Er puyaso
Hacía tiempo que no escribía un artículo. Por un lado, a mí me gusta lo difícil, y dar puyazos desde mi recuadro de opinión, actualmente, no lo es. Hoy en día te la ponen botando en el área chica y sin portero continuamente con tanto despropósito a diestro y siniestro, un día sí y otro también. O mejor dicho, a diestra y siniestra ¿Será más correcto en un tiempo decir «diestre» y «siniestre»? No lo quiero ni pensar…
Como autor, compositor, sevillano, trianero de nacimiento, corazón y convicción, fiel y orgulloso devoto macareno, además de cofrade tradicional, me ha vuelto a llamar el teclado para, de nuevo desde la indignación, salir de mi voluntario retiro, levantar la puya cual Quijote (en mi caso, de tercera regional) y repartir. Ha sido a raíz del repugnante cuplé del cargador resentido de la maravillosa Tacita de Plata.
He visto desde el suceso, en las redes sociales, muchas publicaciones sobre ello. Casi más que el día después de un «derbi»… La gran mayoría en contra. Y otras, más de las que quisiera haber visto, a favor del prenda. También en unas y otras, muchos comentarios en la misma proporción. Y muchas, muchas discusiones al respecto, llegando en su gran mayoría, a enfrentamientos personales a modo de los de la cola de la parada de taxis ya de madrugada. Todas las discusiones fluyen, como es natural, de dos posiciones muy opuestas procedentes de dos perfiles muy marcados. El que defiende la historia, trayectoria y actividad de la institución, y el del resentido con un insaciable ánimo de venganza, justificando siempre cualquier medio, para tan vil fin. Y es lo surrealista y a la vez llamativo de todo esto.
El defensor del cuplé y del «artista» tienen el mismo «ADN» en todas las diferentes circunstancias y ámbitos sociales y sus diferentes escenarios. Antepone la ideología (que, curiosa y sospechosamente, siempre dice no tener) al sentido común. A los datos concretos documentados y demostrables que suele exponer el otro perfil. Cuando al anterior no le quedan argumentos, inmediatamente insulta y desprecia sibilinamente. O directamente con acritud. Se atribuye con una vehemencia, a modo de señorito soberbio (ese mismo que los de su cuerda detestan) el poder de la razón además de mostrarse de una forma continua e histriónica superior moralmente y se atribuyen un conocimiento global muy por encima del «contrincante», por muy instruido que éste otro pueda demostrar, ser o se le pueda intuir. Por consiguiente, se observa repetidamente como desemboca tanta arrogante necedad en dolosas y dolorosas patadas metafóricas, ya no sólo al contrincante, al sentido común, ni a las buenas formas, también al contenido negro sobre blanco de los más que respetados filósofos clásicos y a los mismos de los libros de historia de autores independientes no sospechosos de ser partidarios ni partidistas.
Esto a los «fanáticos dueños de la razón» les ha funcionado siempre. Y les funciona. Son los artistas del esperpento y la bronca. Aunque luego lloren como plañideras si se le vuelve en contra.
Volviendo a lo que estamos. Como por regla general siempre les ha funcionado el río revuelto, lo utilizan a discreción consiguiendo así reunir una mayor cuota en todos los ámbitos, aún siendo menos en número y más que pobres en razón. Eso sí, son muy, muy, pero que muy seguidos. Aburren a las moscas.
Ellos son felices con la desigualdad y la fomentan con tal de ganar. Da igual si es con trampa, los trinquen o no. Están convencidos que funciona, porque así se ha demostrado; no tenemos memoria. Con lo cual se comprueba una vez más que el resentimiento no tiene límites y es insaciable. No los sacia ninguna fórmula que se aplique, por muy cruel o injusta que sea. Siempre quieren más. Pongamos de ejemplo eso tan «progresista» de blanquear terroristas, abolir leyes necesarias y justas e indultar a delincuentes no arrepentidos y con ánimo de reincidir. Y… ¿Por qué les funciona todo ésto? ¿Por qué el sufridor contrincante es consciente de lo que le supone ceder y aún así tolera? Pues se debe a que la gente normal se aburre de discutir con mezquinos de intensidad infinita. Cansinos sin parangón.
