Estos días se llevan a cabo trabajos de limpieza del exterior de la Catedral de Sevilla. Operarios especializados remozan sus fachadas, rescatándolas de las agresiones y suciedades propias de habitar al aire libre de la capital hispalense.
Se trata de unas labores encomiables, podría decirse que de privilegiados que tratan directamente con una historia de siglos, que acercan sus manos hasta la época remota de su construcción, aquella cuyos responsables y artífices se propusieron como un colosalismo que causaría -como así fue- el asombro de todos los tiempos: “Hagamos un templo tal, que las generaciones venideras nos tomen por locos”. Por eso, esta imagen tomada ante uno de los pórticos de la Catedral de Sevilla, la tercera y mayor extensión católica respecto del Vaticano, no deja de ser todo un símbolo del cuidado que merece una hermosa locura.





