios, sino más bien de los deméritos y de los excesos del enemigo. Porque sí: hay que llamarlos enemigos. Las enormes expectativas que suponen la irrupción de Trump y el auge de la “derecha consecuente” en Europa no se debe, en mi opinión, a la perfección de sus líderes, ni a su capacidad de seducción ni a su elegancia argumentativa. Se debe, casi en exclusividad, a los excesos de una izquierda enloquecida: una izquierda empeñada en acabar con la prosperidad a través del alarmismo climático; una izquierda obsesionada por machacar lo que queda de la familia y de la natalidad, por medio de la ideología de género; una izquierda comprometida de forma militante en acabar con la identidad de nuestras patrias, a través de la inmigración masiva y la colaboración activa con el islamismo radical. Para colmo, esa izquierda en España es, además de lo ya dicho, corrupta como en una película de Torrente, antinacional, partidaria de la censura y amiga de todo terrorismo imaginable.
Por otro lado, en Alemania se acaba de comprobar una vez más lo mismo que el Partido Popular lleva tiempo empeñado en demostrar en nuestro país: que la “derecha” convencional, antaño democristiana, forma parte del problema, por mucho que algunos se quieran hacer ilusiones con personajes dopados por la prensa apesebrada, como Ayuso o como Cayetana. Ojalá Abascal tuviera al menos la décima parte de atención de la que prestan los medios a esos personajes irrelevantes. Pero insisto: no es que nosotros seamos “perfectos”; es que ellos son tan necios, han hecho tanto daño y están tan enemistados con el sentido común, que Occidente necesita imperiosamente un cambio de rumbo antes de que se produzca un colapso civilizacional que nos podría venir por varias vías.
Pues bien: en ese contexto de desorientación general tenemos la guerra de Ucrania, que es un feo asunto heredado del derribo improvisado de aquel misterioso entramado que constituía la Unión Soviética, antes Imperio ruso. En un ejercicio de ingenuidad podemos creer la ficción de que Rusia y Ucrania son dos naciones de cultura europea, dotadas de fronteras seculares, con entidades semejantes a las de cualquier país occidental. Pero basta con rascar un poquito en la historia para saber que hay allí una herencia de siglos de autocracias, de putines y rasputines, de holodomores, de zares y maidanes que les hacen propensos a solucionar los problemas usando el kalashnikov. O la ojiva nuclear. Y lo que estoy diciendo es puro realismo, no cinismo. Ojalá tuviéramos el músculo militar para ser la policía del mundo. Pero no lo tenemos y aunque lo tuviéramos, se trata de una realidad que desborda toda capacidad de intervención.
Sin embargo, todos hemos visto cómo, en febrero de 2024, el tirano Putin atacó violentamente lo que seguramente sigue considerando como una parte de su imperio momentáneamente desgajada. En ese contexto de injustificada agresión, Europa hizo casi lo peor que podía hacer: le dio la razón al turbio Zelenski y le animó a resistir a su chulesco invasor; pero se dedicó a financiar a su enemigo comprando cantidades ingentes de gas ruso. Es la estrategia suicida de una Europa nihilista y entregada al postureo: ni una mala palabra ni una buena acción.
La resistencia bélica que está ofreciendo Ucrania se debe, sin duda, al sacrificio del pueblo ucraniano y al esfuerzo de su ejército. Pero no nos engañemos: el que ha pagado la factura hasta ahora ha sido el Tío Sam, el contribuyente americano que no tiene bastante con defender a los parásitos europeos (que se escudan en la OTAN), sino que se ve obligada a intervenir en medio mundo cuando los crímenes de los monstruos que pululan por doquier se pasan demasiado de la raya. Los europeos somos tan finos y tan progresistas que preferimos que nos defiendan otros, por si después hay muertos colaterales poder echarles la culpa a los que ponen los dólares y los muertos.
Y en esto que aparece Donald Trump, que es un recién llegado, que no tiene culpa de nada de lo que ha pasado y se le ocurre preguntarle a Zelenski dónde está parte del dinero que los Estados Unidos le ha dado, ya que, al parecer, entre bomba y bomba, alguna partida se ha perdido en el camino. Y en una extraña entrevista transmitida en directo, le explica que es mejor poner fin de forma negociada a una guerra que no tiene visos de que ninguno de los dos contendientes puede ganar. ¡Y resulta que el malo de la película es ahora Trump!
Muchos de esos “puritanos” -incluyendo conservadores y liberales exquisitos- se han instalado en el marco mental definitivo que supuso la II Guerra Mundial y al que pretenden ajustar toda la realidad internacional presente y futura, cual “lecho de Procusto”. En dicho esquema, Putin juega el papel de Hitler, es decir, el mal absoluto. Zelenski representa a Raczkiewicz, una pobre víctima del totalitarismo. Trump es una especie de Chamberlein con los modales de un sheriff corrupto del Medio Oeste. Y Von der Layen pretende ser ahora la nueva Churchill, llamando a la resistencia heroica y abriéndose a la posibilidad de mandar jóvenes europeos a dar su vida por el Dombás o por las fértiles llanuras regadas por el Dniéper, mientras ella llora por su pony. Los mismos que hace unos meses querían abolir el Ministerio de Defensa ahora pretenden que nuestros jóvenes sean reclutados como nuevos cosacos vengadores, aplicando el veredicto que ya dictó Serrano Súñer: “Rusia es culpable”.
¿No sería más sensato esperar a ver qué arreglo es capaz de proponer Don Donaldo?
Y, por otro lado, sí, es verdad: hace falta reforzar nuestro ejército; lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo. Pero para que defienda la frontera nuestra, que está desguarnecida. Sobre todo, por el sur.






1 Comment
Ucrania y Rusia son de origen eslavo. Tienen costumbres, tradiciones y valores que los hispanos suelen no compartir. Entonces para qué los españoles deberían involucrarse con fronteras ajenas en guerra, teniendo verdadera urgencia con las de su propio Sur. Los ancestros siempre estuvieron atentos por aquello de «Hay moros en la costa».
Acertada opinión de Macario Valpuesta. Un saludo al autor.