Hay un murmullo que recorre los campos al amanecer y los puertos al caer la tarde. No sale en los grandes titulares ni ocupa los minutos de oro en los debates televisivos, pero está ahí de manera persistente. Es la voz de los que siembran, crían y faenan, sosteniendo la despensa de España mientras otros discuten sobre ella desde despachos con calefacción y moqueta.
En la España real, ésa a la que le suena el despertador en plena madrugada pero no le suenan lo trending topics, el descontento es una experiencia cotidiana. Agricultores que compiten con productos importados a precios imposibles, ganaderos atrapados entre normativas que suben costes y mercados que bajan ingresos y pescadores que miran al mar con la incertidumbre de quien no sabe si mañana podrá salir a faenar o tendrá que quedarse amarrado por una nueva regla escrita a cientos de kilómetros de su puerto.
Pero quizá lo que pareciera ser un algo puntual va más allá de una ley concreta o de un acuerdo comercial puntual, dejando entrever que el problema es que el modelo económico y político ha ido separando la toma de decisiones de la realidad productiva. Un sistema donde la soberanía alimentaria se gestiona como una variable técnica y no como un pilar estratégico del país, está abocada en convertirse en una nota al pie en los presupuestos (cuando los hay, cabe resaltar) y en las cumbres internacionales.
En ese escenario, hay partidos que miran de reojo y otros que, directamente, cambian de acera. Y luego está VOX, el único que ha decidido plantarse y asumir el ruido, en Europa y en España. Su oposición frontal al acuerdo con Mercosur es una impugnación a ese modelo que prioriza el volumen comercial sobre la viabilidad de quienes producen. Y es que cómo han manifestado alguno de sus líderes, “no se puede hablar de sostenibilidad mientras se condena a nuestros agricultores, ganaderos y pescadores a la ruina. Defender el campo andaluz es defender a Andalucía y a España”, planteando así una cuestión de fondo sobre qué país se quiere construir y desde dónde.
Porque si hay una clave estratégica que empieza a emerger en este debate es que sin producción propia no hay independencia real. Ni económica, ni social, ni política. Y entonces, al riesgo de perder empleos, hay que sumar el de perder capacidad de decidir el propio futuro, dependiendo más, con una creciente debilidad en el arte del negociar y una menor resistencia a las crisis globales que siempre llegan, aunque se finjan lejanas.
El discurso puede gustar más o menos, pero tiene una virtud que escasea en la política actual como es la coherencia. Y cuando VOX habla de soberanía alimentaria, no lo hace como un concepto abstracto, sino como una palanca de poder nacional y de justicia territorial. Quizá por éso, en muchos rincones del campo y del litoral, VOX es visto no como un partido más y ni cualquiera, sino como el que está cuando otros desaparecen. El que se sube al tractor, recorre la lonja, escucha en la cooperativa, el que convierte una queja en un alegato político y un sector olvidado en una cuestión de Estado. El partido que está con el pueblo, en los discursos y en las actuaciones. Palabra dicha y cumplida.
Porque al final, de éso va esta historia, de personas. De trabajadores y no sólo de acuerdos comerciales, reglamentos comunitarios o argumentos parlamentarios. Va de modelo de país y de proteger su base productiva como un activo estratégico de futuro.
Quizá por ello el murmullo se esté convirtiendo en conversación con un planteamiento reflexivo sobre quién sí está y quien está de frente para, como en otras muchas cuestiones, hablar de soberanía y, sobre todo, mirar por los españoles.





