Así es. Me confieso GILIPOLLOFÓBICO. Con todas sus letras: GI – LI – PO – LLO – FÓ – BI – CO.
Y es que, con los tiempos que corren y el tsunami de estupidez que nos asfixia, he llegado a la conclusión de que autodefinirse de este modo es lo más inteligente, mal que les pese a quienes van de ways y de progres, pretendiendo imponer su voluntad para hacernos comulgar con sus burdas ruedas de molino.
Ciertos pensadores iluminados del Ministerio de Igualdad y adláteres de su cuerda, han reconocido oficialmente 37 géneros en España, 37.
Al parecer, ya no somos hombres y mujeres, sino que podemos (Podemos, je, je, nunca mejor dicho…) podemos elegir entre ese mogollón de variables sexuales o combinarlas entre ellas (una tapita de esto, cuarto y mitad de aquello, media ración de esto otro …), en función de apetencias y a gusto del consumidor: hoy, por ejemplo, me siento heterosexual, y al mediodía lesbiana, transexual al atardecer, polisexual por la noche … o bien, ¿por qué no?, omnisexual, berdache, de género binario, demisexual, poliamoroso, de género fluido, skoliosexual (sí, han leído bien: skoliosexual, no me pregunten qué diantres significa), intersexual, not conforming o de género asistemático…
Spain is different y Sevilla también, como aquel que dijo. «Sevilla, ciudad amiga de la diversidad sexual», podemos leer en innumerables banderolas y pancartas costeadas alegremente con los impuestos y tasas municipales que pagan religiosamente los vecinos currantes.
El color especial hispalense se materializa en banderas arcoíris enarboladas con descaro en sedes institucionales, bendecidas por nuestro Alcalde Juan Espadas con el aplauso de su equipo de gobierno y con el silencio de corderos de otros, saltándose muy olímpicamente la doctrina del Tribunal Supremo que proscribe que luzcan insignias en edificios públicos, todo sea por utilizar la ignorancia de una gran parte del pueblo, que se traducirá en trincamiento de votos, en poder y vanidad.
Diferentes. Distintos. Asimétricos. Variados. Plurales. Moderaditos y de buen rollito tolerante. Variopintos, variopintas y variopintes. Colegas de la diversidad sexual y monsergas. En resúmen: Tontos pa siempre, parafraseando al genial humorista José Mota. Gilipollas de género tonto, no sé si me explico.
Por eso siento una profunda aversión hacia quienes, desde sus puestos institucionales, han optado por el rédito electoral de este gilipollismo sin fronteras, ñoño y global, deslizándose fácilmente por la corriente a favor de millares de personas de buena fe, pero pobres en formación y cultura.
Y, a la vez, me enorgullezco de compartir, cada vez con más personas con vergüenza, una visión crítica e inconformista con la dictadura del pensamiento único y paleto.
Recientemente le volvieron a suspender su cuenta de Twitter a Francisco José Contreras. Además de Diputado en el Congreso, es Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla y tiene libros y ensayos publicados. Es decir, que es evidente que sabe.
Francisco José piensa, luego no interesa. Le cerraron su red social por expresarse con veracidad en materia antropológica y biológica. No le perdonaron su «atrevimiento» al asegurar que un hombre no puede quedarse embarazado. Ni sus reflexiones sobre la necesidad de revertir el invierno demográfico de España, con la necesidad que tenemos de niños que procuren el relevo generacional. O cuando afirmó que hay quienes se han arrogado la función de policía del pensamiento y de la libre expresión, cercenando el debate cuando alguien opina distinto en cuestiones «sensibles», de género y tal.
Así se las gastan los que tanto alardean ser de izquierda y amar la libertad, que nuestro refranero es sabio: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces».
Matar al mensajero. Evitar que den fruto las semillas de dignidad que exponen abiertamente quienes se atreven a pensar por ellos mismos, poniendo en evidencia la falsedad ideológica de los nuevos inquisidores.
Me encanta advertir que cada vez somos más los que apostamos por una cultura acorde al espíritu humano. Que día a día crece el número de quienes plantan cara al totalitarismo de las feministas talibanes, a la perversa ideología del género-génera y al supuesto orgullo LGTBI, con sus chiringuitos inflados de pasta, mientras que malamente llegan a fin de mes los más necesitados.
Todos ellos me animan a no callarme y a decir esta boca es mía en el careto de los dictadores.
Y si estos últimos me llaman «homófobo», un servidor les responderá que me trae al pairo la tendencia sexual de cualquier hijo de vecino.
De modo que si ellos me vacilan de sus 37 géneros, 37, este menda les soltará que tengo fobias que superan con creces esa cifra.
Así es. Tengo fobia a la gilipollez, la catetez, la tontería, la hipocresía y la doble moral, a los intolerantes, a los vacaburros, a los cortitos con sifón y demás ralea.
Y si ellos juegan a que uno debe ser lo que siente, recojo su guante y declaró sentirme GILIPOLLOFÓBICO. Como millares de compatriotas que también tienen fobia a las gilipollas y a los gilipollos.
Gilipollofóbicos a mucha honra y en todas sus vertientes y combinaciones: generofóbicos, estupidofóbicos, cortitofóbicos, cretinofóbicos, skoliosexualfóbicos…
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





