A través de las siguientes líneas pretendo rebatir las principales consignas coreadas por los apologistas del Kremlin a izquierda y derecha del espectro político, comenzando por la recientemente repetida por un inefable Trump tachando como “dictador” a Zelenski por no convocar elecciones. ¿Es cierto este extremo? No debemos olvidar que Ucrania es un país en guerra y, por tanto, se aplica la Ley Marcial desde la invasión rusa de 2022. Si bien es cierto que la Constitución ucraniana limita los mandatos del presidente a dos consecutivos de cinco años, el mandato de Zelenski habría terminado el 20 de mayo de 2024, pero la propia Constitución establece que mientras la Ley Marcial esté en vigor no pueden convocarse elecciones, por lo que para celebrarlas en esas circunstancias, tendría que reformarse la Carta Magna y no se dan las circunstancias para ello, sobre todo cuando, según las encuestas, sólo el 15 % de los ucranianos reclaman elecciones en estos momentos.
Una vez refutado el “carácter dictatorial” de Zelenski, paso a otra consigna repetida por los propagandistas de Putin en España, que es la que habla del “golpe de estado del Maidán” de 2014. ¿Qué sucedió realmente más de una década atrás? Ucrania es un país tradicionalmente dividido entre los partidarios de un acercamiento a Rusia y los que abogan por estrechar lazos con la Unión Europea, polarizado, por tanto, entre los defensores del mundo occidental y los partidarios de una Unión Euroasiática. En esta línea, el Parlamento aprobó un acuerdo con la Unión Europea, recibiendo presiones de Rusia, que redujo sus importaciones a Ucrania, declarándole una guerra comercial que le hizo dar marcha atrás a una decisión aprobada democráticamente, lo que generó fuertes protestas en el país contra el entonces presidente Yanukóvich, un rusófilo que ganó las elecciones aliado a los separatistas pro-rusos de Bloc de Rusia y Comunidad Rusa de Crimea.
Para acabar con las fuertes protestas, gobierno y oposición firmaron un acuerdo, aprobado por unanimidad para convocar elecciones, nombrar un gobierno provisional y restablecer la Constitución de 2004, dando más poder al Parlamento sobre el presidente. No obstante, dicho acuerdo no fue cumplido ni llevado a la práctica por Yanukóvich, ya que apenas 48 horas después del mismo, se encontraba en paradero desconocido, abandonando sus funciones, por lo que a raíz de su huida fue destituido por el Parlamento.
Se ha señalado también, en aras de justificar la invasión de Putin que, ha sido como consecuencia de la expansión hacia el este de la OTAN, llegando a las propias fronteras rusas, lo cual, supuestamente, incumpliría los compromisos internacionales suscritos con Moscú.
Respecto a esta falacia argumental, es fácil de desmontar, ya que evidentemente un país soberano no necesita la autorización de otro para adherirse a una organización internacional, a lo que se suma que la OTAN es una alianza defensiva que se activa cuando uno de sus miembros es atacado y lo más importante, por mucho que Putin repita este mantra, Ucrania y Rusia jamás acordaron este extremo. Nunca hubo un acuerdo formal para no expandir la OTAN, siendo algo que se planteó por parte de Estados Unidos y la entonces República Federal Alemana (la Alemania occidental) como contraprestación para que Gorbachov no entorpeciera la reunificación germana, pero es un aspecto que no está escrito ni firmado en ninguna parte.
El compromiso suscrito por ambos países fue el Memorándum de Budapest de 1994, por el que Rusia se comprometió a no usar armas nucleares contra ningún país miembro del Tratado de No Proliferación Nuclear, respetando la independencia, la soberanía y las fronteras de Ucrania sin amenazas ni uso de la fuerza de ningún tipo contra el país, a cambio de que la nación ucraniana entregase a Rusia las armas nucleares que dejó en su territorio tras la disolución de la Unión Soviética. En este sentido, Ucrania era en aquel momento el tercer arsenal nuclear del mundo, rompiéndose dicho Memorándum dos décadas después, en 2014 cuando Putin invadió Crimea, y si no se ayuda a Ucrania, el Tratado de No Proliferación Nuclear salta por los aires, ya que se traslada el mensaje de que un país indefenso ante Rusia sólo puede protegerse por medio de las armas nucleares en aras de disuadirle.
Es evidente que el autócrata ruso no quiere que la OTAN se amplíe para hacer mejor la guerra y expandirse como el imperialista que es, y Trump se ha convertido en un Chamberlain moderno, aquel iluso premier británico que precedió a Churchill y creyó que apaciguaría a Hitler entregándole Austria y los Sudetes, esgrimiendo de manera triunfalista unos Pactos de Múnich que un año después, tras la invasión de Polonia, quedaron en papel mojado.
Mientras Trump está anclado en el corto plazo de su segundo y último mandato, a Putin no le importa retrasar sus propósitos, que se reanudarán una vez que el magnate neoyorkino salga de la Casa Blanca.
Meloni ha estado una vez más muy acertada, mostrando criterio propio al señalar con contundencia que no se debe permitir una paz que no dure salvo que los ucranianos tengan garantías de que no volverán a ser invadidos por Rusia, y la OTAN es la mejor garantía. Pese a la lúcida voz de la líder italiana, desafortunadamente, vemos que Putin ha hecho de Rusia un país sin honor, y lo que es peor, Trump ha rebajado a Estados Unidos a la misma categoría, ya que la primera potencia mundial he entrado en una fase acelerada de declive moral. Ya no es aquel país que con sus luces y sombras no abandonaba a sus aliados a su suerte y se enfrentaba sin contemplaciones a las grandes amenazas totalitarias del siglo XX. Desafortunadamente, ya no queda nada del Partido Republicano de Eisenhower, Reagan y Bush ni del Partido Demócrata de Roosevelt, Truman y Kennedy.