La peña normal termina bajando los brazos y cediendo un terreno a pesar de ser conscientes que colabora a un gran perjuicio social y educacional, convertido ya en lacra. Porque tienen otras prioridades, como preocupaciones, ocupaciones, responsabilidades, quehaceres, etc. Y ellos, los «otres», sin oficio más que avivar el fuego del conflicto, lo rentabilizan difundiendo esas «grandes victorias virtuales manipuladas» a bombo y platillo, tambor, perro y flauta, a través de la mayoría de los medios audiovisuales y redes sociales (la mayoría a su favor, eso es otra…) vanagloriándose del «éxito obtenido» y soltando alguna lagrimilla teatrera. Siempre, como ha de ser, «todes reunides» en asamblea, litrona y canuto en mano, y en el día de cobro de subvenciones del chiringuito de turno, convirtiendo la virtual victoria en una real económica e ideológica sectaria. Lo que viene siendo beneficio. Así van anotando tantos ésos afines al, ya tan lejano como nefasto 15M, que con su incansable martillo percutor sembrando el manido «cuento de la buena pipa», han logrado conseguir hasta confeccionar leyes. Eso sí equivocándose más que Rompetechos jugando al billar y con más brechas que la espinilla de un portero de hockey. Esas leyes que incompresible e inadmisiblemente ha quedado más que demostrado benefician al delincuente, demostrándose una vez más su ineptitud y, por consiguiente, su absoluta ineficacia. Pero la culpa la tienen los magistrados… ¡Tócate la bandolina, Carolina!
Y nos queda la de «ley trans» y la «ley de bienestar animal». Cuidado, en donde un bicho tiene más derecho que un ser humano. Desde el embrión. Ni el Pato Lucas con una mala resaca podría ser más miserable. Miedito del chungo lo que nos queda.
Estos vampiros de la cordialidad y las buenas costumbres no dejan de ser realmente el espejo de lo que representan: inutilidad, conflicto y mentira. Pero sobre todo, aunque sea reiterativo: resentimiento, con una mezcla de envidia mala y ánimo insaciable de venganza. Por mucho que lo quieran camuflar con su uniformidad desaliñada «progre buen rollito» de pañuelo palestino y bolsito en bandolera, cuando son futurables. Porque esa es otra, una vez agarrados al sillón como una mona a un columpio, la indumentaria, los gustos, hábitos, etc, cambian radicalmente. Dejando una vez más pistas claras de sus beneficios personales obtenidos vendiendo humo en forma de «utópicas propuestas sociales».
Así ha sido y está siendo. Y será. Repasemos la historia y echémosle un vistazo a los países donde gestionan sus camaradas. Empiezan en las redes sociales y acaban, como mínimo, con una dirección general y un salario vitalicio. Alcanzado todo con el único mérito de tocar las… (aguántate una vez más, Santi) …teclas del móvil, tablet u ordenador.
¿Cuando nos vamos a poner las pilas y luchar por un mundo coherente y afin la mayoría? Me temo que nosotros, nuestra generación, nunca. Hemos vivido demasiados cambios y estamos cansados y en el banquillo. Más fríos que el abrazo de una suegra.
Ojalá nuestros hijos, que se les supone titulares de las categorías inferiores, cantera o ya algunos del primer equipo, con corazón, cerebro y buenos músculos, tengan el propósito y la voluntad de forzar un cambio de rumbo sin violencia, movilizándose día sí y otro también. Comprometiéndose en obtener la solidaria respuesta del verdadero indignado y provocar que salgan de las instituciones tanto petardo vividor y sustituirlo con personas preparadas y comprometidas. Desmontar tanto chiringuito que nos tienen arruinados entre otras cosas. Está claro que lo único que quiere la gran mayoría de españoles es eso, y vivir tranquilos sin estar bajo la dictadura de las minorías, con coherencia, justicia real, sentido común y una eficaz gestión en economía, empleo, educación y sanidad. Y eso no llueve del cielo. Hay que currárselo.
Ojalá espabilen un «poco bastante» las nuevas generaciones, por la cuenta que les trae, y luchen para conseguir lo que hemos perdido nosotros, lo que consiguieron nuestro abuelos y padres. Que no permitan bajo ningún concepto ser abducidos por estos manipuladores en serie creyentes fervorosos de la hermandad de la ideología estéril. Por su bien, el de la humanidad, y ya puestos también, el de los insectos. Ya que si siguen copando espacio en la sociedad los «poseedores de la verdad verdadera absoluta», nos obligarán a merendar éstos seres anteriormente mencionados: grillos, saltamontes, etc, sustituyendo a nuestro clásico y maravilloso chorizo español. Da igual si es del sur, del norte , del este o el oeste. El de toda la vida, el que se come con picos o en «bocata», ese. No el chorizo de nueva generación, es decir; el político.
En fin, Serafín… Termino como siempre: «Entre todos la mataron y ella sola se murió…»





