Vuelve a casa mi hijo, que suma 18 tacos de almanaque, y me comenta que lo ha pasado muy bien con su abuela y primos; que el pequeño es demasiado travieso; que está contentísimo porque su amiga Cristina se mete a monja; que es un tostonazo el papeleo que tiene que rellenar antes de la Universidad; que …
Me encanta la espontaneidad de Luis. Con jovialidad y optimismo me cuenta, entre mil cosas que conforman su universo, que una amiga suya se hace religiosa. Sin grandilocuencias. Sin destacar vanos heroísmos en la opción de la muchacha. Sin equipararla con una superwoman ni con Agustina de Aragón. Me habla sencilla y francamente, contagiándome su entusiasmo.
Lo dice así. Con naturalidad y mirándome emocionado a los ojos. Como quien se alegrase de que una compañera de su quinta empezara a salir con un chaval estupendo del que se hubiera enamorado.
No conozco a Cristina. Sé que mi hijo coincidió con ella como peregrino en el Camino de Santiago.
Únicamente sé de ella lo que él siempre me ha dicho: que es una mujer comprometida con su Fe, que se desvive por compartir con los otros lo que es y lo que tiene, y, sobre todo, que predica con la felicidad que desprende su ilusionante mensaje de fraternidad universal.
Luis la aprecia de veras. Recientemente, en la celebración de su Confirmación, nos sorprendió a todos, compañeros, profesores y familiares, tocando con la guitarra una bellísima canción que versaba sobre la amorosa presencia de María en nuestra vida. La música y la letra evidenciaban una profunda vivencia espiritual de su autora: su amiga Cristina.
Pienso que a muchos nos ha pasado. Recuerdo que un servidor era un universitario con apenas 20 abriles. Fue entonces cuando la existencia me situó en una encrucijada, tras cierto naufragio vital que me dejó a la deriva en este vastísimo mundo, mientras uno se preguntaba ¿quién soy yo?, ¿qué soy yo?
Sintiendo un hondísimo deseo de estar conmigo mismo, me fui sólo, en plan Jeremiah Johnson, a una casa de espiritualidad en plena Sierra Nevada.
Se me eriza la piel al rememorarlo. Y es que tengo el íntimo convencimiento de que El Artista del Cielo me echó un cable en el proceloso mar de la crisis que surcaba: allí estaban un puñado de chicas novicias preparándose para renovar sus votos. Simpáticas y generosas, me invitaron a compartir sus oraciones y silencios.
Ellas se convirtieron en el cuaderno de bitácora que señalaba el rumbo que debía seguir, que ya dice el Evangelio que quien busca halla.
Desde el amanecer a la puesta del sol, demostraban con su ejemplo que para ser feliz tan sólo se requiere tener una actitud de agradecimiento y aceptar cuanto nos acontezca en la vida, sea lo que sea.
Aún conservo frases pronunciadas por aquellas cinco magníficas, siempre amigables y con una sonrisa en el rostro:
«Hagamos todo como si todo dependiera de nosotros, sabiendo que todo depende de Dios»; «Sólo hay una causa de todos los males del mundo: creer que algo me pertenece»; «Soy fruto del desbordamiento del Amor de mi Creador»; …
Y me encantaban sus sutiles parábolas, que te hacían entrever el secreto de unas muchachas que buscaban consagrarse a Dios: estamos de paso hacia nuestra verdadera patria que es el cielo, de modo que lo único que necesita el corazón humano es amar a los demás y reírse de uno mismo.
Como la parábola del anciano vividor …
-«He cumplido cien años porque no fumo, no bebo y siempre me estoy riendo».
– «Pero abuelo … ¡lo mismo hacía mi hermano y no pasó de los cincuenta! «
– «¡Claro …!, ¡es que tendría que haberlo hecho durante mucho más tiempo! “
O como la parábola del monje…
Movido por la curiosidad el viajero acudió al monasterio, sorprendiéndose de que la austera celda del Abad, famoso por su sabiduría, sólo tuviera un jergón para descansar …
– “¿Dónde están sus libros, sabio ermitaño?”
– “¿Y los suyos?»
– “Es que … yo únicamente soy un turista … estoy de paso …”
– “Yo también estoy de paso”.
O como la parábola de la anciana sin enemigos…
Cuando aquella dulce anciana aseguró que no necesitaba perdonar a nadie porque no tenía enemigos, el emocionado maestro, con los ojos arrasados de lágrimas, se deshizo en elogios hacia ella, comparando su fortaleza espiritual con la de Teresa de Calcuta, Ghandi, Krishamurti, Rabindranath Tagore, Juana de Arco …
– “¿Cómo ha conseguido la gran proeza de no tener enemigos?”
– “Muy fácil: porque ya han muerto todos ellos. ¡No queda vivo ni uno de esos cabritos malajes con los que siempre me peleaba!”
Y cada noche, después de cada intensa y divertida jornada, con oraciones trufadas de chistes, acudíamos al Collado de la Gitana, desde el que divisábamos un inmenso mar de montañas y un infinito manto de estrellas, que te hacían sentir insignificante, pequeño, humilde…
-«Ahora que ya sabemos que no somos nada, y menos en pijama, vámonos a dormir», solía decir, entre carcajadas, la novicia más joven.
Tampoco olvidaré jamás que cuando falleció mi padre entraron en casa dos Hermanas de la Cruz para amortajarlo, que me aseguraron, con enorme Fe, que «tenían que ponerlo guapo porque hoy celebran en el cielo la fiesta de su bienvenida».
Al ver el cariño con el que lo arreglaban, como se engalana a un niño el día de su Primera Comunión, el duelo lógico que me embargaba por su pérdida se transformó en una dolorosa alegría. Un dolor alegre. Con la seguridad de que Alguien, con sus Compasivas e Inmensas Manos, sostenía la vida para siempre que papá iniciaba ahora, con coros de ángeles y fiestorro incluido.
Gracias a estas vivencias, que El De Arriba ha tenido a bien regalarme, albergo en el alma un infinito respeto a las mujeres que consagran su historia a rezar por ustedes y por un servidor. Por nuestras monjas que, por grandes y por negros como el carbón que sean nuestros pecados, en su piadoso silencio conventual nos ven como lo que realmente somos: Hijos de Dios e Hijas de Dios, frutos del desbordamiento de su Amor.
Por eso, cuando mi hijo Luis me comenta, conmovido y feliz, que su amiga quiere ser monja, estos recuerdos me han llevado a rozar el paraíso.
Y me lo dice así. Como si su amiga Cristina se hubiera ennoviado con un chaval maravilloso, capaz de colmar holgadamente el corazón sensible y alegre de una chica joven. Un muchacho fabuloso con el que ha empezado a salir. Que se llama Jesucristo.
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





