Hace un año exactamente, decretado ya el primer estado de alarma, el presidente Sánchez hacía desaparecer de sus discursos ante el Congreso de los Diputados toda mención sobre «la derecha» y «la ultraderecha» para referirse a los partidos de la oposición.
De repente, reaparecían en su boca los bellos términos, conciliadores, pacíficos y civilizados, de «conservadores y progresistas» para solicitar una unidad ocasional e interesada que rebajara la presión a su debacle y a su inoperancia extrema y culpable. Es más, por primera vez mencionaba al partido de Abascal por su nombre: VOX, decía, y no «Uve O Equis», como habría podido hacer al modo Urdaci.
Por aquellos días, el gobierno doblaba las manos como un toro herido, descoyuntada su credibilidad ante la manifiesta imprevisión, la negligencia de tintes penales y las mentiras de las semanas previas en la gestión de la crisis sanitaria que había confinado a toda la población en sus casas y convertido las calles de pueblos y ciudades de España en una suerte de escena irreal extraída de la película «Minority report».
El miedo destilaba por todas partes y chorreaba por las fachadas de, ahora sí, una «España vaciada» a golpe de decreto, tal cual uno puede alcanzar a imaginar que se produciría tras un golpe de Estado de tanques en la calle y de patrullas militares o tras una amenaza inminente de ataque nuclear desconocido.
No es preciso imaginarlo porque lo hemos visto en numerosas ocasiones en otras partes del mundo o en películas de cine, cuando el miedo se apodera del conjunto y son las armas quienes imponen el toque de queda y la amenaza impalpable de un enemigo exterior del que el gobierno no sabía cómo salir.
Como siempre ha hecho desde su llegada al gobierno, Sánchez mentía con un descaro pavoroso, con un cinismo atronador, y sólo buscaba las tablas en una partida de ajedrez en la que al único que no podía engañar ni embaucar era al virus chino, que se comportaba con la letalidad perfectamente previsible que a esas alturas ya había acreditado sobradamente en China, en Italia y en muchos otros países lejanos y cercanos.
Lejos de hablar con la confianza de quien merece los apoyos que solicitaba, Sánchez aprovechó la ocasión para poner de tapadillo a su vicepresidente, el taimado Iglesias, al frente del CNI e iniciaba la tramitación de una ley de eutanasia y de suicidio asistido que hoy se aprueba en el Congreso y que resultaba y resulta doblemente extemporánea habida cuenta que ya se había iniciado una catarata de muertes indeseadas que iba a convertir dicha ley en una auténtica broma macabra, una especie de aquelarre de celebración del ¡Viva la muerte! legionario cuya heroicidad quedaba exenta de medallas.
«¡Danzad, danzad, malditos!», parecía gritarle Sánchez en mitad de un festival de siniestras y tétricas carcajadas a los contagiados y a los ancianos recluidos en sus residencias, mientras los familiares desparramaban su tragedia y su infinito desconsuelo por no poder abrazar y despedirse de sus seres queridos, ocultos para las fotos en las morgues de un Mathausen o un Treblinka abominable de excusas insoportables.
Es posible que en alguna parte hayan quedado arrumbadas cajas de cartón almacenando joyas, relojes, ropas, fotos íntimas y pequeños recuerdos personales en hospitales y residencias aisladas por el secuestro masivo del drama originado, como si se tratara de los baúles repletos de ‘memorabilia’ que George Soros, siendo un jovenzuelo, tramitaba para los nazis cuando llegaban los trenes de la muerte a las cámaras de gas, donde los que iban a morir no saludaban, sino que entregaban sus almas y sus pequeñas pertenencias al diablo de su predestinación y así las encontraron amontonadas los soldados del general Patton en las oficinas del horror.
Con su desmedida pasión por la escatología o por los muertos, la izquierda de este país ha completado un año descomunal, que comenzó por su obsesiva tentación de trasladar la momia de un general surcando el cielo en helicóptero, prolongó con una ley de tumbas abiertas bajo el dudoso nombre de «memoria democrática» y perpetúa ahora su historia de socios de la muerte, que arranca al menos con los magnicidios de varios presidentes de gobierno, sus cánticos de exaltación de la etapa revolucionaria de la II República con las chekas y la quema de conventos, hasta llegar al desfalco y profanación del Panteón de los Reyes en el Monasterio de El Escorial, esparciendo huesos de emperadores por las losas imperecederas de la Historia.
Hasta cuándo continuará este zapateado telúrico e insomne sobre nuestros muertos es difícil saberlo, pero no son «novios de la muerte», sino los albaceas que administran ese trágico legado que les acelera el pulso.
He dicho.





