La última ratio concluyente para la consideración de un adulto podríamos situarla en el ejercicio más o menos prudente del «ordeno y mando». Quiero decir que cada vez que un psicópata o alguien con rasgos de carácter propensos a la pubertad o a la adolescencia asumió una parcela de poder que le posibilitaba ordenar o imponer algo al resto, lo que surgió siempre fue una injustificable arbitrariedad y una caprichosería generalmente disparatada y peligrosa.
Así, Calígula podía nombrar cónsul a su caballo y Adolf Hitler enviar al exterminio a millones de judíos porque estaban legitimados legalmente para hacerlo, pero lo vemos ahora con Irene Montero o con Yoli Díaz, quienes ahogadas en sus furores hormonales como de preadolescentes se permiten el lujo de prohibir cosas tales como la ley de la gravedad o que el sol salga por el Este.
En el ejercicio del poder, autorizar es cosa de naturaleza distinta a la actividad de prohibir y dependerá de cada caso y cada cosa, pues consentir mediante leyes que el sol se acueste por el norte y no por el Oeste equivale a la nada con un lazo y luego la realidad cae por su propio peso, aunque si despenalizas el atraco a mano armada nadie tendrá dudas de que aumentarán los robos con violencia y se extenderá como una mancha la sensación de injusticia y el disloque.
Pero más inhóspito e inútil es cuando ponen todo el empeño en prohibir cosas fuera del alcance de la ley, como hace Yoli Díaz con los despidos, o cuando Irene Montero prohíbe el Síndrome de Alienación Parental (SAP), ya sea porque a ella no le gusta o porque el reconocimiento de ese síndrome supone que se le enciendan las cifras de comportamiento criminal de miles de mujeres que abusan, dentro y fuera de los juzgados, de sus hijos y de la paternidad hasta límites insoportables.
Si tuviera alguna validez ese estúpido ejercicio de discrecionalidad, lo que podrían prohibir por decreto estas dos secuaces es el cáncer o el covid19. O los accidentes de tráfico. O los ictus y los infartos. O, en fin, podrían decretar prohibiciones sobre una larga lista de males que en la ensoñación impúber de esta gente cabe que puede actuarse sobre ellos de semejante modo y que desaparecerán por la mera sanción en el BOE de sus ordenanzas. Prohibamos la pobreza, por ejemplo.
El agravante en estos casos es que el adolescente aún cree que la solución a los problemas está siempre en el lado opuesto al previamente establecido y necesita deconstruir el mundo hasta el absurdo, exige que las sociedades regresen a la caverna y vuelvan a inventar la rueda, imbuidos de un adanismo tonto e inconcluso que desconfía de la experiencia de la Historia y de lo ya vivido y ensayado hasta por sus progenitores.
La estupidez ha llegado a tal extremo que ahora se preguntan los motivos de por qué no podrían parir los padres y que las madres tengan pene. Y como eso no es posible, pues renombran la realidad, como hacen siempre, y se fagocitan a sí mismos con titulares jeroglíficos en los periódicos sobre un presunto embarazo de un padre nacido Rosalía al que lo habría preñado una señora que hasta hace tres días se llamaba Manolo.
Por lo pronto han permitido el suicidio asistido, al que llaman eutanasia, el cual, aparte de resolver unos pocos casos extremos que en su mayoría estaban resueltos por la práctica médica, se llevará por delante a pobres de espíritu y a miles de demenciados que no encontrarán protección en su inocencia, igual que ocurre ya con el aborto, contemplado primero como un ejercicio de eugenesia selectiva que priva de la vida a cualquier espécimen que no venga sin rastro de enfermedad alguna y que la UE pretende transformar en un método anticonceptivo con categoría de derecho elemental de las ciudadanas y, no se olvide, de los ciudadanos. Terminarán por abortar por el color del cabello de la criatura si no coincide con el de las expectativas deseadas, que era, al fin, lo que se practicaba en el nazismo con argumentos tan peregrinos como criminales.
Los géneros, por tanto, existen, y entre ellos está el género idiota, que es al que se han apuntado incluso Úrsula Von der Leyen y Ángela Merkel con sus riñas de mamá-gallina al presidente húngaro Viktor Orban, cuyo pueblo se opone a dejarse secuestrar en unos años por una invasión cultural que no dejará ni las raspas de Europa. Señoras, como reza el título de la nueva peli de Gonzalo García-Pelayo, dejen de prohibir que ya no alcanzo a desobedecer todo.
He dicho.





